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El alma al aire

El valor del momento presente

El valor del momento presente



Hace tiempo cayó en mis manos un librito de autoayuda. En realidad el libro intenta enseñar al lector el arte de vender. No era ésa mi profesión, pero pienso firmemente que la lectura de un libro siempre te enriquece. Así que durante un tiempo, siguiendo las instrucciones que en él se daban, leí y releí todos sus capítulos. Hoy quiero compartir unas frases del mismo que tratan de la importancia de vivir el presente.

“No perderé ni un momento en lamentarme por las desgracias, las derrotas y los sufrimientos del ayer… ¿Puedo vivir de nuevo los errores del ayer y corregirlos? ¿Puedo curar las heridas del ayer? ¿Puedo volverme más joven que ayer? ¿Puedo desdecirme del mal que he hablado, anular los golpes que he asestado, el dolor que he provocado?. No, el ayer ha quedado sepultado para siempre y no pensaré más en él…¿Y qué haré entonces? Olvidándome del ayer, no pensaré tampoco en el mañana. ¿ Por qué arrojaré el ahora detrás del quizás? …¿Puedo hacer las tareas del mañana mientras me encuentro en la senda del hoy? ¿Puedo poner el oro del mañana en la bolsa del hoy? … ¿Puede la muerte que se producirá mañana proyectar hacia atrás su sombra y oscurecer el gozo de hoy? ¿Debo preocuparme de acontecimientos que quizás nunca contemple? ¿Debo atormentarme con problemas que tal vez nunca ocurran? ¡No! El mañana yace sepultado con el ayer, y no pensaré más en él. Viviré este día de mi existencia… Trataré con ternura y afecto cada hora porque no retornará jamás. No puede conservarse hoy para ser usado mañana, ¿Quién puede atrapar al viento? …Viviré este día como si fuera el último de mi existencia… Este día haré el mejor de mi vida, aprovecharé los minutos hasta su máximo. Lo saborearé y daré gracias” (El vendedor más grande del mundo) Por OG MANDINO



Encierran mucha sabiduría estas palabras. ¿Quién no se ha amargado alguna vez pensando en los errores y en las desgracias del pasado? ¿Quién no ha desperdiciado el presente corriendo en pos de una quimera? El secreto está en disfrutar de los pequeños momentos de felicidad que se nos brindan cada día y en cumplir aquellas cosas que debemos hacer: Abrazar y besar a las personas queridas, ayudar o escuchar a un amigo, hacer la vida más amable a los que pasan por nuestra vida…”Mañana puede ser que ya no tenga nada que dar, y no habrá nada que recibir”

 

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Visita al Coso Bajo

Visita al Coso Bajo

Hacía tiempo que deseaba hacerlo. He visitado el barrio en el que se  estableció nuestra familia al venirse mi padre a trabajar a Zaragoza.  Deseaba ver lo que quedaba en pie  después de más de cuarenta años de ausencia. La excusa, comprar unas zapatillas de cáñamo en la alpargatería Alfaro. Al llegar a la calle Mayor he empezado a mirar con los ojos muy abiertos, esperando recuperar  retazos de vida dormidos en mi memoria después de tantos años. La torre mudéjar  de la iglesia de la Magdalena luce preciosa. El Gallo observa orgulloso el barrio desde lo alto de la torre. Todavía sigue abierta la  tienda  “ Quiteria Martín”, a la que acudía mi hija  acompañada de sus abuelos a comprar chucherías. He sentido ganas de penetrar en su interior, imaginando  que iba a encontrarme con ella, tan preciosa y tan mimada, como única nieta.

He echado de menos la  antigua Universidad, en la que me examiné de oposiciones cuando acabé la carrera. Algunas casas se conservan sin cambios, ocupadas por inquilinos de escasas posibilidades económicas. He leído el rótulo de la perfumería “Los Claveles” y sigue abierta la antigua farmacia.  Los ojos se me han ido sin pensar hacia  la esquina de las calles Cantín y Gamboa y Heroísmo. Me he obligado a frenar mi impaciencia. Tenía que mirar primero los bajos en los que estaba instalada la droguería “Los Leones”. Todavía se conserva el rótulo. Y me parecia ver a los dueños de la tienda con sus batas  grises, y a la mujer de uno de ellos, una mujer agraciada de ojos azules, con el pelo teñido de un rubio muy claro, y rellenita, muy al gusto de los hombres de aquellos años. He olvidado su nombre. Tendría que preguntarle a mi madre, pero ya no es posible hacerlo.

Y ahora sí. Miro detenidamente el edificio levantado sobre el solar de lo que fue nuestra antigua casa. Es sólo uno de tantos.  Ya no existe la  peluquería, ni la lechería, ni la tienda de ultramarinos, ni la “Funeraria Quílez”, ni la chichorrería, ni la carnicería, que ocupaban los bajos de aquella vieja y espaciosa casa. Ahora todo ellos forman parte de una tienda de electrodomésticos. No diré su nombre porque no deseo hacerle propaganda gratuita, ya que su  propietario no es recordado con demasiado afecto por los vecinos del antiguo inmueble. Compró la casa y enseguida empezó a entrarle prisa por desalojar a los vecinos, con no muy buenas artes, para poder  derribarla.

