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05/05/2004

Polvo de tu polvo

Te he sorprendido engalanada de verde y amapola.
¡Qué hermoso traje luces, tierra mía!
Mas hoy mi corazón no ríe al contemplarte.
Bajo la herida marrón de tu costado,
muy cerca del ciprés, reposan ya sus viejos huesos.
Huesos menudos y cansados que tanto supieron de fatigas,
de guerra y estrecheces, de nieves y de cierzos, de soles y bochornos, de llantos y de risas,
de bodas y mortajas, de amor y desamor...
¡Acógelos piadosa en tus entrañas!
Ya es polvo de tu polvo
el cuerpo frágil de una mujer valiente.
05/05/2004 23:09 Enlace permanente. Tema: Poesía Hay 1 comentario.

06/05/2004

¡Ay, niña mía!

Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
Hay fulgor en tus ojos, color en tus mejillas,
Una mirada ausente, una dulzura tibia,
un no sé qué especial.
Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
No sé cómo ni cuándo, amor llamó a tu puerta.
¿No es verdad?
¡Ay, niña mía!
Amor te hará reír.
Amor te hará llorar.
Amor te hará sufrir.
Amor te hará gozar.
Porque el amor es fuego.
Porque el amor es hielo.
Porque el amor es fiesta.
Porque el amor es duelo.
Porque el amor es manso.
Porque el amor es fiero.
Es duro cual diamante
y frágil cual cristal.
Amor es… esperanza y desespero,
bonanza y tempestad;
es gloria y es infierno,
prisión y libertad.
Lo he adivinado sin que me lo dijeras.
No sé cómo ni cuándo,
amor salió a tu encuentro ya.
¡No le cierres tu puerta, niña mía!
Porque el amor es…¡Vida!
¡Déjale! ¡Déjale entrar!
06/05/2004 23:08 Enlace permanente. Tema: Poesía No hay comentarios. Comentar.

08/05/2004

Mi querido y loco adolescente

Hubiese deseado verte convertido en un niño pequeño y apretujarte entre mis brazos; poder comerte a besos y llenarte de caricias para borrar de tu memoria la mala experiencia que has sufrido. En cambio, sentada junto a ti sobre la cama, sólo he acertado a poner torpemente mi brazo sobre tus hombros y darte un par de besos, tratando de no herir tu ego adolescente, para demostrarte que me tienes muy cerca y que te quiero. Tú, mientras, me dices que te encuentras deprimido y que has perdido la ilusión del veraneo. Hay que aceptar las cosas como vienen. Y que lo ocurrido te sirva de lección. ¡Que no puedes andar abriendo agujeros en la arena y taparlos después con una hoja de periódico, mismamente como el cazador prepara su trampa en medio del follaje de la selva! Ha pasado… lo que tenía que pasar. Y te ha pillado de sorpresa contemplar cómo la pierna de una señora gruesa, baja y de lengua viperina, desaparecía en su interior. Ha querido pegarte, ha dudado de tu normalidad, y ha increpado a tu tía, a la que ha confundido con tu madre, intentando hacerle sentir vergüenza por haberte traído al mundo. Ella ha intentado buenamente amansar a la fiera que, como caballo desbocado, desfogaba su cólera contando con todo lujo de detalles a los amigos, conocidos y desconocidos, en muchos metros a la redonda, su percance, y amenazando con exigir daños y perjuicios. Tus hermanos, que ya te habían prevenido de las posibles consecuencias de tu excavación, y de los que tú mientras tanto te reías, hubieran querido convertirse en avestruces, para poder esconder sus cabezas bajo la arena y huír así de semejante granizada. Quizás haya sido mejor que ni tu padre ni yo estuviésemos allí en aquel momento. Yo me pongo en el lugar de la mujer que ha estado en un tris de romperse la pierna y puedo comprender su enfado; pero tú eres mi hijo - un poco cabezota a veces, es verdad- y te quiero muchísimo, y no me avergüenzo de ser tu madre, ¡ea!. Al contrario, me siento orgullosa de ti por muchos motivos. ¡Sépalo Vd., señora mía! Y, además … juraría que usted no tiene hijos.
08/05/2004 22:25 Enlace permanente. Tema: Retrospectiva Hay 2 comentarios.

