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El alma al aire

El sudoku

El sudoku

No he podido leer el periódico ni la revista XLSEMANAL como suelo hacerlo cada tarde de domingo. Después de comer, una vez terminadas las tareas domésticas, he ayudado a mi hija a redactar un escrito. Luego hemos tenido visita. Cuando por fin estaba en disposición de comenzar la lectura, he abierto el periódico por la página de los pasatiempos. Me gusta leer las tiras de Garfield y Fred Basset. Después, armada de lápiz y goma, me pongo a rellenar el Autodefinido. Suelen ser bastante asequibles. Pero, desde este verano, he descubierto un nuevo pasatiempo. Y allí está al acecho, esperándome para ponerme a prueba y gozar con mis repetidos fracasos.

Se llama Sudoku. Consiste en un tablero, dividido en nueve cuadrados de nueve celdas cada uno. Algunas de las celdas contienen un número. El juego consiste en rellenar los nueve cuadrados con las cifras del 1 al 9, sin que éstas se repitan ni en los cuadrados ni en las filas ni en las columnas. ¡No es fácil! ¡Nada fácil! Domingo tras domingo acabo dándome por vencida con una triste sensación de perdedora. Pero hoy, no. Lo intento una y otra vez, hasta que la cabeza me echa humo. Y, casi sin darme cuenta, ha anochecido. Mi marido solicita mi atención, así que dejo el entretenimiento aparcado. Me he jurado a mi misma que no me iré a la cama sin lograrlo. Y… ¡de repente se me ha encendido una lucecita! Cojo un papel aparte y voy anotando las cifras comunes entre cada fila y cada columna. Luego hay que ir eliminando las repetidas. Es un buen método. ¡Siempre que no te dejes de anotar algún número y tengas que empezar de nuevo!

Dicen que los aragoneses son tozudos. Yo no lo soy por nacimiento, pero quizás se me haya pegado al cabo de los años. ¡Viva! ¡Lo he conseguido! ¡Ah! ¡Qué sensación de triunfo! Desde ahora no tendrá secretos para mí. Dicen que este jueguecito es bueno para estimular el cerebro, sobre todo para las personas que estamos pisando el umbral de la tercera edad. Será así, pero durante el largo rato que he dedicado al maldito Sudoku, he pensado que se me fundían las neuronas.

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Tuning

Tuning

 Hoy me he topado con la palabra tuning. No sé si la habría escuchado alguna vez antes de ahora, pero, entre las mobbing, bulling, rafting, puenting y demás palabras …ing que están de actualidad, es posible que me hubiese pasado desapercibida.

Tuning: Puesta a punto de un coche según el gusto del dueño. Así lo define el autor del artículo publicado sobre este tema en la revista XLSEMANAL. Y dice cosas como éstas:

El tuning mueve en España más de 500 millones de euros al año. Son más de 200.000 los coches tuneados. Faros desde 300 euros. Interior desde 2.600. Llantas cromadas de hasta 1.000 (también las hay con oro o rubíes) Volante y pedales, 650 euros. Tubo de escape desde 150 (llegan a sonar a 125 decibelios.) Set multimedia desde 1.300...

Para el tunero no hay nada más imperdonable que pasar inadvertido. Desde sus coches parecen gritar: Mírame, muere por mí o, al menos, para empezar, por mi coche.

Hasta 60.000 personas asisten a la concentración que tiene lugar en Montmeló, en Cataluña. Cientos y hasta miles de coches tunados hacen sonar sus motores, sus altavoces con la música a tope y sus cláxones, de sol a sol.

Todos los entrevistados confiesan llevar el tuning en la sangre, y por esta afición son capaces de prescindir de muchas cosas: fumar, beber, irse de juerga…

-"¿A quién no le gusta que todos lo miren por la ciudad? Y hoy mi coche es como… mi vida. Vivo por y para el coche. Para el coche y para mi novia. Nada más… Yo y el coche. Sólo el coche."

-"Salía del trabajo y me iba al taller hasta las dos de la madrugada. Así durante dos años, sábados y domingos. Además del dinero, (se gastó más de 30.000 euros sin contar el precio de compra del coche) me costó el divorcio"

-"Pones el coche debajo de la ventana de tu casa y te pasas la noche mirándolo, morado de placer. No te cansas, y le echas fotos y vídeos, y tu mujer te pregunta "qué haces" y tú contestas "miro el coche", como si fuera un cuadro. Y si no hago eso, estoy mirando revistas o vídeos. Ya le he dicho a mi mujer que si algún día me pasa algo, arroje mis cenizas a la pista del Circuito."

