El invierno

Ya hemos estrenado oficialmente el invierno. ¡Y de qué manera! Esta mañana me sentía especialmente perezosa; ahora ya sé la razón. De pie junto a la ventana del salón, con el radiador irradiando su agradable calor sobre mis piernas, contemplo sin prisa el paisaje familiar. Los tejados, los techos de los coches, el césped del jardín vecino, aparecen cubiertos por una copiosa escarcha, propiamente como si de una nevada se tratara.
No me gusta el invierno. Sí que guardo bonitos recuerdos sobre el mismo, principalmente de mis años de infancia. Las llamas, lamiendo con sus lenguas rojas los troncos del hogar, las reuniones familiares con motivo de la matanza del cerdo, la alegría producida por los humildes regalos en la noche de Reyes, el olor de las castañas asadas, las copiosas nevadas con sus incruentas batallas de proyectiles del blanco y frío material, mis desplazamientos a la escuela montada a corderetas sobre mis hermanos con mis pequeños pies convertidos en un inmenso sabañón, los carámbanos arrancados de los tejados y convertidos en transparentes polos… Y, ya más próximo, hace sólo unos pocos inviernos, el descubrir la maravilla de las cumbres nevadas del Pirineo en nuestros viajes a Toulouse para visitar a mi hermano tras su accidente. ¡Gran Dios! ¡Cómo vibraban las fibras del alma ante tanta belleza!
Pero con todo, creo que mi balance personal sobre esta estación es negativo. Eso de tener que llevar más capas que una cebolla, y andar todo el día encogida como un pollo mantudo, como solía decir mi madre… Yo ya estoy suspirando por la hermosa primavera. ¡Que llegará! ¡Claro que sí! Pasa tan deprisa el tiempo… Y un buen día, casi de improviso, la blanca y atrevida flor de los almendros nos anunciará su llegada. Será luego la brizna de hierba tierna en el camino, y el perfume del aire, y el calor de nuestro propio corazón…