09/05/2004

Crónica familiar de un partido memorable

Se nos ha hecho algo tarde para cenar. La culpa ha sido mía porque he vuelto a casa pasadas las siete. Mientras preparo la cena Ana entra en la cocina muy emocionada.
-Hay fútbol, mamá. ¡El partido de la Eurocopa! ¡Éste sí que no me lo pierdo!
-¿Ah, sí? ¿Y quién juega?- pregunto, intentando mostrarme interesada.
-¡Hija, mamá! ¡No entiendes nada! Juegan España y Malta.
-Ah- contesto, como disculpándome por mi ignorancia.
¡Fútbol! Palabra mágica para miles de forofos, hombres, mujeres y niños desde la más tierna edad. ¡Fútbol! Palabra terrible para los no iniciados, entre los que me cuento, los bichos raros que no encontramos ningún aliciente en contemplar las carreras y peripecias de veintidós jugadores corriendo tras un balón. Es norma en nuestra casa comer y cenar con la televisión apagada. Nos parece que representa un obstáculo para la comunicación en esos preciosos y escasos momentos en que la familia logra estar reunida. Pero esta noche, no. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza pulsar el interruptor. Me he limitado a dar media vuelta a la mesa familiar para lograr la máxima visibilidad para los cuatro aficionados de mi casa. Comienza el partido. Procuro hacerme invisible mientras coloco platos y cubiertos. El ambiente se va caldeando.
-Lleva la pelota Carrascooo- grita el locutor- pasa a Gordillooo, chutaaa, yyy…
-¡Uyyy!- puñetazo en la mesa del pequeño.
-¡Oh qué lástima!- sigue la voz del locutor - se ha desviado la pelota hacia la izquierda.
Algunas noches, según el menú, hay que soportar las protestas de mis hijos. A uno no le va la verdura, al otro el pescado. Hoy, no. Es verdad que la cena es de su gusto, pero estoy segura de que hubiese dado lo mismo. Engullen sin mirar qué, con los ojos fijos en la pantalla, acompañando con sonoras exclamaciones los lanzamientos del equipo español. Un jugador contrario empuja a uno de los nuestros, (claro que también los nuestros hacen lo propio con los visitantes) mis hijos se inflaman, les llamean los ojos, tienen la cara roja por la ira, y hasta se escapan de su boca palabras ofensivas.
-¡Mongolo!
-¡Idiota!
-¡Ya está bien, niños! - digo intentando llamar al orden.
Es inútil. Es la fiebre del fútbol. Javier frunce los labios y espurrea despectivamente. El abuelo, que cena a su lado, lo observa y ríe los gestos del nieto favorito. Y así, entre la tristeza por el empate y la alegría por el tres a uno, termina la cena y el primer tiempo. Al comenzar el segundo, el abuelo dice a Ana que le pica el sabañón y que le busque la pomada. Mi hija, que suele ser atenta con su abuelo, protesta porque va a perderse cuatro minutos del partido. El abuelo se viene a la cocina. Él se da la pomada y yo friego la vajilla. Hasta nosotros llegan los rugidos.
- Los españoles no tenemos remedio – sentencia mi padre meneando la cabeza, como si esta locura fuese exclusiva de nuestro país- Me voy a dormir.
-¡Hasta mañana, padre!
Un alarido de entusiasmo nos invade. Ana entra en la cocina dando saltos. ¡Cuatro a uno!
-Tenemos que meter once goles para empatar y doce para ganar, mamá.
-¿No pensarás que van a meter esos goles, ¿verdad?
Pero…¡sí!. Vienen uno tras otro, sin dejar resollar al portero.
-¡Siete a uno! ¡Ocho a uno! ¡Nueve a uno!
De repente me encuentro en el cuarto de estar mirando, ahora a la pantalla, ahora a mis hijos, que se contorsionan, incapaces de resistir la excitación. Se encuentran al borde del paroxismo. La mayor se sienta de golpe en el suelo. El mediano, el más nervioso, va al otro extremo de la habitación y golpea con los nudillos el cristal de la ventana. El pequeño bota encima del sofá como una pelota elástica, y lanza alaridos al estilo de los de los indios en las películas del oeste. Mi marido está silencioso. Al llegar al undécimo, suelta un…¡Gol!, en un tono grave y concentrado.
-¡Pobre! Mirad la cara del portero- digo – Yo que él decía: “Hala, me voy a casa, ya no juego más”, como hacen los chicos cuando se enfadan.
¡Y uno más! ¡Doce a uno! Toda una hazaña. ¡Qué señor es Juan Señor! Y entonces la presa se desborda por completo. Saltos, gritos, abrazos. Yo también me siento contagiada por la euforia del momento.
-¡Sí, sí, sí! ¡Vamos a París!
-¡Sí, sí, sí! ¡España va a París! – ruge la hinchada. Hasta a los locutores les produce gallos la emoción.