-"Todos nos parecemos en algo ( Se refiere al Neng de Castelfa, el personaje del programa de Buenafuente que encarna a los tuneros, amado por unos y aborrecido por otros). Es la esencia, la juventud, la locura, el querer disfrutar de la vida"

-"Mi mujer comparte mi afición. Eso sí: jamás me daría a elegir entre el coche y ella…"

Y, a las preguntas: ¿No tienes un ser humano, y no una máquina en el que gastarte el dinero? ¿Por qué no adoptas un niño en África o ayudas a salvar el medio ambiente? Un tunero responde: ¡ Hazlo tú! Mira que hay gente en el mundo como para que vengas a tocarme los huevos con eso…"

Con todos mis respetos, he decidido no hacer tuning. Tengo mi corazón ocupado en otras cosas. Además… Me gusta pasar desapercibida.

¡Si no ríes, no vives!

¡Si no ríes, no vives!

Ayer fui a la farmacia para recoger unos medicamentos de mi marido, y allí coincidí con Celia, una antigua alumna de mis primeros años de maestra en este pueblo. Es la madre de Elisa, una niña de ocho años de la que también he sido profesora en lo dos últimos años de vida profesional. Una de las personas presentes me preguntó si echaba en falta la escuela.

- Para qué te voy a mentir. Lo cierto es que me encuentro divinamente sin ella- contesté con la mejor de mis sonrisas.

 Al oírme, Celia rompió a reír a carcajadas. Unas sonoras carcajadas  que consiguieron que todos los que estábamos allí acabásemos riendo contagiados. Y hoy, por casualidad, hojeando el libro “La alegría de vivir” de Phil Bosmans, me he tropezado con este artículo: ¡Si no ríes, no vives! He entresacado de él estas jugosas frases:

 La risa es salud.

Si a causa de las preocupaciones,

envejece el corazón,

también tu rostro aparecerá pronto lleno de arrugas.

La risa libera.

El humor relaja.

 La risa es el mejor cosmético

 para tu belleza externa

y la mejor medicina para tu vida interna.

Con la risa  tu digestión resultará beneficiada,

 tu apetito se estimulará

y tu presión arterial permanecerá estable.

 La risa y el buen humor

 crean espacios nuevos

para alegrías desconocidas.

Un día en que no te has reído,

 es un día perdido.

Debo confesar que no me río mucho. Todavía recuerdo cuando, hace años, una pelicula, un programa de televisión, escuchar chistes a algún conocido, o la lectura de un episodio gracioso de un libro, provocaban mis carcajadas. Ahora son pocas las cosas que me hacen reír. A lo mucho, logran arrancarme una pequeña sonrisa. Hoy me hago el firme propósito de tratar de reír más a menudo. ¡Me reiré! ¡Me reiré del mundo y de mí misma! No estoy dispuesta a dar por perdido ni un solo día de mi vida.

¡Por Dios! ¡Que no son patatas!

¡Por Dios! ¡Que no son patatas!

Quién no conoce la anécdota de aquel nuevo rico que mandó construir una gran mansión. Después compró para sus habitaciones los muebles más lujosos, entre ellos una enorme librería fabricada con maderas nobles. Cuando la tuvo instalada, acudió a una librería y pidió al librero que le vendiera el número de metros exacto de libros que necesitaba para poder llenar las estanterías de la misma. Pero por lo que pude comprobar ayer, no sólo hay gente que utiliza las medidas de longitud para comprar libros. También los hay  que utilizan las de peso.

En la parte central del vestíbulo de un centro comercial bastante importante habían instalado unos pequeños espacios adosados que contenían numerosos libros. Sobre ellos había unos carteles con éstas o parecidas ofertas: “Compre libros a peso” “Compre 1 Kilogramo de libros por 6 euros” “Libros de 1Kg. de peso por 10 euros”

¿Cómo expresaré mis sentimientos al respecto? Me dolió. Era como si hubiese recibido una afrenta personal. Amo los libros. Han sido mis amigos desde los años de escuela. Ellos me han permitido conocer países lejanos y exóticos a los que no viajaré nunca. Me han hecho vivir aventuras apasionantes. Con ellos he compartido los sentimientos de sus personajes, he podido alegrarme con sus momentos de dicha y llorar con sus desgracias. Los libros me han enseñado muchas cosas sobre la naturaleza humana y sobre la vida. Creo que no hay ni un solo libro, incluso aquel que nos parece malo, que no pueda aportarnos algo. La sola visita a una librería o biblioteca es motivo de placer para mí. Me gusta verlos colocados en las estanterías, como cofres cerrados esperando a que alguien levante sus tapas para dejar al descubierto los tesoros que guardan entre sus páginas.

