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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2004. 03/03/2004La NevadaDe pie junto a la ventana del salón contemplo embelesada los gruesos copos de nieve que caen mansamente en esta mañana de febrero. ¡Son como boinas!- como diría mi madre. Casi sin darme cuenta me siento transportada a mi niñez. Nieva. En el cielo gris se han abierto millares de ventanas invisibles por donde escapan hermosas plumas de palomas blancas.Caen despacio, bailando sobre el aire hasta posarse silenciosas sobre el suelo pardo, sobre las duras piedras de las tapias, sobre las manchas verdigrises de las tejas, sobre los bardales que almacenan la leña y el calor del invierno, sobre el fino cobre de los cables eléctricos. Parada en medio de la calle, extiendo el brazo hasta sentir sobre la palma de mi mano el tacto tenue y frío de los copos. Veo preciosas y frágiles estrellas. El calor de mi piel las convierte al instante en tibias y redondas gotas que se deslizan entre mis dedos. Me miro los zapatos, los hombros, el vestido. Todo se está volviendo blanco. Nieva. Nieva… El campo se ha escondido tras la espesa cortina. Hay silencio en el pueblo. Han vuelto los pájaros al nido, como al atardecer. Ya están los chicos en sus casas, dejando abandonadas en el suelo las apretadas bolas, últimos restos de la feroz batalla inacabada. Comemos junto al fuego. Madre nos guarda una cazuela de sopa bien caliente. Noto el calor en el estómago. Se va extendiendo, como las ondas formadas por la piedra arrojada sobre el charco, hasta llenar todo mi cuerpo. Pasa la tarde lentamente. Hemos jugado en el portal al escondite, a las cuatro esquinas, a la gallina ciega y al columpio. Fuera, nieva. Las calles ya no tienen piedras, ni tejas los tejados. Abro la puerta. Saco mi pie menudo y piso fuerte. Ya no tengo zapato, ni pie, ni media pierna. Me hundo más y más entre la nieve. Empieza a oscurecer. La luz se pierde entre los copos. Madre sale de casa y se llega a la esquina, tratando de adivinar el camino que ha de traer a padre de la vía. Sentados en el hogar frente a la lumbre, lo esperamos. Madre suspira. El humo se eleva en blancas espirales hasta perderse en la negra chimenea. Jugamos a las cartas para acortar la espera. -¡As! -¡Dos! -¡Tres! Cuatro, cinco, seis, siete, sota… -¡Para ti! Daniel y María se ríen de mí. Yo recojo todas las cartas y empezamos otra vez. As, dos, tres, cuatro… -¡Para ti! Y así hasta que me quedo con toda la baraja. ¡Buuurra! ¡Buuurra! Ahora tengo que ponerme boca abajo sobre las rodillas de María. Daniel saca una carta. -¡Caballo! -¡Caballo caballero, con capa y sombrero, cuenta las estrellas que hay en el cielo, veinticuatro estrellas y un lucero. Mientras, me van sacudiendo fuertes palmadas sobre la espalda. -¡Cuatro! ¡Sopapo! -¡Cinco! ¡Pellizco! -¡Siete! ¡Cachete! Daniel me propina un sonoro cachete y yo rompo a llorar. Madre me sienta en su regazo y me acalla con sus besos. Suena la puerta de la calle. Corremos al portal. Es padre que llega. Su capote pardo, su pasamontañas gris, sus botas negras, sus cejas, sus pestañas, todo él convertido en una estatua blanca. Madre deja de suspirar. Yo ya no lloro. Padre está a salvo de la nieve y de la noche. 21/03/2004Una tarde de marzo¿Qué podré decir de ti que no se torne plagio al pasar por mi boca? ¡Quién tuviera el verso de cristal del dueño de Platero o la palabra honda del poeta andaluz en tierra castellana para saber cantar tus glorias! Marcho por el camino solitario y duro, cien veces recorrido; la tarde es fría, gris y borrascosa. El viento norte trae al valle aromas de nieve y de montaña, me abraza firmemente por el talle, abofetea sin piedad mi cara, pone música en el bardo de la huerta, hace sonar las hojas secas de las cañas. Y en la brizna de hierba del borde del camino que estrena el verde de la nueva savia, en las flores del chopo del pequeño altozano que enmascaran el nido de la urraca, en el temblor del arbolillo rosa que crece desgarbado y solo en el ribazo, en el canto bullicioso de los pájaros que aletean inquietos por las zarzas, en un no sé yo qué de calor y de alegría que ha brotado del frío de la pena que me atenaza el alma...he encontrado las huellas de tus pasos, primavera. En esta tarde fría, desde el camino solitario, te saludo: ¡Bienvenida seas! |
El alma al aire¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.
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