Ya ha vuelto la calma a mi casa. Mis hijos están acostados. No sería raro que esta noche, en sueños, se propinaran algún puñetazo. ¿ Habrá muerto algún espectador, víctima de un ataque cardíaco? Me imagino al pobre portero maltés sufriendo horribles pesadillas: Tiene su portería protegida por unas puertas de hierro macizo, pero…¡horror!, la maldita pelota llega a las mallas una y otra vez colándose a través del ojo de la cerradura. Se despierta, y al dormirse el tormento se repite.
¡Vaya noche! La verdad es que durante más de hora y media millones de españoles han olvidado la mayor parte de sus problemas. Sus corazones, como relojes perfectamente sincronizados, han latido al unísono, formando un solo, loco y apasionado corazón.
09/05/2004 22:10 Enlace permanente. Tema: Retrospectiva No hay comentarios. Comentar.

10/05/2004

El castillo

Me gusta mucho subir al castillo. Sólo quedan dos grandes muros desportillados en el monte redondo y verde. Doy unas cuantas volteretas sobre la blanda hierba. Me acerco al paredón que mira al pueblo. Hay un corro de mujeres cosiendo en la replaceta. Una moza viene por el camino de la fuente. Lleva el cántaro en la cabeza y una botija en cada mano. Me gustaría ser mayor y poder hacer lo mismo que ella. Las gallinas escarban en los muladares, y un gallo lanza su ¡kikirikí! que va extendiéndose ligero por el aire. Otro gallo le contesta desde otro punto del pueblo. Las yuntas labran en los campos al tiempo que la tierra va mudando de color. Miro a lo lejos, donde más que verse se adivinan los pueblos vecinos: Reznos, Carabantes, La Quiñonería, La Peña de Alcázar, y abajo, a la derecha, la mancha oscura del monte de carrascas. Ahí está el Costanazo con sus piedras brillando al sol. Me canso de mirar por ese lado. Ahora podría picar un poco el suelo con la piedra. ¡Quién sabe si tendré suerte! El Isidoro, que sabe mucho, y es tan mayor como mi padre, dice que en el castillo hay un tesoro escondido desde el tiempo de los moros. Todos los chicos picamos con las piedras cuando subimos. Un día u otro tiene que aparecer. Ya me he cansado. Ahora me voy corriendo al otro lado del castillo pasando por el Orinal de la Zorra. Es una losa grande con un pequeño agujero. Casi siempre hay allí agua recogida. Los mayores dicen que sólo es agua de lluvia, pero los chicos sabemos muy bien que la zorra acude allí todos los días para mear en su orinal. Oigo el jadeo de un tren. ¡Fa, fa, fa, fa! Lejos, pequeña y blanca se ve la estación. El tren mixto, como una larga culebra avanza, hasta esconderse en la trinchera, mientras se esparcen lentamente por el aire los jirones de humo negro.
10/05/2004 00:35 Enlace permanente. Tema: Retazos Hay 2 comentarios.