Todavía se conserva la casa del  número 2 de la calle Heroísmo. He mirado hacia la terraza, esperando ver el pelo gris de la señora Tomasa, a la que tantas veces vi desde la ventana de nuestro piso. Desapareció también “Casa Ortín”, la tienda de vinos  a la que pasábamos a comprar los bloques de hielo para refrescar la vieja nevera. Puedo ver claramente los azulejos morados de nuestro  patio y la gran puerta de madera de la entrada. No están tampoco los viejos urinarios situados en la  acera de enfrente. Ni el puesto de la ONCE. Y me parece escuchar las voces de los vendedores del cupón: “¡Iguaaales! ¡Iguaaales para hoooy llevo la suerte! ¡Haaay iguales!” Y en las noches, el ruido del último tranvía deslizándose por los viejos raíles camino de las cocheras. Y las voces de los trasnochadores llamando al  sereno para que les abriera la puerta.

En la entrada de la calle San Lorenzo  me he encontrado con “Casa Paco”.

 ¡Sigue abierta! “Baratijas infantiles” “Prensa diaria”, puede leerse en unos viejos y renegridos carteles. De repente me he encontrado dentro del local. Ha sido como un impulso irrefrenable. Un hombre de edad mediana estaba sentado leyendo.

- ¡Perdone! - le he dicho -. No vengo a comprar. Hace más de cuarenta años mis hermanos y yo veníamos a esta tienda a cambiar novelas y tebeos y a comprarnos algún que otro polo. He sentido la curiosidad de verla otra vez.

El hombre no era demasiado hablador, pero ha parecido comprender.

- Hace más de cincuenta años que está abierta - me ha dicho.

  ¡Cuantas novelas del oeste y alguna que otra de amor, leería yo durante aquellos años! Y cuántos tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, del Guerrero del Antifaz, del Capitán Trueno, del Jabato... todos los que cambiaba mi hermano, sin importarnos demasiado que tuvieran las esquinas dobladas o que estuvieran adornados con algún que otro lamparón de  grasa o chocolate.

Ya he cumplido mi deseo. En mi memoria seguirá en pie nuestra vieja casa con cada uno de sus vecinos, la mayoría muertos, y tan  originales que darían de sí para escribir un libro.

Cierra los ojos y verás

Cierra los ojos y verás

 

"Cierra los ojos y verás" Hoy me he tropezado con esta frase de Joseph Joubert un ensayista francés que vivió entre los siglos XVIII Y XIX.

Recuerdo que siendo niños, cuando alguien te decía ¡Cierra los ojos!, tú los cerrabas. Y al poco rato, al escuchar ¡Ábrelos! te encontrabas con cualquier cosa, una sorpresa agradable o, por el contrario, el bicho más repugnante que te hacía lanzar un grito que se escuchaba en la otra punta del pueblo. Si quien te ordenaba cerrar los ojos era alguien que te quería, tú los cerrabas con toda confianza, sabiendo que nada malo podía sucederte.

 Los ojos. Ese sentido tan importante que nos permite disfrutar del amor reflejado en el rostro de los seres queridos, de la tierna sonrisa de un niño, del azul luminoso del cielo, de la inmensidad del mar, de los maravillosos colores de las flores, del volar de las hermosas mariposas, de la belleza de una escultura o de un cuadro… ¡de tantas y tantas cosas…!

"Cierra los ojos y verás"  Yo he experimentado con ella. Tumbada en la cima de la montaña, en un día de verano, he cerrado los ojos y he escuchado los sonidos de alrededor: el canto de los pájaros, el murmullo de la brisa, el silencio de la naturaleza, y he visto que algo muy hermoso vibraba en mi interior. ¿Y qué decir de poder escuchar tu música favorita, relajada, sin que nada ni nadie te distraiga, sola tú con las notas desgranándose una tras otra, invadiéndote despacio hasta transportarte a un lugar muy especial? Solo al abrir los ojos se rompe el embrujo. Con tus ojos cerrados, tu imaginación se ensancha y puede transportarte a  grandes praderas,  impresionantes cataratas,  inmensos desiertos…

Y si eres creyente..."Cuando vayas a rezar, entra en tu habitación...", dice Jesús.  Allí, en la soledad y en el silencio, con los ojos cerrados, tal vez tengas la suerte de sentir a Dios muy cerca y experimentes un gozo especial, una fuerza misteriosa que te permita seguir adelante con la vida.

 

Sobre la felicidad

Sobre la felicidad

Mucho se ha escrito acerca de la felicidad a lo largo de los siglos. Y es así porque el ser humano, como si llevase grabada en su interior la necesidad de alcanzarla, corre tras ella sin descanso, pudiera decirse que justamente desde el momento de su nacimiento hasta su muerte.
¡Felicidad! ¡Qué hermosa palabra!
"La felicidad es como el maná; ha de ser recogida en granos y disfrutada cada día. No se conservará, no puede ser acumulada; ni tenemos que salir de nosotros mismos o ir a lugares remotos para conseguirla, puesto que ha llovido del cielo en nuestra misma puerta." (Tyron Edward)

 Es cierto que a veces pensamos que la felicidad está muy lejos de nosotros. Que es más fácil conseguirla desde el poder o desde la riqueza. Pero no. Como dijo Jesús, refiriéndose al Reino de Dios, " ...está dentro de nosotros."
¿A qué se deberá, entonces, que nos resulte tan difícil alcanzarla?

