Se nos va la bola

El martes pasado el Presidente Obama mató una mosca durante una entrevista con el corresponsal de la cadena CNBC en la Casa Blanca. Pocos serán los que no hayan visto el curioso numerito, ya sea en la televisión o a través de algún vídeo en internet. Aparte de que esta anécdota haya podido sorprender al personal, ya que a la mayoría de los personajes públicos ni en sueños se les hubiese ocurrido una reacción parecida, lo que más me ha llamado la atención, hasta el punto de causarme risa, han sido las declaraciones del portavoz de ese grupo de personas que forman parte de PETA (Personas por el Tratamiento Ético de los Animales). Han criticado la actuación del Presidente y piensan enviarle un cazamoscas "que le permitiría atraparlas y después liberarlas" "Apoyamos la conmiseración hasta con los animales más pequeños y menos simpáticos" "Creemos que la conmiseración debe demostrarse con todos los animales". Esas son algunas de las perlas que han salido de la boca del portavoz de esa asociación, un tal Bruce Friedrich. Si estuviese en mi mano, yo mandaría al Sr. Friedrich y a todos sus correligionarios a uno de esos países de África desde los que nos llegan esas tremendas imágenes de los niños literalmente comidos por las moscas, o tal vez los untaría de miel y los colocaría en las cercanías de una colmena para que ejercitaran en situ esas teorías "tan humanitarias". Lo que yo digo, decididamente se nos va la bola.
El hombre que sabía demasiado

Este fin de semana la cadena ETB2 había incluido en su programación la película de Hitchcock "El hombre que sabía demasiado". No la había visto desde que tenía 13 ó 14 años. Para entonces estaba yo interna en un colegio de religiosas de Valladolid y, durante un periodo de vacaciones, la proyectaron en uno de los cines, quizás fuese en el Teatro Fleta, de Zaragoza. Recuerdo que yo me emperré en ir a verla a pesar de que apenas quedaban entradas, únicamente estaban disponibles unas pocas de la primera fila en su parte más lateral. Fui con mi padre y él trató de disuadirme, pero me gustaba tanto el cine y estaba tan interesada en ver la película que no logró convencerme, porque mi inmediata vuelta al colegio me hubiese impedido verla. Así que nos instalamos en nuestros asientos y asistimos a la proyección contemplando las imágenes visiblemente distorsionadas por la excesiva proximidad de la pantalla. No me importó. Anoche mientras veía la película iba recordando detalles de sus escenas y personajes. La considerable estatura de James Stewart con aquellas piernas largas y desgarbadas que no podía colocar ante la baja mesa del restaurante de Marrakech, las manos manchadas por la pintura que cubría la cara del espía que murió entre sus brazos confiándole un oscuro y peligroso secreto, la búsqueda desesperada del hijo secuestrado por los malos, el siniestro aspecto del personaje encargado de matar al político, el concierto en el Royal Albert Hall de Londres, la angustiosa espera del choque de los platillos, momento escogido para matar al personaje al amparo del estridente ruido producido por los mismos, y sobre todo… escuchar a Doris Day interpretando aquella conocida canción "Qué será será" Fue famosa en su tiempo. Una canción que hacía pensar. El niño, el joven, el adulto, todos querríamos adivinar lo que va a depararnos la vida. Respecto a la mía, ya se ha desvelado una buena parte de ella. No podía yo imaginar entonces al escuchar y tararear aquellas frases lo que a mí me estaba reservado. Al día de hoy ya puedo hacer un balance, aunque todavía inacabado. La vida me ha deparado cosas magníficas y otras que no lo fueron tanto. Me trajo alegrías y tristezas como era de esperar. Porque la vida es eso, una sucesión de hechos amables y dolorosos, un entramado de ilusiones, decepciones, anhelos, esperanzas… Sólo deseo que en el momento en que me encuentro, al volver a plantearme la crucial pregunta, como creyente que soy, pueda contestarme a mí misma con total convencimiento: Estoy en las manos de Dios. Será lo que Él quiera. Él caminará a mi lado en este último tramo, el que más me hace interrogarme, el que más me angustia…
Esos seres humanos que nos honran

