La propina del obispo
Es mediodía y la familia Escribano, sentada a la mesa se dispone a comer.
- Niños, ¿os habéis lavado las manos?
- Sí, mamá.
Comienzan a comer con buen apetito. Lola mira a su hermana, que ha venido esta mañana de la ciudad.
- Parece que tienes mala cara, Carmen. Es malo trasnochar y madrugar.
- ¿Qué os parece que me pasó ayer?
- ¿Qué te pasó, tía?
- Me fui al cine yo sola y llegué un poco tarde. Total que el acomodador me acompañó hasta mi butaca y yo, la verdad, no suelo dar propina, pero además, aunque hubiera querido hacerlo, no hubiese podido porque no llevaba dinero suelto en el monedero. ¿Qué imagináis que me hizo el buen hombre?
- ¿Qué?
- Pues se puso a decir en voz alta: ¡Muchas gracias, señora! ¡Muy agradecido señora! Menos mal que estaban las luces apagadas porque consiguió sacarme los colores, me puse colorada como un tomate de vergüenza y de rabia. ¡Así lo parta un rayo! ¿Qué se habrá pensado el buen señor? ¿Es que no le pagan por su trabajo? ¡Pues no! Parece que sea obligación darle propina.
- ¡Vaya fresco!- añade Lola acalorada, como si fuera ella misma la que hubiera sufridola vergüenza -. No si eso de las propinas es una de nuestras lacras nacionales. Si quieres quedar bien has de dar propina al taxista, al peluquero, al camarero, al repartidor, vamos que habría que trabajar sólo para ellos.
- Tampoco hay que exagerar- tercia Ángel.
- No, si a mí no me parece mal que el que tenga voluntad de dar propina la dé, pero eso de que si no la das te miren con mala cara como le ha pasado a Carmen, eso ni hablar.
- Mamá quiero agua – dice Alberto.
- ¡Ya voy! ¡Ya voy!
- Bueno, pero por lo menos ¿ te gustó la película?- pregunta Ángel.
- No estuvo mal, pero como estaba tan sofocada… En cuanto terminó pregunté por el encargado del local. Por lo menos me di el gusto de protestar. Me despaché a gusto ¿sabes? Lo que pasa es que como estaba el cine a oscuras no vi bien la cara del acomodador y no pude identificarlo.
- ¿Y qué te dijo el encargado?
- Pues que no era la primera vez que recibía quejas por el mismo motivo.
- ¿Quién me ha dado una patada? Has sido tú Sandra. ¡Toma!
-¡ Yo no he sido! ¡Caradura!
- ¡Niños! ¡Niños! ¿Es que no vamos a tener ni una comida en paz?
El abuelo cuenta entonces lo que le ocurrió a él una vez siendo joven, para antes de la guerra, cuando trabajaba en una empresa de transportes. Viajaba con otro compañero por toda España en un viejo camión. A veces les daban propinas que repartían entre los dos. En cierta ocasión, alguien les entregó un paquete para el obispo de Huesca. Cuando llegaron, mientras el chofer se quedaba en el camión, él subió las empinadas calles que unían la carretera general con la parte alta de la ciudad, donde se encontraba el palacio del Obispo. Al llegar al portón, con el pecho todavía jadeante, dio varios golpes con el pesado aldabón.
- Parece que aún lo estoy viendo. Abrió la puerta el obispo…
- Pero, padre, sería un ayudante.
- Te digo que no, que por las ropas que llevaba tenía que ser el obispo. Y yo le dije, buenas tardes, aquí le traigo este paquete que nos han dado para usted en Zaragoza, y él me dijo: ¡Ah, muy bien! ¡Muchas gracias! Cogió el paquete y volvió a repetir: ¡Adiós joven! ¡Un millar de gracias! Y cerró el portón. Entonces volví sobre mis pasos, más ligero ahora, porque era cuesta abajo, y al llegar junto al camión me preguntó el chófer: ¿Ha habido suerte?- ¡Mucha! ¡Quinientas para cada uno! – le contesté. Me miró con cara de asombro y entonces yo añadí: Me ha dado mil gracias, así que la mitad para ti, la mitad para mí y la cuenta redonda.
- Niños, ¿os habéis lavado las manos?
- Sí, mamá.
Comienzan a comer con buen apetito. Lola mira a su hermana, que ha venido esta mañana de la ciudad.
- Parece que tienes mala cara, Carmen. Es malo trasnochar y madrugar.
- ¿Qué os parece que me pasó ayer?
- ¿Qué te pasó, tía?
- Me fui al cine yo sola y llegué un poco tarde. Total que el acomodador me acompañó hasta mi butaca y yo, la verdad, no suelo dar propina, pero además, aunque hubiera querido hacerlo, no hubiese podido porque no llevaba dinero suelto en el monedero. ¿Qué imagináis que me hizo el buen hombre?
- ¿Qué?