11/05/2004

Viejo Olmo

Hay una vieja ermita junto al río. Una ermita que antaño fue sereno retiro de hombres silenciosos, hombres de largas barbas y cuerpos flacos bajo toscos sayales pardos, mortificados por el cilicio y el ayuno. Suaves aromas de aliaga y de tomillo bajan del monte hasta la ermita en primavera. El crudo cierzo del invierno azota sin piedad sus gruesos muros, intentando romper en vano su estrecho abrazo con la roca, golpea ciegamente sus ventanas, eternos centinelas frente al río, silba a través de las rendijas que abre la carcoma, y sus silbidos semejan en la noche lamentos de espíritus atormentados recorriendo sin tregua las vacías estancias.
Hay un viejo olmo junto a la ermita. Un hermoso árbol con la corteza tatuada como el pecho de un fornido marinero; manos jóvenes y enamoradas la hirieron grabando sobre ella letras, fechas, símbolos de eterno amor.
El aire ha llenado de voces la tranquila mañana. Llegan voces sobresaltadas hasta la ermita, voces que se enredan en las ramas de los álamos del río y quedan presas entre las rocas y las breñas del monte cercano. Algo ha venido a turbar el gran silencio. Ese silencio sólo roto por el rumor del agua, el canto de los pájaros, el suave murmullo de la brisa o el rugido ronco del viento. Aupándose sobre su firme tronco, desde su rama más alta, Viejo Olmo puede divisar, aguas arriba, un desacostumbrado movimiento de gentes junto a la orilla. Las aguas bajan alborotadas. Hablan todas a la vez, como viejas comadres en día de fiesta por la Calle Mayor. Ni siquiera escuchan la voz del árbol que clavado en el suelo, impotente y ansioso, intenta hacerse oír. Hay un instante de silencio. ¡Un hombreee ha querido dormir para siempreee acostado sobre el duro lecho del ríooo!, pregona la voz del agua frente a la ermita.
Viejo Olmo siente oprimirse su duro corazón de madera, y como si el frío invernal hubiese comenzado a soplar de repente, un escalofrío recorre de arriba a abajo su rugosa corteza. El árbol se siente amigo de los hombres. Ha escuchado tantos juramentos de amor... tantas y tan tiernas confidencias... Ha visto a los hombres llorar y reír a sus pies. Y un día, sin saber cómo ni por qué, descubrió que podía gozar y sufrir como ellos.
A las gotas de agua, incansables y eternas viajeras, les gusta sentirse acariciadas por el ardiente sol y, convertidas en una tenue gasa, suben a contemplar la tierra desde las blandas masas de algodón. Ante su mirador en continuo movimiento desfilan nevadas cumbres que el hombre nunca ha hollado con su pie, bosques inmensos, pueblos blancos... Se mueven perezosamente por los caminos del cielo empujadas por la brisa, hasta que un día son arrojadas furiosamente hacia el abismo. Entrarán en las entrañas de la madre tierra formando invisibles riachuelos, o se deslizarán vertiginosamente ladera abajo en la montaña quedando presas entre los turbios remolinos del pequeño torrente, morderán luego con violencia las orillas del arroyo, para encontrarse al fin de su azaroso viaje en la tranquilidad y somnolencia del viejo río. Y cuando las aguas se sienten fatigadas de su eterno vagar, encuentran el reposo en la amable quietud de los remansos.
A Viejo Olmo le resulta muy fácil escuchar lo que murmuran las aguas del remanso junto a la ermita.
-¡Todavía estoy asustada! Debería haber una ley que prohibiese venir a dormir al río a los extraños.
- Para mí no era un extraño. Lo conocí hace... ¿cuarenta?, ¿ tal vez cuarenta y cinco años? No lo sé. Las gotas perdemos la noción del tiempo ¿no es verdad? Fue una noche de invierno en un pequeño pueblo de Castilla. Una muchacha se había casado con un forastero aquel día. El novio debía pagar cierta cantidad de dinero a los mozos. Esa era la costumbre; pero él se negó a pagar. Los mozos pasearon durante horas la calle haciendo sonar enormes cencerros. Mas de pronto, la puerta de la casa se entreabrió sin ruido y por la negra abertura asomó el frío cañón de una escopeta de caza. Sonó un estampido seco, y la bala, atravesando la gruesa bufanda de lana, se hundió en la cabeza de un rondador dejándolo sin vida. El muerto era casado. Juan era su hijo mayor, tenía nueve años; era un niño moreno, de ojos negros y vivarachos. Unos golpes violentos en la puerta y un grito desgarrado lo despertaron. Luchando contra el sueño que le pesaba en los párpados y se empeñaba en cerrarle los ojos, Juan siguió a su madre por los oscuros callejones hasta encontrarse con el cuerpo de su padre, tendido sobre una manta. ¡Qué apagados estaban aquellos ojos! ¿Eran de verdad los ojos de su padre? A él le gustaba salir a las afueras del pueblo al atardecer, para esperarlo cuando volvía del monte después de haber encerrado las ovejas en el corral. ¡Cómo brillaban entonces aquellos ojos, cuando él arrancaba a correr a su encuentro! ¡Y qué frías sus manos! Aquellas manos rudas que oprimían con firmeza y ternura las pequeñas manos de Juan. Sintió un doloroso estremecimiento y comenzó a llorar. Fue un llanto largo. Sentía que algo se le iba rompiendo por dentro. Fueron sus últimas lágrimas de niño. Cuentan que desde entonces nadie lo vio reír. Cambió sus sencillos juegos infantiles por el cayado y el morral, y recorrió con sus ovejas, día tras día durante años, los campos y los montes de su pueblo. Nunca se acercó a la hoguera la noche de San Antón, ni saltó sobre las brasas brillantes como hacían los otros mozos cuando el vino quemaba sus entrañas y les hacía creer que podían volar sobre el fuego. Nadie lo vio bailar en las fiestas de San Ramón, ni rondar a las mozas en la medianoche.