 

Cuando cantan las campanas

Cuando cantan las campanas

¡Campanas! Me basta con cerrar los ojos y puedo oírlas hasta donde me alcanza la memoria. ¡Campanas del pueblo donde nací! Ellas me proporcionaron el sonido más fuerte de mi infancia. Convocando a la misa dominical, volteando vigorosas y alegres en las fiestas patronales. Lanzando al aire su lamento para anunciar que una vida se escapaba. He escuchado muchas veces a lo largo de mi vida el toque de las campanas. Campanas de catedrales, parroquias y conventos. Campanas de las ermitas. Campanas de tonos graves, roncos, agudos, tintineantes... Pero nunca hasta hace unos días las había oído cantar. ¡Sí! ¡Cantaron! ¡Y vaya si lo hicieron bien! En una mañana soleada, las treinta y tres campanas del carillón de la Diputación Provincial de Zaragoza, respondiendo a las manos expertas del carillonista Nacho Navarro, cantaron llenando el aire de la ciudad de hermosas melodías. 

¡Gracias Nacho!

 

Pensando en voz alta

Pensando en voz alta

Cuando la injusticia llama a tu puerta para golpear a un ser querido, no viene sola. Con ella llega también el deseo de venganza que, como imparable huracán, remueve hasta hacerlos vacilar, los cimientos del edificio que levantaste trabajosamente durante años sobre las bases del amor y la concordia.

Tiempo de vacas flacas

Tiempo de vacas flacas

 

Mi marido, como yo, y como  otros muchos españoles de nuestra generación, fue  hijo de la posguerra. No pasó hambre pero tampoco creció en un ambiente de abundancia y mucho menos de despilfarro. Por eso, ya de adulto, cuando muchos vivían como si por arte de magia nos hubiésemos vuelto todos millonarios, “porque todos teníamos los mismos derechos”, así nos lo hicieron creer - aunque sabemos que mientras la tierra siga girando, habrá reyes y mendigos, pobres y ricos, gente honrada, pícaros, y verdaderos rufianes que se ponen el mundo por montera y viven como reyes a costa del resto de los mortales- se llevaba las manos a la cabeza y  vaticinaba una y otra vez: “Esto no puede durar”

Y para dar firmeza a su creencia, ponía como ejemplo aquel episodio del Antiguo Testamento que escuchó en la clase de religión cuando era niño. Se refería al conocido relato de los sueños del Faraón descifrados por José, en la época en que los israelitas estaban en Egipto. En su sueño el Faraón veía siete vacas gordas que salían del río, seguidas de otras siete vacas flacas que devoraban a las gordas. José explicó al soberano egipcio que esas vacas gordas significaban siete años de abundancia, y las flacas, otros siete años de escasez. Con mucha, mucha sensatez, José aconsejó al Faraón que durante dichos años de abundancia se almacenaran alimentos para cuando llegara el momento de la necesidad.

¡Pero, ay amigo mío! Los españoles no hemos tenido ningún José así de sensato. Así que cuando ha llegado el momento de las vacas flacas, nos ha pillado, perdóneseme la expresión, con el culo al aire.

Y aquí estamos, todos los días de sobresalto en sobresalto. Que si millón y medio de familias tienen a todos sus miembros en el paro, que si un porcentaje importante de nuestros niños se encuentran en el umbral de la pobreza, que los desahucios no nos dan un respiro, que las empresas se van al garete, que los proveedores no cobran, que la prima de riesgo se dispara, que los sinvergüenzas de siempre se van con los bolsillos llenos...

Estamos sin levantar cabeza. Muchos somos los que por la mañana ya no nos atrevemos a mirar los titulares de los periódicos o las pantallas de nuestro televisor por miedo a lo que pueda depararnos el nuevo día.

¡Ojalá esta crisis pase pronto! Es  muy importante mantener la esperanza.Pero... ¡por Dios! Necesitamos  no olvidar. Que esta difícil situación  quede grabada  a fuego en nuestra memoria para no tropezar dos veces en la misma piedra.

Vengo desde el ayer

Vengo desde el ayer

Acabo de recibir un correo electrónico enviado por una buena amiga. Me adjunta un video de You Tube que ha logrado emocionarme  hasta el punto de ponerme el vello de punta. Ojalá pudiera compartirlo con vosotros. No me es posible, pero sí puedo dar soporte en mi página a la letra de ese hermoso poema de Jenny Londoño.

Vengo desde el ayer
desde el pasado oscuro y olvidado
con las manos atadas por el tiempo
con la boca sellada desde épocas remotas.

Vengo cargada de dolores antiguos,
recogidos por siglos, arrastrando
cadenas largas e indestructibles.

Vengo desde la
oscuridad,
del pozo del
olvido
con el silencio a
cuestas,
con el miedo
ancestral
que ha corroído
mi alma
desde el principio
de los tiempos.

