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El síndrome de Diógenes En un par de ocasiones en el corto espacio de tiempo de dos semanas, me he tropezado en el periódico con artículos relacionados con el síndrome de Diógenes. ¿Diógenes? ¡Ah, sí!- me dije la primera vez. El tipo aquel que vivía en un barril. Era lo que recordaba de mis tiempos de estudiante. Hoy he sentido curiosidad y me he metido en internet para buscar información. El tal Diógenes fue un sujeto que rompió todos los esquemas de su época. Nacido en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 antes de Cristo, escandalizó a sus paisanos con su manera de vivir. Dormía en la calle o bajo alguno de los pórticos. Mostraba un desprecio total por las normas sociales: comía carne cruda, hacía sus necesidades y practicaba el sexo en la vía pública, defendía el incesto y el canibalismo… Cuentan que en cierta ocasión, el mismísimo Alejandro Magno se le acercó y le preguntó: “¿Hay algo que pueda hacer por ti?” A lo cual Diógenes le contestó: “Sí. Córrete que me tapas el sol” ¡Todo un fichaje el tal Diógenes! En 1975, un trabajo científico basado en la observación de casos repetidos de personas de edad que vivían recluidas en su casa rehuyendo el contacto con otras personas, y con mínimas condiciones de higiene, fue bautizado con el nombre de Síndrome de Diógenes. Quienes lo sufren pueden llegar a acumular grandes cantidades de basura en sus domicilios y vivir voluntariamente en condiciones de pobreza extrema. Con frecuencia guardan importantes cantidades de dinero en casa o en el banco sin tener conciencia de que lo poseen, por el contrario se consideran pobres, lo que les induce a ahorrar sin descanso. Su manía de guardar artículos sin ninguna utilidad, incluidos productos alimenticios de fácil descomposición que producen malos olores, provoca las protestas de los que viven a su alrededor. Aunque no fuera capaz de etiquetarlos con ese nombre, yo he conocido al menos tres casos de personas afectadas por ese mal. El primero fue el de una vecina de la casa a la que fuimos a vivir cuando por motivos del cambio de trabajo de mi padre dejamos el pueblo. Mi madre se quedó boquiabierta en cierta ocasión en que, por motivos que ahora no vienen al caso, entró en su piso. Un piso de los de antes, enorme, con las habitaciones repletas hasta el techo de todo lo que uno sea capaz de imaginar: cajas y cajas de cartón, latas vacías, plásticos, baldosas, cuerdas. La mujer no se sentía bien si cada vez que volvía de la calle no traía alguna cosa. Era una persona de mas edad que mis padres. Vivía sola, con la única compañía de un periquito al que amaestró para que aprendiese a hablar y para que le diese besitos en los labios. Todavía recuerdo algunas de las frases que pronunciaba el animal: ¡Carmen, Carmencita, te quiero, te quiero mucho!- repetía una y otra vez. O esta otra: ¡Cuidadín, cuidadín! ¡No me toques el rabín, porque soy un machotín! Yo, con mis doce o trece años, miraba al animal y a su dueña con asombro, como se mira lo que nos resulta extravagante. Cuando la mujer tuvo que cambiar de domicilio como consecuencia de la venta de la casa por parte de los dueños, resultó todo un espectáculo para el vecindario de la calle contemplar el continuo subir y bajar de los operarios de la empresa de mudanzas, que no terminaban nunca de desalojar la vivienda. Y más recientemente, nos tocó vivirlo más de cerca en las personas de dos parientes de mi marido a las que todos considerábamos pobres de solemnidad. A las que en muchas ocasiones se les regalaban diversos productos, tales como alimentos, jabón, o el dinero para comprar los billetes de vuelta del autobús tras su visita, porque daban lástima, y que al abandonar este mundo nos dieron una gran sorpresa. Y ya, para acabar este larguísimo post, confieso que hay un punto en el que envidio a aquel gran demonio de Diógenes. Envidio su libertad. Su capacidad de desplazarse sin cargas ni ataduras. La mayoría de nosotros, con el paso de los años, vamos acumulando cosas que consideramos valiosas y de las que nos cuesta mucho desprendernos. Hago desde hoy el firme propósito de ir aligerando mi equipaje, conservando únicamente aquellas pocas que realmente tienen valor. Si, bien mirado, al final, en nuestro último viaje, no se nos permitirá llevar maletas. Únicamente podremos portar en nuestras manos todo el amor que supimos dar. 01/05/2005 20:14 Comentarios » Ir a formulario
Hola Toria :)
Le saludo esperando que este bien. Me he entretenido leyèndo su post, me ha parecido interesante ¿sabe? en México hay mucha gente así, ahora mismo cerca de casa hay una señora que tendrá unos 80 años, es una persona llena de riquezas materiales, pero vive como una pordiosera :( de que le ha servido guardar todo su dinero? y guardar tanta "porqueria" vive entre la basura y desperdicios... Hays Toria, ciertamente cuándo nos mueramos no llevaremos nada, absolutamente nada, nos iremos como cuándo hemos nacido. Tiene usted razón lo ùnico que se ira con nosotros será el cariño de nuestros seres queridos y así mismo nos recordaran por las buenas obras :) Gracias, por hacerme pensar. Un beso grande y saludos! ;o) Fecha: 05/05/2005 05:23. |
El alma al aire¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.
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