- También yo lo conocí- añadió otra gota de agua. Un día, mientras sus ovejas bebían, se arrodilló junto a mi pequeño manantial para calmar su sed. En sus ojos había rencor. Tal vez porque sabía que el hombre que había matado a su padre estaba ya en libertad.
Viejo Olmo empieza a adivinar la terrible tragedia. Nuevas gotas viajeras intervienen en la conversación.
- Yo puedo contar algo más. Era una mañana de primavera. El aire estaba colmado de la fragancia de la tierra, despierta ya de su largo letargo invernal. Los sembrados formaban una inmensa alfombra verde, los montes vestían las galas multicolores del tomillo, la salvia y el romero. De todos los rincones brotaba una palabra: ¡vida!, que el eco iba repitiendo una, dos, tres, cien, mil veces, en todas las direcciones hasta el infinito. ¡Qué gran imprudencia la de aquel hombre al dejarse ver por el pueblo de Juan! Tal vez pensó que con la cárcel había pagado su culpa. Cuando ya se marchaba, por el camino solitario que atravesaba un espeso encinar alguien gritó su nombre. Al volver la cabeza vio a Juan con la escopeta de caza. Empezó a correr. Gruesas gotas de sudor surcaban su frente. Un primer disparo a las piernas le hizo caer. Dos nuevos disparos segaron su vida.
- Yo adiviné la ansiedad de la madre de Juan mientras salía a esperar al hijo que no volvía.
- Yo vi llorar a la mujer y a los hijos del muerto.
- Yo pude ver al mozo cuando se entregó a la Justicia declarándose culpable.
¿Todavía amas a los hombres Viejo Olmo? ¡Qué horribles dramas provocan sus pasiones! En su corazón habita el odio, el rencor, la ambición, la soberbia... Se cimbrean los juncos de la orilla, suaves rizos adornan las aguas del remanso, se escapa música de entre las jóvenes hojas de los álamos. Es el viento que llega. También un día, quince años atrás, el viento se encontró con Juan.
- Cierto día- cuenta el viento a las aguas- mientras cumplía mi obligación de ventilar la tierra de los hombres, tropecé contra las duras piedras de un alto y poderoso muro. Lo remonté. Rodeaba un robusto caserón de aspecto triste. Gruesos barrotes amordazaban todas sus ventanas. Tras de aquellas rejas vi a Juan. Miraba a lo lejos, como si intentase descubrir en el lejano horizonte su casa, su fiel perro, los trigales, ondulantes mares verdes en la primavera, henchidos de doradas espigas en tiempos de la siega, los oscuros encinares de su pueblo...
Va cayendo la tarde. Pronto oscurecerá. Unos pájaros han hallado confortable cobijo entre las ramas de Viejo Olmo. Mientras llega la quietud de la noche ahuecan la ligera manta de sus plumas y desgranan su pena por el triste suceso del día que termina.
- Lo conocía. Lo he visto muchas veces en el viejo mercado junto a su pequeño puesto de frutas. Había conseguido una buena clientela. “¡Buenos días, Juan!” “¡No me pongas esos plátanos tan verdes!” “¡No me engañes! Esas peras tienen mala cara... ” “¿ Son dulces esas ciruelas, Juan?” “Mañana vendré a coger patatas. ¡Adiós Juan! ” Y Juan sonreía. Cuando las gentes de su pueblo venían a la ciudad y pasaban por el mercado se acercaban a saludarlo. Él apretaba fuertemente sus manos y les miraba con los ojos húmedos por la emoción. “Si pudiera volver atrás, no lo haría por nada del mundo”- le oyeron decir. Ayer vi a Juan. Junto a él había un hombre que le echaba en cara su pasado. No sé por qué. Los hombres cuando están dominados por la ira hacen tanto daño... Yo miré a Juan y sentí miedo. En su cara había dolor, cansancio, desesperación... Unos inmensos deseos de olvidar para siempre, de dormir para siempre. Por eso, para que nadie pudiese interrumpir su sueño, ha venido a acostarse sobre el duro lecho del río.
Ha llegado la noche. El viento está quieto. Sólo el monótono rumor de las aguas bajo los arcos del puente rompe el profundo silencio. Una pequeña estrella parpadea allá en lo alto. Con sus guiños parece querer enviar un secreto mensaje a alguna parte de la tierra.
-¡Eh! ¡Escucha Viejo Olmo! ¿Qué es eso que resbala por tu corteza? Juraría que son lágrimas...
Lloras acaso por el hombre que ha venido a dormir al río? ¡No llores más! Cuando el cuerpo de Juan se deslizaba hacia el fondo y su vida se escapaba entre las pequeñas burbujas que salían de su boca su pensamiento ha volado hacia el Señor de la Vida. “¡ Perdóname!”- le ha dicho- “Estaba tan cansado... Por segunda vez he olvidado que la vida es sólo tuya.” Una mano fuerte y poderosa ha sostenido la temblorosa mano de Juan, y a través de un oscuro sendero, han caminado hacia el País de la Vida, allí donde no llega la tristeza, el rencor, ni la ira de los hombres.
Gruesas gotas humedecen la corteza del árbol. Pero no siente ya tristeza. Como a veces les ocurre también a los hombres Viejo Olmo llora ahora lágrimas de felicidad.
11/05/2004 00:31 Enlace permanente. Tema: Relatos breves. Hay 5 comentarios.