Por contraste, unas horas antes de que yo descubriera el ultraje de su venta a peso, en otro centro comercial de renombre un autor firmaba ejemplares de su último libro, mientras la gente guardaba fila esperando pacientemente que llegara su turno. Me pregunto qué sentiría un escritor que haya dedicado meses e incluso años de su vida a la creación de un libro si descubriera a ese hijo de sus entrañas, junto a  los otros pobres libros que han corrido la misma suerte, en uno de esos puestos de venta de “a tanto el kilo”

Un día para el recuerdo

Un día para el recuerdo

Millones de personas celebran hoy en todo el mundo el Día de los Difuntos. Aunque cualquier momento es bueno para recordar a los seres queridos que se nos fueron, hoy es un día especial, al menos para mí. Es una fecha muy apropiada para hacer balance  de vivos y muertos repasando la lista de familiares, amigos y conocidos. Y no es difícil comprobar que la parte  correspondiente a los fallecidos ocupa cada año mayor longitud.

Poco a poco a lo largo del día, van haciéndose presentes todos, incluso aquellos simples conocidos  cuyo recuerdo se había quedado como perdido en la memoria. Y esta presencia me provoca multitud de sentimientos: amor, agradecimiento, simpatía, respeto, admiración, dolor, indiferencia… Todos estas personas han influido de alguna manera para que yo haya llegado a ser  como soy. Personas que me dieron su amor. Personas trabajadoras, amables, sufridas, valientes, sinceras, desprendidas, cariñosas, alegres… Y aquellas otras: egoístas, orgullosas, intransigentes, presuntuosas, falsas, crueles, rencorosas… que me hicieron sufrir. Para todas ellas mi recuerdo de amor y de perdón en este día. Y mi deseo sincero de que descansen en paz.

El trabajo como adicción

El trabajo como adicción

He leído un artículo de Paulo Coelho con el título Manuel es un hombre importante y necesario. Y he encontrado en el mismo esta frase que encierra una gran verdad: “Trabajar es una bendición cuando nos ayuda a pensar en lo que estamos haciendo. Pero se convierte en una maldición cuando su única utilidad es evitar que pensemos en el sentido de nuestra vida”. No es la primera vez que oigo hablar de esta enfermedad que aqueja a  un buen número de personas. Personas para las que el trabajo constituye una adicción que les impide atender aspectos importantísimos de la vida familiar, como su relación de pareja o la dedicación a los hijos. Su única preocupación y meta es trabajar y trabajar para ganar dinero, para ascender de categoría laboral, para tener un coche más caro, para conseguir una vivienda que deslumbre al personal, para  codearse con gente de “mayor categoría social”, para permitirse caprichos caros… ¿Compensa llevar esta vida? Pienso que no. Sin llegar a esos extremos, yo he podido experimentar en mis propias carnes que a veces el trabajo me ha restado tiempo para cosas importantes. A veces pienso que por su culpa no he podido disfrutar a fondo de la niñez de mis hijos, de esa niñez que se escapa tan rápidamente. Y el trabajo me ha hecho sufrir en estos últimos años, cuando mi marido, debido a su enfermedad, me iba necesitando más, y yo no podía dedicarle tanto tiempo como hubiese querido. Por eso…¡Bendita jubilación que me permite hacerlo! El trabajo ahora puede esperar casi siempre. Y puedo ver encenderse el cielo cada atardecer desde mi ventana, y el pasar de las nubes, con sus formas curiosas y variantes, y contemplar las rosas tardías que han florecido en el cuadro de tierra de detrás de mi casa  -el que un día soñé convertido en primoroso jardín, y que como  otras muchas cosas se quedó en un hermoso sueño- y la incesante caída de las hojas muertas del árbol cuya semilla enterré en la tierra con mis propias manos. Ese  árbol frondoso que cobija entre sus ramas  a mil bulliciosos pájaros  cuando anochece. Ver cómo la lluvia, tan escasa en estos tiempos, empapa el suelo reseco, y aspirar el aroma delicioso que desprende la tierra mojada. Y asombrarme al descubrir en los alimentos nuevos sabores y olores perdidos por culpa de la prisa y el estrés. Y escuchar sin prisas las confidencias de aquella  amiga que necesita hablar. Y garrapatear de repente en mi cuaderno unas líneas cuando algo imparable me empuja  por dentro a dar rienda suelta a mis sentimientos. ¡Y tantas cosas…!

