A las Peñas de Herrera

Fue un proyecto largamente acariciado. Desde la entrada de la primavera, cuando a pesar del frío viento del norte que amenaza con devolvernos al invierno, algo en el ambiente, tal vez la hierba tierna del borde del camino, o las alegres golondrinas surcando el cielo tan azul, o un dorado rayo de sol, nos hace soñar con el verano. El verano, con su cielo luminoso, sus baños refrescantes, sus siestas, el deslizarse de los días sin prisas, libres de la tiranía del reloj, sin escuela y sin deberes.
El próximo domingo subiremos a las Peñas, sentenció el padre. Había curiosidad y temor al cansancio en las mentes infantiles. Y… allí estaban ellas: plantadas en lo alto, orgullosas, o tal vez indiferentes. Sobre las nueve y media emprendieron la marcha. Era un día de agosto, ventoso y con nubes. Tendréis frío arriba, auguraban los viejos; pero no había nada capaz de robarles la ilusión. La senda, medio borrada a causa de la maleza y de la falta de uso ascendía trazando incontables curvas. Las aliagas arañaban sus piernas. El corazón les latía con fuerza mientras el viento los azotaba de frente y de costado. Llevaban el burro del abuelo cargado con el agua y la comida. De cuando en cuando se paraban y miraban hacia abajo. El pueblo se iba quedando atrás, cada vez más pequeño y quieto en la hondonada. Una vez recobrado el aliento proseguían la ascensión. A la derecha del camino aparecieron los restos calcinados de un pinar. Un tractor oruga había abierto grandes surcos para la nueva plantación, y entre la tierra removida podían verse los muñones de los pinos abrasados. Las Peñas se acercaban lentamente. Una nube baja se coló por entre los firmes farallones de piedra y acabó desmelenándose entre las matas de tomillo y las tollagas. Descansaron de nuevo. Ahora el repecho se tornaba casi vertical. Les resbalaban los pies en los regueros de cascajo y el viejo burro avanzaba cansino. Los dos hijos mayores caminaban animosos tras los pasos del padre mientras el pequeño buscaba con humildad la mano materna. Apenas se advertía la presencia de vida animal. No se veían pájaros. Solamente alguna mariposa, algún saltamontes, alguna oruga de vistosos colores en medio de la senda. La vista se colmaba de paisaje. En la lejanía varios pueblos blanqueaban entre los campos agostados. Sobre el pueblo pequeño y soñoliento ascendían los oscuros carrascales y el pinar. A los pies, a ambos lados, la pradera lucía verdes manchas de hierba tierna. Y seguían subiendo. Subir, siempre subir. Las Peñas recortaban sus siluetas poderosas sobre el cielo. Crecían las matas por entre las oquedades y quebradas, amarradas fieramente a la roca viva. En la soledad de las alturas, seis águilas sobrevolaban majestuosamente el cielo. Por fin llegaron al alto donde el camino traspone a la ladera opuesta. Todo era sombra al otro lado del monte. Nubes muy bajas y un viento frío que soplaba cada vez más fuerte. Montes de tonos violeta desnudos de vegetación más allá de una profunda hondonada. Una piedra gruesa arrojada por el hombre cayó ladera abajo a grandes saltos. Él les contó que en lo más alto de las Peñas había una gran explanada y que, en tiempos, los pastores solían subir hasta arriba a las ovejas cojas, atadas a la espalda. Allí tenían pasto abundante y no había peligro de que pudieran extraviarse. Entonces le propuso subir a la mujer. Ella no supo negarse. Los chicos se quedaron sentados sobre la hierba, esperando. Había una cueva natural al pie de la Peña con una entrada angosta. Él iba delante, seguro en su fortaleza. La mujer, temerosa e insegura detrás.
- Pon un pie aquí. Sujeta la mano en este saliente. Aquí hay un agujero. ¡ Salta!
A ella le temblaban las piernas.
- No me atrevo. ¡Volvamos!
- Yo te sujetaré. Apóyate en mí.
Habían recorrido un buen trecho cuando llegaron al tramo más difícil. Mejor sería abandonar. La mujer tenía frío. Frío del cierzo y del miedo, y los chicos esperaban abajo. Entonces, el deseo apareció de repente en medio de la quebrada y el hombre no fue más que un ser desesperado buscando satisfacer sus ansias.
-¡Papá! ¡Papá!
-¡Mamá! ¿Dónde estáis?
-¡Hace frío! ¡Bajad!
-Ya vamos- contestó él con la voz entrecortada.
Se sentaron al abrigo de las Peñas, de cara al sol, medio protegidos de las ráfagas del viento. Los chicos estaban ateridos y hambrientos. Mientras los mayores preparaban la comida ellos se resguardaron del frío con la vieja manta de cuadros. Todo estaba delicioso. Comieron deprisa, casi con ansia, como si llevasen mucho tiempo sin probar bocado. Después, al terminar, se tumbaron cara al cielo, dejándose acariciar por el sol. Se produjo un silencio. Podía escucharse el rumor de las hierbas y el grito de los grajos entre las rocas. Las águilas seguían sobrevolando las alturas. Entonces un golpe de viento arrastró una hoja de periódico hasta las patas del burro.
-Mirad - gritó el pequeño- el burro está comiéndose el papel.
-Si tendrá amor a la cultura. Está devorando la letra impresa.
Se rieron. Llegaba la hora del descenso. Miraron hacia abajo. Allí estaba el pueblo, quieto y pequeño al fondo del valle, esperando…
22/06/2004 00:03

Comentarios » Ir a formulario


Autor: Anónimo

calido

Fecha: 30/06/2006 00:17.


Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]