26/05/2004

Porque tú me quieres

Porque tú me quieres, yo me siento rica,
Y tú un potentado porque yo te quiero.
Porque tú me quieres, yo me siento reina,
Y eres tú mi rey porque yo te quiero.
Porque tú me quieres, yo me siento hermosa,
Y no hay hombre alguno que a ti se compare
porque yo te quiero.
Y el sol brilla más, es más claro el cielo,
Más rojas las rosas, más dulces los sueños;
El gozo es más gozo, la risa más tierna
Y el dolor más suave porque nos queremos.
Pan de hogaza tierna y vino que anima seré para ti.
Tú serás mi fuerza, mi apoyo y mi aliento.
¡Amor! ¡Buen amor! ¡Rastro de lo eterno!
26/05/2004 07:00 Enlace permanente. Tema: Poesía Hay 1 comentario.

La loca

¿Qué hora es? ¿Qué hora es?
Eterna cantinela. Torbellino.
Rueda sin fin en tu pobre cerebro.
¿Qué hora es? ¿Que hora es?
Viento del norte. Resabios de nieve y primavera.
Aleteos de palomas blancas en la torre.
Niños camino de la escuela.
Y tus ojos cárdenos en la ventana.
¿Qué hora es? ¿Qué hora es?
¡Ca... ro... li... naaa! ¡Ja, ja, ja, ja!
¡Carolinaaa! ¡Uuuhhh!
¡Carolina!
Risas de niño. Burlas de niño. Dolor de niño.
26/05/2004 22:27 Enlace permanente. Tema: Poesía Hay 1 comentario.

27/05/2004

La tia Curra

Esta tarde, al llegar de la escuela, hemos encontrado a madre hablando con la tia Curra en la cocina. Viene alguna vez, pero si llega padre, ella se marcha aprisa.
-Me voy, que se hace tarde- dice.
-¡Qué prisa tienes, mujer, estáte un rato!
-¡No, no que mi Victoriano y mi Pablo estarán ya al llegar!
Cuando se va, padre y madre hablan en voz baja, pero yo puedo oírles.
-Tu Isaz es muy trabajador, Antonia- me dice-. Pero parece que te tenga miedo- comenta madre.
-¡Déjala! No se pierde mucho si no viene- le contesta padre.
La tia Curra es vieja, menuda y gruñona. Le falta el dedo currín de la mano izquierda. Viste de negro, y cuando tiene frío, se coge la saya por detrás y se la sube para cubrirse con ella la cabeza y los hombros. Entonces le aparece otra saya debajo, y todavía le asoma una más. Yo me pregunto cuántas sayas llevará. Tiene dos hijos pastores y dos hijas: la Adelaida, a la que llamamos Lala, y la Visi. La Lala se parece a los niños pequeños cuando habla, aunque es ya mayor.
-¿Por qué habla así la Lala, madre?
-Es que nació así. Tiene pocas luces.
Cuando la María va a por agua a la fuente de los machos, yo voy con ella. Cae tan poca que el viento tuerce el pequeño chorro y no hay forma de llenar el cántaro. Si se tapa el caño durante un rato, el agua sale con más fuerza. A veces la Lala nos oye y acude a la fuente. Entonces se queda un buen rato hablando con María.
-Mi hermano Pabo dice que yo no sé hacer sopas, que hago sopones- dice, y se ríe.
La María siente pena por ella y la deja hablar. Sin darnos cuenta va pasando el tiempo. Entonces llenamos a toda prisa los cacharros y volvemos a casa. Madre nos riñe porque llegamos tarde.
La Visi es la hija pequeña de la tia Curra. Es una moza muy guapa, pero un día se fue a servir, y a los pocos meses el Victoriano tuvo que ir a buscarla porque se había vuelto loca. Dicen que fue porque comió unos caramelos que le dio un hombre malo. ¡Nunca! ¡Nunca comeré caramelos que me dé un hombre malo, para que no me pase lo que le pasó a la Visi!
27/05/2004 22:50 Enlace permanente. Tema: Retazos No hay comentarios. Comentar.

28/05/2004

Carterooo ¿hay cartaaa?