- Pues se puso a decir en voz alta: ¡Muchas gracias, señora! ¡Muy agradecido señora! Menos mal que estaban las luces apagadas porque consiguió sacarme los colores, me puse colorada como un tomate de vergüenza y de rabia. ¡Así lo parta un rayo! ¿Qué se habrá pensado el buen señor? ¿Es que no le pagan por su trabajo? ¡Pues no! Parece que sea obligación darle propina.
- ¡Vaya fresco!- añade Lola acalorada, como si fuera ella misma la que hubiera sufridola vergüenza -. No si eso de las propinas es una de nuestras lacras nacionales. Si quieres quedar bien has de dar propina al taxista, al peluquero, al camarero, al repartidor, vamos que habría que trabajar sólo para ellos.
- Tampoco hay que exagerar- tercia Ángel.
- No, si a mí no me parece mal que el que tenga voluntad de dar propina la dé, pero eso de que si no la das te miren con mala cara como le ha pasado a Carmen, eso ni hablar.
- Mamá quiero agua – dice Alberto.
- ¡Ya voy! ¡Ya voy!
- Bueno, pero por lo menos ¿ te gustó la película?- pregunta Ángel.
- No estuvo mal, pero como estaba tan sofocada… En cuanto terminó pregunté por el encargado del local. Por lo menos me di el gusto de protestar. Me despaché a gusto ¿sabes? Lo que pasa es que como estaba el cine a oscuras no vi bien la cara del acomodador y no pude identificarlo.
- ¿Y qué te dijo el encargado?
- Pues que no era la primera vez que recibía quejas por el mismo motivo.
- ¿Quién me ha dado una patada? Has sido tú Sandra. ¡Toma!
-¡ Yo no he sido! ¡Caradura!
- ¡Niños! ¡Niños! ¿Es que no vamos a tener ni una comida en paz?
El abuelo cuenta entonces lo que le ocurrió a él una vez siendo joven, para antes de la guerra, cuando trabajaba en una empresa de transportes. Viajaba con otro compañero por toda España en un viejo camión. A veces les daban propinas que repartían entre los dos. En cierta ocasión, alguien les entregó un paquete para el obispo de Huesca. Cuando llegaron, mientras el chofer se quedaba en el camión, él subió las empinadas calles que unían la carretera general con la parte alta de la ciudad, donde se encontraba el palacio del Obispo. Al llegar al portón, con el pecho todavía jadeante, dio varios golpes con el pesado aldabón.
- Parece que aún lo estoy viendo. Abrió la puerta el obispo…
- Pero, padre, sería un ayudante.
- Te digo que no, que por las ropas que llevaba tenía que ser el obispo. Y yo le dije, buenas tardes, aquí le traigo este paquete que nos han dado para usted en Zaragoza, y él me dijo: ¡Ah, muy bien! ¡Muchas gracias! Cogió el paquete y volvió a repetir: ¡Adiós joven! ¡Un millar de gracias! Y cerró el portón. Entonces volví sobre mis pasos, más ligero ahora, porque era cuesta abajo, y al llegar junto al camión me preguntó el chófer: ¿Ha habido suerte?- ¡Mucha! ¡Quinientas para cada uno! – le contesté. Me miró con cara de asombro y entonces yo añadí: Me ha dado mil gracias, así que la mitad para ti, la mitad para mí y la cuenta redonda.
18/06/2004 00:26
Comentarios » Ir a formulario
Autor: Corazòn...
Jajaja...esta buenisimo...
como todo lo q usted escribe...me hizo gracias aquello de las propinas... :)
Un enorme saludo...y mil gracias por sus visitas...
Un beso.
como todo lo q usted escribe...me hizo gracias aquello de las propinas... :)
Un enorme saludo...y mil gracias por sus visitas...
Un beso.
Fecha: 18/06/2004 05:03.
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Autor: JOSÉ MANUEL BOUZAS
TU PÁGINA ES DE LAS POCAS EN LAS QUE ENTRO PORQUE ME GUSTAN TUS RELATOS, COMO ENFOCAS LOS TEMAS Y SOBRETODO, TU CAPACIDAD DE CONDENSACIÓN.
ESPERO QUE ALGUN DIA ENTRES EN MI BLOG. SOY UN NOVATO EN ESTE CAMPO, ACABO DE EMPEZAR Y ME GUSTARÍA CONTRASTAR LO QUE HAGO CON OPINIONES DE OTROS AMIGOS BLOGUEROS.
MI BLOG ES www.bouzzas2006.blogspot.com
ESPERO QUE ALGUN DIA ENTRES EN MI BLOG. SOY UN NOVATO EN ESTE CAMPO, ACABO DE EMPEZAR Y ME GUSTARÍA CONTRASTAR LO QUE HAGO CON OPINIONES DE OTROS AMIGOS BLOGUEROS.
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Fecha: 30/10/2006 06:50.