Abundan en este mundo los individuos que con su conducta vergonzosa denigran a nuestra especie. Son ladrones, estafadores, violadores, criminales, terroristas de la peor ralea, y un largo etcétera que resultaría demasiado largo enumerar. Están presentes en la mente de todos y constituyen una gran vergüenza para la humanidad. Pero eso, con ser cierto, no debe hacernos olvidar a toda la gente buena esparcida a los cuatro vientos por los rincones del mundo. Unos, haciendo el bien de manera callada, de forma que sólo los más próximos se enterarán de sus obras, y otros, los menos, cuyos nombres llegan a los medios de comunicación, los cuales se encargan de darnos a conocer sus méritos. El exjesuita Vicente Ferrer es uno de éstos. "Vicente Ferrer, toda una vida entregada al sueño de acabar con la pobreza en la India"- ese es el titular que encabeza la noticia en un periódico on line en el día de hoy. Ha muerto a los ochenta y nueve años en el distrito indio de Anantapur, y deja tras de sí una Organización que beneficia a más de dos millones y medio de personas. En un país como la India, en el que hay establecido un marcado sistema de castas, Vicente Ferrer dedicó su vida a los más pobres, a los intocables, esos que no cuentan ni tienen derechos. Esta forma de actuar le causó dificultades, hasta el punto de ser expulsado del país por culpa de los radicales, pero él nunca se dio por vencido y en cuanto le fue posible volvió para continuar su magnífica tarea. Se nos ha ido un gran hombre y todas las personas de bien nos sentimos hoy profundamente honradas de que alguien como él pertenezca a la raza humana.
Buscando estrellas

No sé muy bien qué es lo que tendrán las estrellas que a una buena parte de los seres humanos nos atraen. Quién no recuerda alguna noche de verano en un lugar tranquilo y silencioso con el cielo tachonado de incontables puntitos luminosos lanzando guiños desde la inmensidad, haciéndonos caer en la cuenta de nuestra propia pequeñez. La contaminación lumínica de nuestros pueblos y ciudades casi nos ha privado por completo de contemplar tan hermoso espectáculo. Parece que esos lejanos faros se hayan esfumado. Pero sólo lo parece. Allí siguen. Inmensos, misteriosos, inalcanzables… Tengo un cuñado que ya cumplió los ochenta. Está fuerte como un toro para su edad, pero tiene una considerable pérdida de memoria. "Tengo la cabeza gastada", dice a modo de disculpa cuando mi hermana le hace caer en la cuenta de que repite tema. Cualquier noche despejada, estemos donde estemos, mira hacia lo alto y todos sabemos lo que va a decir: "¿Qué pasa ahora que no se ven las estrellas? Antes mirabas al cielo y se veía todo lleno, pero ahora parece que no están". No sirve de nada tratar de explicarle que la luz ambiental es la culpable. Él va a lo suyo. Por eso, al enterarme de lo ocurrido a una adolescente belga que pidió que le tatuaran tres estrellas en la frente, que se quedó dormida mientras se lo hacían, y al despertar se encontró con que llevaba nada menos que cincuenta y seis ¡bien visibles!, he guardado la página en mi ordenador a la espera de poder enseñarle la fotografía de la chica con la cara tachonada de estrellas. No será lo mismo, pero más vale poco que nada. Hasta que una noche, mientras vayamos paseando por la carretera del pueblo en el que paso los meses de verano, acompañados del canto de los grillos y de las voces de los niños persiguiéndose por las estrechas y empinadas callejuelas, miremos hacia lo alto y podamos contemplar las verdaderas, magníficas, titilando sobre la oscura cúpula que cubre nuestro hermoso planeta.
La sabiduría del Dalai Lama

Hace unos días una amiga me adjuntó un archivo en su email . Un pequeño archivo que me gustó porque a mi entender encierra una gran verdad. Hoy quiero compartirlo con vosotros. Alguien, tal vez un periodista hizo esta pregunta al Dalai Lama: - ¿Qué le sorprende más de la humanidad? Y él respondió: - Los hombres… Porque pierden la salud para ganar dinero. Después, pierden el dinero para recuperar la salud. Y por pensar ansiosamente en el futuro no disfrutan el presente, por lo que no viven ni el presente ni el futuro. Y viven como si no tuviesen que morir nunca… Y mueren como si nunca hubiesen vivido. Pienso que en estas escasas palabras se encierra una gran sabiduría. Así somos los humanos. Basta con detenerse unos momentos y poner un poco de atención para descubrir el hormiguero humano en pleno frenesí. El niño y el adolescente ansían hacerse adultos. Los adultos luchan día tras día para encontrar un lugar apropiado en la rueda de la vida. Un buen trabajo, una buena posición económica, una buena pareja, unas buenas vacaciones, ascender, tener más dinero, vestir a la última moda, tener joyas, comprarse un buen coche, lograr una segunda vivienda en la playa o en la montaña… Trabajar, trabajar, trabajar… Y las horas, los días, los años, se nos escapan como el agua de la fuente entre los dedos. Y un buen día, tal vez en una pausa obligada en este ritmo frenético, caes en la cuenta de que has consumido más de la media botella de tu vida. Y el vino que queda en ella - lo digo por experiencia - a causa de la edad, de los achaques, de las desilusiones, de la muerte de los seres queridos… ya no resulta demasiado dulce. ¡Ojalá aprendiéramos todos a vivir el presente, que es en realidad lo único que tenemos!
Otra muerte muy barata