Señor E.H: Oiga, ¡qué importante es usted!, o a lo peor ¡qué poco importante soy yo! Le he llamado tres veces y no he conseguido hablar con Vd. No, no crea que trato de reprocharle nada, ¡Dios me libre! Puede que haya sido por culpa de mis complejos. ¿Conoce Vd. el complejo de ventanilla? ¿Y el del teléfono? Bueno, pues yo tengo los dos. ¿Qué no sabe de qué va la cosa? Permítame, en un momento se lo explico. Verá: Un día tengo que solucionar un problema urgente, pongamos que en el Ayuntamiento, aunque lo mismo podría ser en la Delegación de cualquier Ministerio. Llego a la puerta, entro un poco intimidada por las dimensiones del edificio y veo pasillos, muchos pasillos, puertas acristaladas, ventanillas, muchas ventanillas.
- Probemos en ésta – me digo.
Un empleado me mira indiferente al otro lado del cristal. Por el camino he repetido una docena de veces lo que tengo que decir.
- ¡Buenos días! Mire Vd. Yo venía a…. Cuando he soltado la parrafada de carrerilla, y me siento satisfecha porque me ha salido que ni bordado, oigo al señor que, casi sin mirarme, me dice con voz impersonal:
- Suba Vd. al 2º piso y pregunte. Allí le indicarán.
Subo las escaleras. Pasillos, muchos pasillos, ventanillas, muchas ventanillas. Serenidad- me digo.
-¡Buenos días! Yo venía a…(Lo suelto todo otra vez)
- Allí, en aquella ventanilla.
¡Y vuelta a empezar! Pero ya no me sale. Tartamudeo, me repito, me atraganto. Es por culpa de mi complejo de ventanilla. ¿No le ha pasado a Vd. nunca?
Bueno, pues el complejo del teléfono es todavía más terrible. Por ejemplo, hoy le he llamado a Vd.
Ring, ring, ring…
- Dígame.
- ¿ Don E. H.?
- Sí, ¿qué desea?
Es una voz femenina.
- ¿Podría hablar con él?
- Mire, no está, ha salido. ¿Quién es Vd.?
- Bueno, él no me conoce. Me dio su teléfono J. L.C. Deseaba informarme sobre una revista.
- ¿Cómo se llama la revista?
- Es el Grupo Cristal.
- ¿ El Mundo Cristiano?
- No, no, señorita. Cristal, es el Grupo Cristal.
- Bueno, llame dentro de media hora.
Estoy un poco decepcionada. Me hubiera gustado conseguirlo a la primera. Me conozco bien. Sigo preparando la comida. De cuando en cuando miro al reloj. Ya ha pasado más de media hora. Probemos de nuevo.
Ring, ring,ring…
- Dígame.
Ahora es una voz masculina.
- ¿Don E. H.?
- Sí, ¿quién es?
- Soy Menchu Lasheras. Me dio su teléfono…(Vuelta a empezar)
Pero esta vez me sale peor. Un poco atropelladamente le digo:
- Me dijo que Vd. me podría ayudar a…
- Un momento – me interrumpe- el señor E.H. está llamando por teléfono y no la puede atender. Llame dentro de cinco o diez minutos.
Me maldigo interiormente. ¿Acaso no tienes bastante con el agridulce placer de iniciar a los hombres del mañana en los secretos de la lectura y la escritura, y con tus tareas de ama de casa? No, ¿verdad? Tienes que complicarte la vida haciendo versos- si es que se les puede llamar así-. Estoy desanimada. Algo me dice que el asunto no va a salir bien. ¿Por qué no lo habré dicho de otra forma? ¿Qué habrá pensado al escuchar "Me podría ayudar a…? En estos tiempos la gente no se muere de ganas de ayudar. Preparo la mesa para comer. Mis leones se mueren de hambre y están a punto de devorarme.Intentémoslo otra vez.
Ring, ring, ring…
- ¿El señor E. H.?
- Sí, ¿de parte de quién?
- He llamado hace unos momentos...
- Ah, sí. Mire, el señor E. H. está muy ocupado y no la puede atender. Deje el recado o llame más tarde.
- He entendido perfectamente. Perdone las molestias.
Cuelgo el auricular y vuelvo a la mesa. Puede parecer raro, pero no estoy enfadada, ni decepcionada. ¿Gusta Vd. señor E. H.?"
28/05/2004 00:21 Enlace permanente. Tema: Cartas No hay comentarios. Comentar.