Vengo de ser esclava por milenios,
esclava de maneras diferentes:
sometida al deseo de mi raptor en Persia,
esclavizada en Grecia bajo el poder romano,
convertida en vestal en las tierras de Egipto,
ofrecida a los dioses en ritos milenarios
vendida en el desierto
o canjeada como una mercancía.

Vengo de ser apedreada por adúltera
en las calles de Jerusalén
por una turba de hipócritas,
pecadores de todas las especies
que clamaban al cielo mi castigo.

He sido mutilada
en muchos
pueblos
para privar mi
cuerpo de
placeres
y convertida en
animal de carga,
trabajadora y
paridora de la
especie.

Me han violado
sin límite
en todos los
rincones del
planeta
sin que cuente mi
edad madura o
tierna
o importe mi color
o mi estatura

Debí servir ayer
a los señores,
prestarme a sus
deseos,
entregarme,
donarme,
destruirme,
olvidarme de
ser una entre
miles

He sido barragana de un señor en Castilla,
esposa de un marqués
y concubina de un comerciante griego,
prostituta en Bombay y en Filipinas
y siempre ha sido igual mi tratamiento.

De unos y de otros
siempre esclava,
de unos y de otros
dependiente,
menor de edad en
todos los asuntos,
invisible en la
historia más lejana
y olvidada en la
historia más
reciente

Yo no tuve la luz del alfabeto.
Durante largos siglos
aboné con mis lágrimas
la tierra que debí cultivar
desde mi infancia.

He recorrido el mundo
en millares de vidas
que me han sido entregadas
una a una .

Y he
conocido
a todos los
hombres
del planeta.
Los
grandes y
pequeños,
los bravos
y cobardes,
los viles,
los
honestos,
los buenos,
los
terribles

Mas casi todos llevan
la marca de los tiempos.
Unos manejan vidas
como amos y señores,
asfixian, aprisionan y aniquilan.

Otros dejan almas
comercian con ideas,
asustan o seducen,
manipulan y oprimen.

Yo los conozco a todos,
estuve cerca de unos y de otros,
sirviendo cada día,
recogiendo migajas,
bajando la cerviz a cada paso,
cumpliendo con mi karma.

He recorrido todos los caminos
he arañado paredes y ensayado silencios
tratando de cumplir con el mandato
de ser como ellos quieren
mas no lo he conseguido.

Jamás se permitió que yo escogiera
el rumbo de mi vida.
He caminado siempre en una disyuntiva
ser santa o prostituta.

He conocido
el odio de los
inquisidores
que a
nombre de la
santa madre
iglesia
condenaron
mi cuerpo a
su servicio
y a las
infames
llamas de la
hoguera

Me han llamado
de múltiples
maneras:
bruja, loca,
adivina,
pervertida,
aliada de satán,
esclava de la
carne,
seductora,
ninfómana,
culpable de los
males de la
tierra

Pero seguí viviendo, arando,
cosechando, cosiendo,
construyendo, cocinando, tejiendo,
curando, protegiendo, pariendo,
criando, amamantando, cuidando
y sobre todo amando

He poblado la
tierra de amos y
de esclavos,
de ricos y
mendigos, de
genios y de
idiotas,
pero todos
tuvieron el
calor de mi
vientre,
mi sangre y su
alimento
y se llevaron un
poco de mi
vida

Logré sobrevivir a la conquista
brutal y despiadada de Castilla
en las tierras de América
pero perdí mis dioses y mi tierra
y mi vientre parió gente mestiza
después que el amo
me tomó por la fuerza.

Y en este continente mancillado
proseguí mi existencia
cargada de dolores cotidianos,
negra y esclava en medio de la hacienda
me vi obligada a recibir al amo
cuantas veces quisiera
sin poder expresar ninguna queja.

Después fui costurera,
campesina,
sirvienta,
labradora,
madre de muchos hijos
miserables,
vendedora ambulante,
curandera,
cuidadora de niños o
de ancianos,
artesana de manos
prodigiosas,
tejedora,
bordadora,
obrera,
maestra,
secretaria,
enfermera

Siempre sirviendo a todos,
convertida en abeja o sementera
cumpliendo las tareas más ingratas
moldeada como cántaro por las manos ajenas.

Y un día me dolí de mis angustias
un día me cansé de mis trajines,
abandoné el desierto y el océano,
bajé de la montaña,
atravesé las selvas y confines
y convertí mi voz dulce y tranquila,
en bocina del viento
en grito universal y enloquecido.

Y convoqué a la viuda, a la casada,
a la mujer del pueblo, a la soltera,
a la madre angustiada, a la fea,
a la recién parida, a la violada,
a la triste, a la callada, a la hermosa,
a la pobre, a la afligida, a la ignorante,
a la fiel, a la engañada, a la prostituida.

Vinieron miles de mujeres juntas
a escuchar mis arengas,
se habló de los dolores milenarios,
de las largas cadenas
que los siglos nos cargaron a cuestas.

Y formamos
con todas
nuestras quejas
un caudaloso
río
que empezó a
recorrer el
universo
ahogando la
injusticia y el
olvido

El mundo se quedó paralizado
los hombres y mujeres no caminaron
se pararon las máquinas, los tornos,
los grandes edificios y las fábricas
ministerios y hoteles, talleres y oficinas,
hospitales y tiendas, hogares y cocinas.