Siempre sorprende y entristece comprobar qué precio tan barato hay que pagar por el terrible delito de acabar con una vida humana. Lo hemos podido ver muchas veces. Casi causaría risa si el asunto no fuese tan grave comprobar que, después de ser condenados a varios cientos de años por sus crímenes, en cuanto pasan unos pocos, ya sea por "buena conducta" o por otras triquiñuelas, encontramos a los criminales en la calle. Tan campantes, como si no hubiese pasado nada. Hoy he conocido la noticia de que un tribunal australiano ha condenado a cuatro años y medio de prisión a un hombre estadounidense que mató a su esposa mientras hacían submarinismo en la Gran Barrera de Coral, durante su luna de miel. El crimen tuvo lugar en el año 2003, once días después de su boda. Según la policía, David, que así se llama el engendro -me causa repelús utilizar la palabra hombre- cerró la llave de la botella de oxígeno de su esposa y volvió a abrirla al percatarse de que estaba muerta. No se menciona el móvil del crimen. ¿Tal vez la joven era rica, o tenía un seguro de vida y el marido quiso heredar cuanto antes? Sólo son especulaciones mías. Lo que sí es cierto, y me reconcome sólo de pensarlo, es que el sinvergüenza, al declararse culpable del homicidio, evitó el cargo de asesinato y logró acortar su condena. Así que podrá pedir la libertad condicional dentro de un año. Me pregunto dónde está la Justicia en el mundo y declaro en voz alta mis dudas respecto a su existencia
¡Ojalá no se entere nunca!

Me refiero al bebé que nacerá aproximadamente dentro de dos meses. El hijo de una adolescente estadounidense de 17 años, embarazada de siete meses, que después de una fuerte discusión con su novio tuvo la nefasta idea de pagar 150 dólares a un joven de su pueblo, en el estado de Utah, para que le diera una paliza y así abortar. Dice la noticia que el tal Harrison, que se enfrenta ahora a 15 años de cárcel por intento de homicidio, llevó a la chica a su domicilio en la medianoche del 20 de mayo y le propinó una paliza que le provocó varias magulladuras en el estómago y un mordisco en el cuello. La joven, que reside en la localidad de Naples, a tres horas de Salt Lake City, ha sido acusada por las autoridades de un presunto "delito grave por incitar a cometer un homicidio" tras comparecer ayer ante un juzgado de menores. ¡Ojalá nazcas sano, pequeño! ¡Ojalá encuentres un hogar en el que seas querido como te mereces! ¡Ojalá no te enteres nunca de lo que esa joven a la que no me atrevo a designar con la palabra "madre" intentó hacer contigo mientras te tenía en su vientre, ese vientre que se supone ha de ser un refugio cálido y seguro para el bebé mientras se abre paso hacia la vida.
Final feliz

Hay en la vida tantas historias desgraciadas… Tantos muertos por causa de la guerra o del hambre, tantos accidentes mortales, enfermedades incurables, matrimonios rotos, víctimas de malos tratos, etc… que cuando nos encontramos con una historia con final feliz nuestro corazón se esponja. Creo que la humanidad entera está deseosa de paz y de buenas noticias en este pobre mundo en el que nos ha tocado vivir. Una de estas noticias con final feliz tuvo lugar ayer mismo en Zaragoza. Luis Miguel Rodríguez, un camarero de 24 años que se encontraba en paro, y que llevaba cerca de tres meses viviendo en un recodo de la calle Mariano Lasala, sin más amparo que un colchón y unas mantas, unos libros y unas pequeñas ayudas económicas de la gente de alrededor, a partir de que su situación saliera a la luz a través del Heraldo de Aragón ha encontrado trabajo en un restaurante de la comarca de Valdejalón. Los propietarios leyeron la noticia y se desplazaron a Zaragoza para hablar con él y ofrecerle un trabajo. Luis Miguel confiesa que ha vivido una experiencia muy dura, que le ha hecho aprender mucho y que quiere aprovechar la oportunidad que se le brinda para empezar una nueva vida. ¡Suerte Luis Miguel! La misma que le deseo a Gabriel Sánchez, residente también en Zaragoza. Se trata de un visitador médico en paro de 52 años, que se lamenta de que su edad, al igual que a otros miles de personas, le impide encontrar trabajo - porque las empresas tienen muchos jóvenes entre los que elegir, ofreciéndoles además salarios más bajos. Esta exclusión del mercado laboral les priva del derecho a una jubilación digna, después de estar toda la vida trabajando y cotizando. ¿Qué podríamos hacer aparte de lamentarnos? Necesitamos urgentemente políticos con la sensibilidad suficiente para, desde sus cómodos cargos, dar una solución digna a estas situaciones injustas. ¿Dónde estarán?
¿Cuándo te vas a morir?

