Perdida en la ciudad

Hoy he ido a la ciudad. El motivo de mi viaje era asistir a una charla sobre los cuidados a los enfermos de ELA, la enfermedad que padece mi marido. Cualquier información sobre este mal devastador puede resultarnos útil.
La reunión estaba fijada para las seis de la tarde en la sede de la Asociación, ubicada desde hace poco tiempo en una zona prácticamente desconocida para mí. Así que ayer pedí a mi hijo que buscara en el plano la situación exacta de la misma y, una vez localizada, estudié las posibles líneas de bus para llegar hasta allí. Hasta me hice un pequeño croquis en una libreta.
Mi autobús ha llegado con retraso a Zaragoza. Rápidamente me he dirigido a la parada más cercana para coger el autobús urbano que me llevara hasta la casa de mi hermana, a la que quiero mucho y siempre que me es posible visito. No he podido estar con ella más que unos minutos. Después he cogido otro autobús hasta las proximidades de la Plaza de España, y desde allí, el tercero me ha dejado en las proximidades de mi lugar de reunión. Al bajar del mismo se me ha ocurrido que quizás en esa zona habría alguna otra línea que me permitiera volver a la estación de autobuses sin necesidad de hacer transbordo.
- ¡Qué bien! – me he dicho al mirar el recorrido de la línea 24. Este autobús me llevará hasta la Avenida Madrid. Y con la tranquilidad de haber dejado el asunto resuelto, he llegado al local.
La reunión ha transcurrido con normalidad, aparte de la impresión que me ha producido ver algunos afectados de ELA en un grado mucho mayor que mi marido. No pensaba que el acto iba a durar tanto. Tras mirar tres o cuatro veces el reloj un poco nerviosa, he llegado a la conclusión de que no podía permanecer allí más tiempo porque corría el riesgo de no poder volver a casa. Así que, tras excusarme ante las personas que daban la charla, he salido pitando hacia la parada. Había anochecido por completo y hacía frío. El autobús tardaba en llegar y yo empezaba a impacientarme. Por fin ha llegado y se ha puesto en marcha. Durante el recorrido, yo iba mirando alternativamente al reloj y a los nombres de las calles. No había ninguna que me resultase conocida. De repente he tenido la clara sensación de que me había perdido. No me gusta ir sola por la noche. La ciudad, amigable y bulliciosa durante el día, al llegar la noche se me antoja fría y hostil. Los viajeros iban bajando, hasta quedar apenas cuatro o cinco. Entonces, he pasado a la parte delantera para hablar con el conductor. ¡Había cogido el autobús en el sentido inverso! Así que lo que en realidad estaba haciendo era alejarme cada vez más de mi destino.
- Tendrá que llegar hasta el final y sacar otro billete para volver. Dentro de unos cuarenta minutos llegará a la Avenida Madrid – me ha dicho.
- ¡Por Dios! ¡Que tengo que coger el autobús para ir a mi pueblo a las ocho y media!
- No llegará. Pruebe a coger un taxi. Tal vez tenga suerte.
El pánico iba apoderándose de mí. Me veía caminando por calles desconocidas, no pasaba un mal taxi y el tiempo corría de forma despiadada.
- ¡Un taxi! ¡Un taxi! ¡Por fin!
He dado la dirección al taxista con escasas esperanzas de llegar a tiempo. Hemos cruzado media ciudad. Parecía que todos los semáforos se hubiesen puesto de acuerdo para prohibirnos el paso.
- ¡No llego! ¡No llego! – me decía mientras preparaba el dinero, intentando ganar tiempo.
El taxi ha parado casi enfrente de la estación, junto al paso de peatones. ¡Allí estaba el autobús, a punto de arrancar! He corrido como hace tiempo que no lo hacía, hasta llegar a la meta con la respiración agitada.
¡Viva! ¡Lo he conseguido!
¡Qué bien me encuentro ahora! Confortablemente sentada detrás del conductor, bien caliente, escuchando la conversación de los viajeros más próximos, recuperada mi tranquilidad y camino de casa. ¡Hogar! ¡Dulce hogar!