29/05/2004

La noche

Hace mucho frío. Ha oscurecido ya. Sentados en nuestros pequeños bancos de madera, junto a la lumbre, contemplamos silenciosos las blancas espirales del humo que se escapa de los troncos. El cierzo produce ruidos misteriosos en la negra chimenea. Algunas veces suena tan fuerte que casi nos da miedo. El humo revoca y nos envuelve. Madre nos ha leído varias veces los cuentos de Alí Babá, Pulgarcito y Blancanieves que nos trajo la Feli al volver de Salamanca. También hemos jugado a la raposa. Padre no ha llegado todavía. ¡Cuánto tarda! Las brasas de la lumbre van perdiendo su brillo lentamente. Un golpe de viento ha penetrado en la cocina y siento un escalofrío en las espaldas. El Daniel remueve el rescoldo con la badileta y la María echa una hoja de papel. Mientras se quema cantamos a coro: ¡Un rinconcito pa San Andrés! ¡Un rinconcito pa San Andrés!
Cuando el papel termina de arder, la María lo saca con las tenazas y miramos si ha quedado un rinconcito sin quemar. El rinconcito de San Andrés. Yo me enfado porque no me han dejado sacar el papel de la lumbre, y porque tengo sueño, y porque me pican los sabañones. Me rasco. Me rasco. Cada vez me pican más. Me quito los calcetines y pongo los pies en el suelo para que se me enfríen y dejen de picarme. Madre me riñe. Empujo al Daniel porque se mete conmigo y lloro. La María busca otro trozo de papel y me lo da.
- Vamos a jugar a la madre abadesa- me dice.
Yo dejo de llorar, pongo el papel sobre las brasas y, cuando está encendido, lo dejo en la ceniza. Mientras se quema, pequeñas luces como hormigas rojas se mueven sobre el papel y desaparecen.
-¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! ¡Todas las monjas se van a acostar y la madre abadesa se queda a cerrar! – cantamos, hasta que en el papel, ya negro, queda una sola chispita de luz. ¡La madre abadesa!
No puedo más. ¡Cuánto me pesan los ojos! El viento suena cada vez más lejos y la lumbre se esconde tras la niebla. Madre me coge en brazos y me lleva a la cama.
-¡Un rin…con…ci…to pa San An…drés. Un rin…con…ci…tooo…!
29/05/2004 00:16 Enlace permanente. Tema: Retazos Hay 1 comentario.

30/05/2004

Pan

Arado, yunta, surcos, fragante tierra,
sementera de otoño, apuesta incierta.
¡Nieve de enero!
Liviano edredón blanco sobre la tierra,
campesinos soñando ricas cosechas.
Arcoiris en los cielos, lluvias de abril,
el llano todo verde, sobre los cerros, gris.
Cruz de mayo bendita, campos en flor,
amapolas y espigas, hisopo y oración.
Vasto mar de Castilla, levanta el cierzo
ondas de verde espuma de entre tu seno.
Negra nube de junio, traidora piedra,
ojos mirando al cielo, rezo y blasfemia.
Sudor de segadores, rostros curtidos,
rechinar de carretas, rodar de trillos.
Redonda y ruda piedra que en el molino
convierte en blanca harina los rubios trigos.
Manos de panadero en las madrugadas
masarán con la harina tiernas hogazas.
Hambre de niño pobre de la posguerra,
súplica de mendigo junto a mi puerta.
Cuerpo del Hombre Dios que se me entrega
en prenda de otra vida imperecedera.
Éstas, y mil esencias que yo dijera
llevas, PAN, enredadas entre tus letras.
30/05/2004 23:19 Enlace permanente. Tema: Poesía No hay comentarios. Comentar.

31/05/2004

Cinco minutos

-¿Qué son cinco minutos, papá?, pregunta una niña de unos seis años en la sala de espera del oftalmólogo. Le han aplicado unas gotas en los ojos. Es abierta, curiosa, va y viene por el pasillo desde la sala hasta la puerta de entrada. Me imagino que ésa ha sido la respuesta que le ha dado la enfermera a su pregunta sobre cuánto tiempo tiene que esperar.
-Cinco minutos es casi nada- le contesta su padre.
Cinco minutos pueden parecer una eternidad cuando te embarga el dolor, o cuando estás a la espera de una palabra esperanzadora que alivie el peso que soportas sobre tus hombros. Y, sin embargo… cinco minutos son poco menos que un suspiro cuando se trata del disfrute de un placer, todavía menos que eso si son los últimos para gozar de la presencia de la persona amada. ¿Quién ha dicho que el reloj es el instrumento preciso para medir el tiempo? Parece que sus mecanismos internos tuviesen vida propia para estirar o encoger ladinamente a su capricho esta misteriosa magnitud.




El alma al aire

¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.

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