En torno a la aldea global

En torno a la aldea global

No hace muchos años, alguien, no sé quién, inventó el término de aldea global para referirse a nuestro mundo actual tras los profundos cambios experimentados por el mismo en estos últimos años, originados en gran parte por la mejora y rapidez de los medios de comunicación y de transporte. Creo que todos somos conscientes de lo que dichos cambios han supuesto en nuestra manera de vivir. El mundo se ha hecho pequeño. Cualquier lugar, hasta el más lejano, se encuentra hoy al alcance de los seres humanos, aunque éstos se encuentren en la otra punta del planeta. Nunca como ahora hemos podido conocer los distintos países de nuestra Tierra, sus culturas, sus gentes, sus paisajes. Nunca hemos estado tan puntualmente informados sobre lo que ocurre en ellos. Acontecimientos de índole política, económica, social, deportiva, información sobre accidentes y catástrofes naturales…, llegan hasta nuestros hogares con una facilidad que hubiera causado verdadero pasmo a nuestros abuelos. A la hora de hacer balance, muchas cosas tendrían que figurar en el apartado del haber. Pero no podemos olvidar la columna del debe: Terroristas, atracadores, traficantes de droga, mafiosos de todo género, se pasean por este mundo cuyas fronteras van desapareciendo, y las que quedan resultan cada vez más difíciles de controlar. En cuanto a las enfermedades -el sida nos sirve de ejemplo- saltan de país o de continente con una gran facilidad. Sin ir más lejos, estos días tenemos a la gripe aviar en el candelero. Podría decirse que nos desayunamos, comemos y cenamos con noticias relativas a la misma. Las autoridades tratan de quitarle hierro al asunto, pero no son capaces de ocultar su preocupación por que pueda llegar a producirse un contagio de grandes dimensiones. Cualquier viajero, ya sea turista u hombre de negocios, cualquier emigrante, sea persona o ave, puede traer la dichosa gripe a nuestras mismas puertas. ¡Toquemos madera!

De vuelta a los cuarteles de invierno

De vuelta a los cuarteles de invierno

Llegó el momento de la vuelta a los cuarteles de invierno. Mi casa pedía a gritos las manos diligentes de un ama de casa, lo mismo que mis hijos, aunque su condición de adultos les obligase a no exteriorizar demasiado sus deseos de que mamá volviera. Y aquí estoy. Como la bruja Averías, provista de escoba, fregona, bayetas y demás útiles de limpieza del hogar. ¡Dios mío, qué desolación! Necesitaré unos cuantos días para que esto se convierta en algo medianamente habitable. ¡Estos hombreees!
Y estoy tan absorbida en la tarea, que apenas me queda tiempo para la nostalgia. Allí se quedó aquel pueblito perdido entre montañas, con su aire limpio y perfumado, con sus gentes amables, con su profundo silencio y con su paz, que me han hecho tan feliz. Me basta con cerrar los ojos mientras escribo estas líneas para volver a encontrarme sobre la cima de aquellos montes a los que me arrastraron unas incontenibles ansias de ascensión. ¡Qué hermoso! Pero no me limitaré a vivir de los recuerdos. Hay muchas actividades esperándome. Y yo estoy dispuesta a disfrutar con ellas.

Las botas de Ronaldiño

Las botas de Ronaldiño

Estos días Ronaldiño está de plena actualidad. Mientras recojo los cacharros en la cocina tras la comida, puedo escuchar las noticias del informativo de sobremesa que me llegan desde el televisor instalado en el cercano comedor. Ronaldiño ha estrenado unas nuevas botas deportivas con incrustaciones de oro de 24 kilates. Incluso he podido verlas en los pies del famoso y millonario jugador. La cosa podría haberse quedado en algo puramente anecdótico o simplemente extravagante a no ser que en el mismo informativo, tres o cuatro noticias más arriba, los enviados especiales de la cadena de televisión en Ceuta y Melilla, a través de su palabra y de unas imágenes escalofriantes, nos hubiesen mostrado el infierno vivido por los cientos, mejor, miles de indocumentados que han tomado parte en las avalanchas para cruzar desde el lado marroquí hasta la parte española, huyendo del hambre y de la miseria. Cinco personas, entre ellas una criatura de corta edad, han perdido la vida en el intento, y cientos de ellas han tenido que ser atendidas en los hospitales, como consecuencia de las numerosas roturas y cortes producidos en distintas partes de sus cuerpos por los afilados alambres de las vallas, de entre tres y seis metros de altura, instaladas en la frontera para obstaculizarles el paso. Algunas de estas personas que han logrado pasar y ahora se encuentran en el centro de acogida esperando, unos a ser repatriados, y los más con la esperanza de poder rehacer su vida en ese “paraíso” soñado durante años, contaban, con el dolor reflejado en sus rostros, el calvario vivido desde que dejaron su país de origen. Han atravesado países y desiertos, han padecido hambre, sed, y toda clase de penalidades…
Noticias como la del turista que ha pagado millones de dólares para viajar al espacio, la de ese frasco de perfume subastado con un precio de salida de seis mil euros, o esos famosos y carísimos “Manolos”, los zapatos del famoso, diseñador español, indispensables para los pies de toda señora bien que se precie, o esos negocios de caros accesorios para perros, incluidas las prendas exclusivas y los abrigos de piel, o las botas de Ronaldiño con sus incrustaciones de oro…, consiguen que se me revuelva el estómago. Los pobres y los hambrientos nos contemplan y recogen las migajas de nuestra mesa de ricos como el pobre Lázaro del Evangelio. ¡Ay de nuestro mundo opulento el día en que todos ellos se cansen de esperar sentados y se pongan en marcha exigiendo justicia!