A diferencia de hace unos años, cuando todavía estaba en activo, ahora dispongo de mucho tiempo libre, (a veces me parece que hasta de demasiado, y entonces noto algo de inquietud por ello, como sí en mis horas hubiese una especie de vacío que no sé cómo llenar). Entonces, cuando no tengo tareas concretas que realizar, leo, escucho música, hago crucigramas o sudokus, entro en internet… Me gusta enterarme de las noticias a través de distintos periódicos digitales porque así puedo sacar mis propias conclusiones sobre los temas de actualidad, por aquello de que "cada cual arrima el ascua a su sardina" lo que puede aplicarse también a los medios de comunicación. Hoy, repasando El País.com, he llegado a la parte final de la portada donde se puede ver un apartado de publicidad de Google. Entre otras cosas me he encontrado con esta pregunta: ¿Cuándo te vas a morir? Un tema peliagudo, la verdad. Mientras eres joven apenas te planteas la cuestión, pero llega un momento en la vida en el que no puedes esquivar esa y otras preguntas sobre tu propio final. ¿Sería bueno saber el momento exacto de la muerte? Yo personalmente prefiero no saberlo, pero esta mañana, mientras me muevo entre el aburrimiento y la curiosidad, he entrado en esta especie de juego y he pinchado en la citada página. Sobre un fondo oscuro en el que destacan unas cruces de cementerio, así como la imagen de la Señora de la Guadaña y una lápida funeraria, te invitan a realizar un test después de rellenar tu nombre tu apellido, la fecha de tu nacimiento y el sexo. Una vez tecleados estos datos (confieso que por simple precaución los he falseado) aparecen grabados en la lápida tu nombre y apellido, lo cual la verdad, da uuun pocooo de repeluuús. Después, al pinchar en el apartado Responder al test, en la lápida, en un movimiento constante, van desgranándose los años de mayor a menor hasta llegar a la fecha de tu nacimiento. Deprisa, deprisa… Bien mirado, como la vida misma. Entonces hay que contestar a una serie de preguntas tales como: ¿Cuál es tu peso y altura? ¿Con qué frecuencia haces ejercicio físico? ¿Cómo andas de estrés? ¿Fumas? ¿Bebes? ¿Hay en tu familia antecedentes cardíacos? … Y así hasta 10. Al terminar de contestar las preguntas, cuando se supone que va a aparecer el año misterioso, resulta que no, que entonces te piden el número del teléfono móvil y el nombre de la compañía a la que pertenece. Y en un recuadro aparece la palabra Enviar. -¡Ah! Éste es el truco del almendruco- me digo-. Estos avispados quieren hacerse con mis datos. Pues va a ser que no. Así que me he quedado sin saber el año de mi muerte. Casi es mejor así. ¿Cómo vivir con esa zozobra de ver que se acerca el año fijado sin poder hacer nada por evitarlo? Puede que de solo pensarlo te dé el infarto de verdad. Así que he pensado que es mejor no saber nada. Cuando haya de llegar llegará.
Dos pájaros de cuenta

Leo Gao y Cara Young, una pareja de Nueva Zelanda, el pasado 5 de mayo acudieron a una sucursal del banco Westpac con la idea de pedir un préstamo de 4.400 euros para cubrir una deuda que habían contraído. No se sabe muy bien el cómo ni el porqué, pero resulta que alguno de los empleados que los atendieron cometió un grave error. Así que, como por arte de magia, los 4.400 euros prestados se convirtieron en 4.4 millones de euros. ¡Un buen pellizco! ¿Acudieron al banco los susodichos, al percatarse del error, para restituir el dinero que se les había ingresado de forma equivocada? ¡Qué va! ¿Para qué seguir trabajando cuando podemos dedicarnos a la buena vida? ¡No hay nada como una playa paradisíaca perdida en cualquier rincón del mundo…! – debieron de pensar. Así que, dos días después, cerraron la gasolinera que regentaban en un pequeño pueblo llamado Rotorua y a continuación desaparecieron. Se cree que han abandonado el país y que se encuentran en China. ¡Qué agudos ellos! No quisieron desperdiciar el premio de lotería que les había tocado de forma inesperada. Se ve que la honradez no puede contarse entre sus virtudes preferidas. ¡Espero que pillen pronto y den su merecido a estos dos amigos de lo ajeno!