Las mujeres, por fin, lo descubrimos.
¡Somos tan poderosas como ellos
y somos muchas más sobre la tierra!
¡Más que el silencio y más que el sufrimiento!
¡Más que la infamia y más que la miseria!

Que este canto resuene
en las lejanas tierras de
Indochina
en las arenas cálidas del
África,
en Alaska y
América Latina,
llamando a la igualdad
entre los géneros
a construir un mundo
solidario
–distinto, horizontal, sin
poderíos a
conjugar ternura,
paz y vida,
a beber de la ciencia sin
distingos

A derrotar el odio y los prejuicios,
el poder de unos pocos,
las mezquinas fronteras,
a amasar con las manos de ambos sexos
el pan de la existencia.

                      

http://youtu.be/6 77oQbnhIC

 

Me siento orgullosa de ser mujer. Me siento solidaria con  cualquier mujer de los cuatro puntos cardinales de nuestro mundo. Quiero hacer mías sus alegrías, reir con ellas, compartir sus sufrimientos. Sueño con un mundo  justo en el que ni una sola mujer tenga que sufrir o ser discriminada por el mero hecho de serlo.

El hijo pródigo

El hijo pródigo

Un padre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre:"Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y el Padre les repartió el patrimonio. A los pocos días , el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino. Cuando lo hubo gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca y el muchacho comenzó a padecer necesidad. Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino , volveré a la casa de mi padre y le diré...(Lucas 15, 11-18)

Bueno, pues salvando las distancias, yo soy esa  hija pródiga. Un día, no sé muy bien por qué, me cansé del alojamiento de Blogia y me fui en busca de otros horizontes... Nunca me sentí cómoda en el nuevo lugar. Perdí la ilusión y las ganas de escribir y abandoné. Y de repente, tampoco sé explicar  el por qué, como aquel hijo aventurero, sentí la necesidad de volver al hogar. ¡Y aquí estoy de nuevo para quedarme!

El alma al aire cambia de alojamiento

El alma al aire cambia de alojamiento

A partir de hoy,  El alma al aire se traslada al dominio Blogger. Esto no es una despedida. Sólo un hasta ahora mismo. Me encontraréis en http://elalmaalaire2.blogspot.com/

Gracias a Blogia por haberme permitido asomarme al mundo a través de su ventana durante estos, casi siete años.

Necesitamos Quijotes

Necesitamos Quijotes

 Anoche, haciendo zapping en mi televisor, descubrí que la segunda cadena había programado Irma la Dulce, una comedia romántica estrenada en 1963 y protagonizada por Jack Lemmon y Shirley Maclaine. Me gustó la idea de volver a verla, y he de decir que pasé un buen rato. Néstor, el joven gendarme recién llegado al distrito parisino de las Halles, descubre que en las aceras de una de las calles un buen número de prostitutas está a la espera de sus potenciales clientes. Llevado por el celo de su recién estrenada profesión, entra en el bar en el que se reúnen las mujeres y sus chulos. El dueño le ofrece una copa, que el policía rechaza porque está de servicio, y aquel intenta hacerle ver lo inútil que le resultará comenzar una batalla que según él está perdida de antemano.

En el transcurso de su conversación, Moustache suelta esta perla: “Ser honesto en un mundo deshonesto es como desplumar una gallina contra el viento. Se te llenará la boca de plumas.” ¡Vaya con la frasecita! Resulta bien triste comprobar  que mucha gente está convencida de que no es posible hacer nada para transformar este mundo nuestro en el que los corruptos campan a sus anchas, que se dé por hecho que los honestos acabarán corrompidos o que sus esfuerzos serán del todo inútiles. No quiero perder la esperanza. Necesitamos personas con ideales. Gente que no se deje comprar. Gente que no se deje ganar por el desaliento. Gente capaz de prestar un servicio a la comunidad desde la honradez, incluso desde la gratuidad. ¡El día que nuestro mundo se quede sin Quijotes estaremos perdidos!

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¡Bendita risa!

¡Bendita risa!

He de confesar que últimamente, por las circunstancias que me toca vivir en el terreno personal y familiar, y que ahora no vienen al caso, no estoy precisamente para tirar cohetes. Así que no es algo usual en estos días el hecho de escucharme a mí misma soltando una buena carcajada. Tampoco, quizás sea por la difícil situación económica que se está viviendo en nuestro país, veo a la gente demasiado risueña. ¡Deberíamos reírnos más! Reírnos, principalmente de nosotros mismos. Sería un ejercicio muy sano.

Acabo de leer esta frase: "La risa es la mermelada que sazona el pan de la vida: le da sabor, le quita la sequedad y la hace más llevadera". (Diane Jhonson)

¡Completamente de acuerdo!

Y a propósito. Recuerdo el ataque de risa que padecí, hace sólo unos días, al leer el contenido del archivo que me envió una buena amiga mía sobre algo que escribió el escritor Pedro Muñoz Seca. Todavía siento el regusto.