La vuelta al cole

La vuelta al cole

16-9-1991

¡Veinticuatro! ¡Veintitrés! ¡Veintidós! Las últimas horas van consumiéndose a ritmo vertiginoso. ¡Tres! ¡Dos! ¡Una! ¡Ya está! Comienza el curso. Vuelven las prisas. Los días apretados. El encuentro con profesores y alumnos nuevos y antiguos . El estreno del aula. El bullicio de los niños y los padres en el patio, junto a las puertas de entrada. ¡Míralos! Algunos hacen pucheritos. Es tan hermoso el verano… Os entiendo muy bien, pequeños. Al sonar la sirena una especie de hormigueo te recorre por dentro. Algo nuevo está a punto de comenzar. Una nueva andadura con un buen acopio de ilusiones… Los nuevos alumnos van entrando en clase. Veintiún pares de ojos me observan con curiosidad. Vamos a ser compañeros, amigos, espero, durante dos años.
-Yo te conozco, seño. Desde hace muchos, muchos años- dice Feli, una morenita de cinco años, con dos ojos negros como las moras.
Retengo la risa.
- Sí, Feli. Es verdad.
Paso lista, tratando de asociar cada cara con su nombre. Y empezamos. Hablamos de las vacaciones. Hacemos un dibujo de la familia. Todo de una manera informal, tratando de hacer fácil la primera jornada. Llamo Laura a Vanesa, y Noelia a Natalia. Fernando llora y llora porque quiere irse a su casa. Trato de consolarlo sin éxito. Habrán de pasar dos horas hasta que empiece a mostrar algo de interés por lo que hacemos. ¡Qué largas resultan estas cuatro horas del primer día! Para ellos y para la seño.
- ¿Cuándo saldremos al recreo, seño?
- Pronto. Falta un poquito.
- ¿Ya se he pasado el poquito, seño?
- Todavía no.
- Seño, me meo.
- Yo también, seño. ¿Puedo salir?
Este año estrenan patio de recreo porque “ya son mayores.” Han instalado una nueva fuente y todos quieren beber a la vez. Pocos juegan. Van y vienen como perdidos en este espacio más amplio. Los más, se limitan a subirse en el borde inferior de la valla y a mirar a los alumnos de los cursos superiores.. Las fiestas recién terminadas, con sus numerosos festejos de vaquillas, dan pie para imitar a toreros y animales.
Al entrar del recreo más de uno me pregunta:
- ¿Nos vamos ya a casa, seño?
- No. Dentro de un poco.
¡Y qué largo se les hace ese poco!

No he necesitado ir hoy al cole para saber que el comienzo de curso habrá sido parecido.

¡Felicidades!

¡Felicidades!

Hoy es el cumpleaños de mi hermana. La mujer a la que tan unida me siento, a la que tanto quiero y que tanto me quiere. Hemos tenido la suerte de disfrutar, ya desde la infancia, de una relación muy especial. Ella supo hacer de segunda madre de mis hijos mientras yo estaba ocupada con mi trabajo en la escuela. Experta en biberones y pañales, dispensadora de besos y caricias, paño de lágrimas y veladora en noches de insomnio y calentura. Tere, la mujer de tierno corazón. ¡Qué afortunada me siento de tenerla! Ha sido para mí una bendición. ¡Felicidades, hermana! ¡Ojalá estuviera en mis manos poder concederte lo mejor!

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La tragedia del Katrina

La tragedia del Katrina

Dolor y una gran sensación de impotencia. Eso es lo que siento al contemplar las imágenes y al escuchar los testimonios relacionados con la enorme tragedia producida por el huracán Katrina en los Estados Unidos. Y también desconcierto. Hasta ahora, muchos de nosotros pensábamos que las grandes catástrofes que producían tal grado de muerte y destrucción eran cosa de los países tercermundistas, con sus graves carencias en materia de construcción de edificios, de infraestructuras, de comunicaciones, de recursos económicos y humanos. Pero… Esta vez está sucediendo en ese país que tiene a gala considerarse el más fuerte y poderoso de la Tierra. Y al ver tal caos y tal desolación, con tantos miles y miles de personas desprotegidas, esperando durante días la ayuda que no acababa de llegar, una no puede por menos de sacar esta conclusión: Este país orgulloso ha resultado ser un gigante con los pies de barro. Y al constatar que la mayoría de los perjudicados son personas de raza negra, añadiré algo más a lo dicho: En Estados Unidos sólo hay algo peor que ser pobre; es ser negro y pobre. Por si hubiéramos tenido alguna duda al respecto, lo vivido en estos días se ha encargado de darnos la razón.