Dice así:

"D. Pedro, vivía en una casa de Madrid donde atendía la portería un encantador matrimonio al que profesaba autentico afecto.
Falleció la mujer, y a los pocos días el marido, más de pena que de enfermedad, pues era un matrimonio profundamente enamorado.
El hijo de los porteros se dirigió a D. Pedro y le pidió que redactara un epitafio para honrar su memoria. Del corazón de Muñoz Seca surgieron estos versos:

Fue tan grande su bondad,
tal su generosidad
y la virtud de los dos
que están, con seguridad,
en el cielo junto a Dios

Corría el año mil novecientos veintitantos... y en aquella época era preceptivo que la Curia diocesana aprobara el texto de los epitafios que habían de adornar los enterramientos, así que D. Pedro recibió una carta del Obispado de Madrid para que modificara el verso, puesto que nadie, ni siquiera el Obispo, podían afirmar, de un modo tan categórico, que unos fieles hubieran ascendido al cielo sin mas.

D. Pedro rehizo el verso y lo remitió a la Curia del modo siguiente:

Fueron muy juntos los dos
el uno del otro en pos
donde va siempre el que muere
pero no están junto a Dios
porque el Obispo no quiere.

Nueva carta de la Curia. Tras recriminar al autor lo que cree, con toda razón, que es un choteo de Muñoz Seca, le exige una rectificación, ya que no es el Obispo el que no quiere, sino que es nuestro libre albedrío el que nos lleva al cielo o no.
Así que D. Pedro remata la faena escribiendo un verso que jamas colocó en enterramiento alguno porque la Curia jamas le contestó:

Vagando sus almas van
por el éter, débilmente,
sin saber que es lo que harán

 porque, desgraciadamente,
ni Dios sabe donde están.

Al filo de la actualidad política

Al filo de la actualidad política

Nací en la década de los cuarenta. Mis ojos vieron la luz en un pueblo perdido de Castilla del que hasta el día de hoy siento nostalgia. ¡Cómo pasan los años! Parece que fue ayer.

Crecí con escasez de pan y hartura de miedos y silencios.

¡Sssssss! ¡Sssssss! Y entre silencios aprendí que, apenas antes de que yo naciera, en nuestra patria hubo una guerra. ¡La más terrible de las guerras! Una guerra entre hermanos.

¡Nunca más! ¡Nunca más! Así me lo enseñaron. Así lo he sentido siempre en mis entrañas.

Pero la vida no se detiene nunca. Y aunque pienso que ninguno de nosotros debería olvidar lo que pasó para que no puedan repetirse los errores... ¡Que no pretenda nadie mantenernos anclados para siempre en el pasado! ¡Dejemos a los muertos descansar en paz! ¡Que nadie intente comerciar con ellos!

Y, llegados hasta este punto, me temo que habrá ya  alguien que me esté gritando: ¡Facha! Suelen hacerlo casi siempre los que se creen con todos los derechos porque militan en el partido que estuvo entonces en el bando perdedor.

No tengo que pedir perdón a nadie. No viví aquella guerra. No soy responsable de ninguna muerte. Tampoco lo fueron mis padres.

Por suerte, los años me enseñaron a pensar. A lo largo de este periodo de democracia he votado a las izquierdas y a las derechas, según me pareció mejor en cada ocasión.

No me gusta dejarme atrapar por demagogias baratas. Tengo muy claro que no existe el bando siempre bueno y el bando siempre malo. Ni que los que militan en un mismo partido, son todos buenos, ni todos malos ¡Lo único que quiero es que mis representantes sean honrados!

¡No deberíamos permitir que a los que nos mandan se les quede el culo pegado a la poltrona! Están donde están porque nosotros les entregamos un día nuestra confianza para que trabajasen por el bien de todos. ¡De todos! No en su propio beneficio, como pretenden "los más listos".

¡Ay, pena, penita, penaaa! ¡Cuánto chorizo!

Y para terminar, voy a abrir las puertas de mi corazón y os confesaré un secreto:

En los próximos comicios voy a votar a las derechas. Y voy a hacerlo porque, tras siete años de gobierno socialista, contemplo a España, con dolor,  "hecha unos zorros".

 

Visto lo visto...

Visto lo visto...

Acabo de leer una noticia que me produce escalofríos. Estados Unidos, a través de Hillary Clinton, Secretaria de Estado estadounidense, y el mismísimo Presidente Obama, han tenido que pedir perdón a Guatemala por los experimentos llevados a cabo en este país por equipos médicos pertenecientes al Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos durante la década de 1940.

Dichos experimentos, que han salido a la luz gracias a un estudio realizado por Susan Reverby, una investigadora de la Universidad de Welleslev, consistieron en infectar con sífilis y gonorrea a cerca de 700 personas, la mayoría de ellas presos y pacientes de instituciones mentales de Guatemala. ¡Tela marinera!

Según dicho estudio, estos experimentos tenían como finalidad determinar si la penicilina, utilizada para curar la sífilis, podía evitar que la enfermedad se extendiera en las primeras etapas del contagio. El contagio se provocaba por transmisión sexual a través de prostitutas que sufrían la enfermedad, por inoculación directa en el órgano sexual o mediante la aplicación de una inyección en la médula espinal. ¡El equipo médico, dirigido por un tal doctor John Cutler, alentaba a los pacientes a que contagiaran a otras personas!

¡¡¡Qué horror!!! ¡De lo que puede ser capaz el ser humano en nombre de la ciencia!

Hasta ahora los malos eran los nazis… Que lo son por supuesto. Sin posible justificación.

Pero a la vista de noticias como ésta, yo me pregunto: ¿Cuántas barbaridades se cometerán en el mundo que nosotros ni siquiera imaginamos?

 

Un inmenso suspiro de alivio

Un inmenso suspiro de alivio

Un inmenso suspiro de alivio, no me cabe ninguna duda, se habrá escapado ya de millones de gargantas en el mundo entero al enterarse de que el reverendo Terry Jones, pastor de la pequeña comunidad de la iglesia bautista en Gainesville, en el estado de Florida, ha dado marcha atrás en su propósito, manifestado repetidamente a los medios de comunicación en estos últimos días, de llevar a cabo una quema de ejemplares del Corán el día 11 de septiembre, en el noveno aniversario del atentado perpetrado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en los Estados Unidos.

Desde el presidente Obama hasta los militares encargados de la Defensa de este país, autoridades civiles y religiosas de las cuatro esquinas del globo se han pronunciado sin tardanza sobre el peligro real que encerraba para el mundo en general y para los ciudadanos estadounidenses en particular semejante provocación.

No puedo por menos que preguntarme si no será que al dichoso pastor le falta algún tornillo. Porque no hace falta ser demasiado inteligente para saber que no puede acercarse el fuego a la estopa. Y eso es el mundo musulmán al día de hoy. Una inmensa estopa siempre a punto de incendiar todo lo que le salga al paso cuando se siente ofendida en sus creencias.

Y no dejo de sentir una gran extrañeza hacia  los principios de la fe cristiana profesada por el reverendo Jones. Parece que poco tengan que ver con el Dios de los cristianos, ese Padre amoroso, con las manos siempre abiertas a la acogida y al perdón, que nos trajo Jesús de Nazareth con su Buena Noticia.

¡En fin! ¡Demos gracias porque al final se haya impuesto la cordura!

La esperanza

La esperanza

 

En estos últimos días están de plena actualidad las últimas declaraciones de Stephen William Hawking, el científico inglés conocido mundialmente por sus teorías sobre el origen del universo, y también por la enfermedad degenerativa que le obliga a vivir desde hace años postrado en una silla de ruedas y supeditado a un ordenador como único medio de comunicación con el mundo exterior. Coincidiendo con la visita del Papa a Inglaterra, sale a la venta su último libro, El Gran Diseño, en el que sostiene que la ciencia moderna no deja lugar a la existencia de un Dios creador del Universo, sino que el cosmos se creó de la nada como resultado del Bing Bang.

¡Ya está montado el pollo! Toman ahora nuevo aliento aquellos que se jactan públicamente de su ateísmo y que disfrutan tratando a los creyentes de ignorantes. Somos según ellos unos pobres ilusos. ¡Pueden pensar lo que quieran!

Las declaraciones del sabio profesor no han logrado hacer mella en mi fe. Copio a continuación un pequeño párrafo del libro La alegría de vivir, de Phil Bosmans, que acabo de leer:

"De la misma forma que mi "yo" personal, único, irrepetible, no encuentra ninguna explicación satisfactoria en la física, la química o la biología, yo no encuentro una respuesta sobre Dios, con el método de las ciencias naturales. Tengo entre las manos sólo una cosa: la esperanza. La esperanza que, hasta el último aliento, me da la alegría de vivir".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Realmente espeluznante!

¡Realmente espeluznante!

Un restaurante de próxima apertura en Berlín anuncia en su campaña publicitaria de inauguración que busca donantes para poder ofrecer especialidades caníbales a sus clientes, lo que ha causado la justificada indignación de muchos ciudadanos. Es cierto que puede tratarse únicamente de un recurso para atraer la atención, pero en todo caso no deja de ser algo sumamente macabro y del peor gusto que uno pueda imaginar.

"Tras una revisión médica puede usted decidir qué parte de su cuerpo está dispuesto a donar" - puede leerse en la publicidad sobre el restaurante Flimé, cuya apertura se anuncia para el próximo 8 de septiembre. Se mantiene en secreto la localización del mismo. 

 El donante potencial ha de rellenar un formulario en el que se incluyen datos personales como la identidad, la edad, las posibles enfermedades crónicas, el consumo de tabaco, drogas o alcohol, el peso, el grupo sanguíneo y, en el caso de ser mujer, hasta si existe actualmente un embarazo.

¡Qué alucine!

El propietario de este restaurante tan original es un brasileño llamado Eduardo Amado, el cual anuncia que ofrecerán cocina de la cultura wari, un pueblo caníbal de la selva amazónica, en combinación con recetas clásicas brasileñas.

"Contemplamos la alimentación como un acto espiritual en el que se asume el alma y la fuerza del ser que ingerimos". "Disfrute en Flimé de especialidades de aroma y sabor inolvidables que llegarán a entusiasmarle".

 

Esas son algunas de las perlas que aparecen en su propaganda. ¡Hasta correrán con los costes hospitalarios de las amputaciones!