Día 1 de septiembre

Día 1 de septiembre

Este primero de septiembre es para mí muy especial. A efectos administrativos hoy es mi primer día como funcionaria jubilada. Y esta nueva situación me permite experimentar sensaciones no vividas hasta ahora. Por primera vez a lo largo de mis cuarenta años de profesión, el 1 de septiembre es sólo un día cualquiera, como lo fue el de ayer, como espero que lo será mañana. Un día para vivirlo sin prisas ni estrés, para dejar pasar las horas con el reloj durmiendo en un cajón. Y como cada día, hoy me he levantado temprano para hacer el recorrido cotidiano con la mañana recién estrenada. Yako y yo por los caminos solitarios, viendo despertarse al sol. Contemplando desde lo alto el pueblo blanco y dormido. Tomando las dulces moras que se ofrecen a nuestro paso. Adivinando apenas a los esquivos corzos que huyen veloces al advertir nuestra presencia. Respirando el aire, tan perfumado y limpio. Escuchando el canto a la vida que brota de cada rincón. Y a la vuelta, el desayuno reposado, en compañía del hombre que quiero, el que necesita toda mi ayuda y mi apoyo. Y hacer las tareas de la casa, sin agobios, porque ya se hará mañana lo que no se hace hoy. Y disfrutar de una buena zarzuela. Y escribir. Y leer. Y pasear con la gente por la carretera cuando caiga la tarde. Y salir tras la cena a la calle para disfrutar de un buen rato de fresca, con partida de guiñote incluida. Sin prisas una vez más. La experiencia y los años me enseñaron que el camino de la felicidad pasa por no dejarse atrapar por los deseos de cosas que no están a nuestro alcance. Yo trato de aplicar en mi vida esa lección. Alguien me dijo que sentiré nostalgia por mi trabajo en la escuela. No lo creo. Para mí es una etapa acabada. Ha llegado la hora del relevo, de que otra persona coja el testigo.

El cipotegato

El cipotegato

“¡Cipote!…” “¡Cipote!…” Es el grito acompasado que se escapa de cientos de gargantas, mientras, manos en alto, sostienen la roja munición y esperan la aparición del Cipotegato, el estrafalario personaje ataviado con un vistoso traje de colores, que el día 27 de agosto, víspera de las fiestas de San Atilano, patrono de la ciudad de Tarazona, en la provincia de Zaragoza, sale de su Casa Consistorial y recorre la plaza soportando el incesante lanzamiento de tomates por parte de la multitud, en clamorosa e incruenta batalla. ¡Pobre Cipotegato! ¡Vaya paliza! Aunque para él sea todo un honor ser elegido para representar a tan famoso personaje, El final del recorrido lo hace a hombros de sus amigos, que procuran abrirle paso y ayudarle a llegar. Encaramado por fin sobre la escultura metálica que lo representa, de cara a la hermosa fachada del Ayuntamiento, envía besos a la multitud. Como consecuencia del fuego cruzado, nadie logra quedar a salvo de los blandos y churretosos proyectiles que llueven en todas las direcciones alcanzando todos los rincones de la plaza. Parapetados tras unos jóvenes de elevada estatura en un pequeño soportal, pretendemos contemplar el espectáculo y salir indemnes. ¡Vana ilusión! Pronto recibimos los primeros impactos. Luego llegan otros. Y otros más. El suelo, las fachadas, los balcones de los edificios de la plaza, cabezas, caras, brazos, piernas, pechos y espaldas de los asistentes van tiñéndose más y más con el zumo del rojo vegetal. A nadie parece importarle. Hay que cumplir la tradición. Luego llegará el momento de la ducha. ¡Felices fiestas, turiasonenses!