Pues nada, pobres del mundo, si estáis en el paro, o vivís en un país del tercer mundo y no tenéis dónde caeros muertos.  ¡No hay problema! El señor Eduardo Amado os ofrece una solución. Sólo es cuestión de acercarse al centro sanitario más próximo y decirle al galeno que os atienda: "Doctor, córteme una mano. Total... ¿para qué quiero yo las dos?"

 

 

 

 

 

 

La visita de Pou

La visita de Pou

Pou es un enorme gato blanco de raza persa que vive con sus dueños en una casa situada en un pequeño callejón con encanto de nuestro pueblo. De vez en cuando paso por allí y suelo detenerme para gozar del verde de las enredaderas que reptan como serpientes por sus viejas paredes, del colorido de las hermosas flores que lucen sus macetas, del rústico banco construido con madera de árbol sin pulir.  Pou, suele contemplarnos indolente reposando sobre un alegre cojín en una vieja silla de anea, mientras su dueña y yo charlamos de esto o de aquello, en esta vida plácida en la que las horas y el estrés cuentan muy poco.

Como mis conocimientos de francés son prácticamente nulos, hasta hoy no he sabido que Pou significa Piojo en el idioma del país vecino. Me lo ha dicho Rosa, respondiendo a mi pregunta cuando ha venido a recogerlo.

Estaba yo haciendo mis ejercicios de yoga en el cuarto de estar cuando, casi de reojo, he visto un bulto blanco en movimiento a mis espaldas. Y cual no ha sido mi sorpresa al encontrarme al gato que visitaba tranquilamente una tras otra todas las habitaciones que ha encontrado a su paso. No recordaba su nombre, así que he echado mano del habitual "misi, misi", intentando atraerlo hacia la puerta de la calle, porque, aunque en apariencia es un animal manso, no me atrevía a ponerle las manos encima para sacarlo.

Me gustan los animales pero no quiero compartir la casa con ellos. Por algo mi fiel Yako, al que quiero mucho, tiene su residencia en la cochera.

¿Se hará pipí? - pensaba, viendo sus idas y venidas, tan tranquilo, como si él fuera el único dueño y señor.

Así que no me ha quedado otro remedio que llegarme al callejón, buscando auxilio para desalojar al intruso. No sin antes haber inmortalizado el momento con mi inseparable cámara.

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Una segunda oportunidad

Una segunda oportunidad

Estoy releyendo el libro de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, y me he encontrado con esta frase: "La vida sería más llevadera si dispusiéramos de una segunda oportunidad"

Encierra una gran verdad. ¿Quién no ha lamentado alguna vez que nuestra vida sea una obra de teatro en la que no hay sesiones de ensayo? ¿Quién, cuando la muerte se ha llevado de su lado a una persona querida, no ha sentido que se le han quedado muchos abrazos sin dar, muchos "te quiero" sin decir, que debería haber sido más agradecido, más capaz de perdonar...?

No sirve de nada lamentarse. ¿O sí? Tal vez esos sentimientos experimentados deberían ser las pequeñas semillas que al brotar en nuestro corazón nos ayudaran para no tropezar dos veces en la misma piedra.

Aquella persona se nos fue y eso es ya algo inevitable. Pero, afortunadamente, la mayoría de nosotros tenemos a nuestro lado otros seres queridos que merecen que les entreguemos lo mejor de nosotros mismos. ¡Aprendamos la lección! Ellos están aquí. Todavía estamos a tiempo.

¡Nos estamos haciendo viejos, Yako!

¡Nos estamos haciendo viejos, Yako!

Esta mañana, alrededor de las ocho, dueña y perro hemos salido a hacer nuestra caminata diaria. Al subir la empinada cuesta que conduce a la ermita de San Miguel he escuchado el sonido de las esquilas del ganado forastero que desde hace unos días pasta por los alrededores de nuestro pueblo. Como medida de precaución he sujetado a Yako con su cadena. ¡Dios mío! Durante el tiempo empleado en hacer la mitad del recorrido, hemos caminado a un ritmo de media carrera, siempre persiguiendo a los invisibles animales que caminaban unos centenares de metros delante de nosotros por la pista forestal que serpentea al pie del monte.

- ¡No corras, Yako!

Mi perro hace oídos sordos.

- ¡Te digo que no corras, Yako!- repito alterada.

Me enfado en vano. Su curiosidad por acercarse al rebaño puede más que mis palabras airadas. Estoy sudando tinta china pero Yako tira y tira sin piedad y sin descanso.

En las proximidades de la carretera logramos alcanzar la retaguardia del perseguido ejército. Yako mira con curiosidad a los rumiantes y desea confraternizar con los perros guardianes. Uno de ellos, de pequeño tamaño, huye de nuestro alcance. El otro, un enorme perro blanco, pasa olímpicamente de nosotros.

Por fin alcanzamos la carretera y entonces el rebaño y nosotros caminamos en sentidos opuestos.

Yako empieza a rezagarse, mira hacia atrás incontables veces, y yo tengo que tirar de la cadena, esta vez para conseguir que mi perro camine a mi lado. Los dos nos arrastramos hacia el pueblo con la lengua fuera. Yo siento mi camiseta mojada.

¡Ay, ay, ay!  ¡Nos estamos haciendo viejos, Yako!

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