Cuando fluyen los recuerdos

Cuando fluyen los recuerdos

Se llamaba Jesús y era mi primo. Una noche – no habrán pasado quince días desde entonces - apenas había terminado de cenar cuando se sintió mal, y en pocos minutos, tan pocos que el acontecimiento causó sorpresa en los presentes, pasó a mejor vida. Por motivos que ahora no vienen al caso no pude asistir a su funeral, y desde entonces ni un solo día he dejado de pensar en él. Creo que cualquiera que lea estas líneas me entenderá si digo que hay primos y primos. Están los primos que son hijos de tus tíos y aquellos otros que además de cumplir esta premisa han tenido contigo una relación de cercanía que hace que los lazos de parentesco se estrechen. Mis hermanos y yo convivimos con mi primo Jesús durante nuestros años de infancia, hasta que por motivos del trabajo de mi padre nos trasladamos a vivir a Zaragoza. Y los recuerdos de esos primeros años, en los que todo queda grabado de una forma tan especial, acuden en tromba a mi memoria en estos días. Sus ojos, con el iris de distinto color, le conferían una forma especial de mirar. Era mucho mayor que nosotros, delgado, de baja estatura, con la piel curtida por el aire y el sol a causa de su trabajo de pastor. Muchas tardes de invierno, ya anochecido, después de encerrar las ovejas venía a mi casa, y allí matábamos el tiempo jugando a las cartas junto al hogar, bromeando y riendo, muchas veces a mi costa, por ser la más pequeña de todos. Recuerdo nuestras comidas familiares con motivo de la matanza del cerdo o de las fiestas patronales. Y el día de Viernes Santo, en el que yo acompañaba a mi tía, cuando, siguiendo la costumbre, llevaba la comida al campo a mi primo. Garbanzos de ayuno y bacalao era el menú que marcaba la tradición. Sentados sobre la manta al resguardo del viento, mientras las ovejas ramoneaban la hierba no lejos de nosotros, dábamos buena cuenta de la comida, en aquellos años en que, como consecuencia de la guerra recién terminada, hasta el pan era escaso. Y su perra Sola, que gruñía enfadada cada vez que veía a su dueño enredando con nosotros. Y los días de esquileo, cuando al salir de la escuela acudíamos al corral para ver el trabajo de aquellos hombres habilidosos, aliviando a las ovejas de su lana. Y sus cenas frugales, con aquellos huevos asados al amor de la lumbre…
Lo enterraron en el tranquilo cementerio, junto al ciprés, sobre la misma tierra en la que reposa mi tía, con la que compartió la vida mientras ella vivió. Como buena madre que era siempre le preocupó lo que sería de su hijo cuando ella faltara. Ahora descansan juntos, y mi primo Jesús ya no necesita nada.

Mi escapada al Campo

Mi escapada al Campo

No es un campo cualquiera. El Campo es el nombre que recibe la amplia extensión de terreno casi llano en la cima del monte que junto con las Peñas de Herrera y la Tonda constituyen las mayores elevaciones que rodean el pueblo. Se llega hasta allí a través de una empinada pista forestal de incontables curvas. Un numeroso ejército de moscas pegajosas son mis incómodas compañeras de camino. De trecho en trecho me detengo para recobrar el aliento y enjugarme el sudor. Yako, con la respiración entrecortada, va unos metros por delante abriendo la marcha. De pronto, ladra y retrocede sobresaltado. Un águila, parada al borde de la pista, le planta cara. ¡Es enorme! Extiende sus alas y nos mira con aspecto fiero. Verme tan cerca de ella me causa verdadero miedo. Temblorosa, intento enfocarla con mi cámara, y en ese momento levanta el vuelo hacia nosotros. Presa del pánico elevo el bastón por encima de mi cabeza en un gesto instintivo de defensa. El águila pasa sobre nosotros majestuosa, casi rozándonos con sus garras. ¡Adiós foto! Me temo que no he conseguido captarla mientras se aleja rápida. ¡Vaya fotógrafa! Es seguro que no sirvo para reportera gráfica en misiones arriesgadas. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Ya estoy arriba! La vista es magnífica. Casi quita el aliento. Las Peñas de Herrera, con el Moncayo a sus espaldas, se recortan espectaculares contra el cielo. Abajo, en la lejanía, se divisan los pueblecitos blancos, los campos amarillos de cereal ya cosechados, las manchas oscuras de los encinares. En los altozanos que sobresalen sobre la llanura, numerosos aerogeneradores dibujan en el paisaje empalizadas blancas. Sentada sobre una losa colonizada de líquenes multicolores, contemplo y admiro. “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…”- propuso el apóstol Pedro. ¡Cómo lo entiendo! Miro absorta. En silencio. Sin pensar. Sólo sintiendo. Ver, oír, oler. Poco a poco el cielo va cubriéndose de oscuros nubarrones ¿Habrá tormenta? Me resisto a bajar, alargando el momento del regreso. ¿Vamos Yako? ¡Otro día volveremos!

Uno más que se ha ido

Uno más que se ha ido

Hay un tiempo en la vida, cuando apenas la tienes recién estrenada, en que la idea de la muerte se te presenta como algo muy lejano. Y aunque en alguna ocasión te tropieces con ella, cuando su afilada guadaña siega la vida de algún familiar o de algún conocido, tú la consideras como un mero accidente. Miras hacia otro lado intentando ignorarla, te dices a ti misma que eso les pasa a los otros, y pronto la olvidas para seguir viviendo. La vida es demasiado hermosa para perder el tiempo en eso, te dices. ¿Quién piensa en la muerte? ¡Hay que vivir! Pero los años van pasando, y aunque trates de cerrar los ojos a la realidad, no puedes por menos de constatar que cada vez van quedando más huecos en el grupo de tus conocidos. Y eso se hace más patente cuando, como hoy, acompañas al pequeño cementerio del pueblo a uno de sus hijos. Cuando el sepulturero ha terminado su tarea y el féretro reposa en el nicho, tu mirada se desliza hacia cada rincón del tranquilo recinto y vas leyendo uno tras otro los nombres de los que están enterrados en este lugar. Por un momento vuelven a la vida y te parece oírles hablar, y reír, y afanarse en sus trabajos... Ahora todos descansan. Ya no hay dolor, ni ambición, ni orgullo… Sólo silencio. A veces también olvido. ¡Ahí te quedas, amigo Miguel! En el cementerio blanco de tu pueblo, arrullado por el sonido de la brisa entre los pinos. Hasta la vista. Sé que un día, tal vez no muy lejano, los que me quieren me traerán también aquí a reposar contigo.

El horror de Hiroshima

El horror de Hiroshima

Cuando escribo estas líneas, faltan sólo unas horas para que se cumpla el sesenta aniversario de la explosión de la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, durante la segunda guerra mundial. El día seis de agosto de 1945, a las 8:12, el bombardero estadounidense Enola Gay dejó caer esta bomba llamada Little Boy sobre el centro de la ciudad. Ciento cuarenta mil personas muertas, y miles y miles de afectados por la radiación, fueron los terribles resultados de esta gran vergüenza de la humanidad. Produce escalofríos escuchar el relato de lo sucedido y los testimonios de los supervivientes de aquel horror. ¿Hemos aprendido algo de aquel desastre? Me temo que no. Los gobiernos siguen gastando miles de millones en una carrera desenfrenada y escandalosa por ser los primeros en el ranking de la capacidad de destrucción. ¡Qué día tan hermoso será aquel en el que los hombres hagan por fin una apuesta definitiva por la vida!

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Al borde del arroyo

Al borde del arroyo

He subido más arriba del Cortadero, hasta el lugar donde se recoge el agua de boca para conducirla primero hasta el blanco depósito situado a la entrada del pinar y más tarde al pueblo asentado sobre el valle. El agua suena ruidosa y alborotada entre las piedras mientras salva los desniveles del terreno. Extiendo mi esterilla bajo un frondoso pino y me siento sobre el pequeño cojín que guardo en la mochila. Aquí el espacio llano es reducido, tan sólo la anchura del camino que muere junto al arroyo. Hay una pequeña mesa y cuatro asientos de cemento blanco donde a veces juegan a las cartas o meriendan las personas que suben hasta aquí. El pinar asciende bravo por la empinada ladera escasamente transitable. Hay un estrecho sendero, marcado de tanto en tanto con los colores blanco y rojo característicos de los recorridos de a pie. Sobre lo alto, unos rayos de sol penetran por las estrechas celosías, las hojas trazan delicados encajes sobre el cielo y una ligera brisa mece amorosamente las delgadas ramas de las copas. El canto bullicioso de las aguas logra acallar todos los demás sonidos del pinar. Todo enmudece. Sólo escucho el agua y a Yako, mi perro pastor alemán, que respira ruidosamente mientras hurga con su hocico sobre la tierra en busca de una piedra para sus juegos, esparciendo en el aire el fresco olor de la hojarasca de los pinos. Coge la piedra entre sus dientes y corre de un lado a otro alocadamente con ella. La suelta, la mueve entre sus patas, ladra con ferocidad; así hasta que se cansa y la abandona temporal o definitivamente. Aprisiona después algunas de las innumerables piñas esparcidas por el suelo y las hace crujir entre sus potentes colmillos. De cuando en cuando se me acerca, pone su presa al alcance de mi mano, se sienta sobre sus patas traseras y me mira atentamente como animándome a participar en sus juegos. Pero yo muchas veces me hago la distraída, como si no lo viese. Son sus glorias ir una y otra vez a buscar el objeto que le arrojo, incansable, sin enfadarse cuando trato de engañarlo sobre la trayectoria del blanco. Cansado de no atraer mi atención se mete en el arroyo y chapotea entre las piedras que cubren el cauce.
¡Plaf! Acabo de matar un tábano traidor, que haciendo caso omiso del repelente que me he aplicado sobre las partes visibles de mi anatomía se me ha posado sobre la pantorrilla. La semana pasada un voraz congénere me hizo pasar las de Caín con su dolorosa picadura. En contra de la filosofía del Santo de Asís, aquel del Hermano Sol y el Hermano Lobo, tengo declarada una guerra sin cuartel a todos los pérfidos insectos chupadores, picadores, mordedores… capaces de terminar con la paz idílica del bosque. Los furiosos ladridos de Yako me sobresaltan. Una pareja de excursionistas desciende por el sendero. Llamo al perro y lo sujeto con la cadena. Ellos balbucean preguntando por el pueblo oculto con acento extranjero. Yo señalo hacia él con mi brazo. Me dan las gracias con una sonrisa y continúan su camino.

¡ Hola de nuevo!

Aquí estoy de nuevo. El universo de internet ha llegado hasta mi retiro de verano a través del pequeño portátil que me he regalado con motivo de mi jubilación. La verdad es que os echaba en falta. Un saludo, amigos.

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