Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.
¡Hibernando!

Aquí estoy de nuevo tras un periodo de hibernación.
Justamente el día en el que escribí mi último artículo del blog, mientras observaba con satisfacción cómo había batido mi humilde record de visitas a mi página (una minucia, si se comparan con las que tiene "La mujer gorda" de Hernán Casciari, ganador del premio The BOBs 2005) de repente se oscureció la pantalla de mi portátil y apareció el logotipo de Windows con este amenazante aviso: "Ordenador hibernando", o algo así, mientras iba llenándose con rapidez la barra rectangular que lo acompañaba, hasta que…¡Se apagó el ordenador!
-¡Caramba!- me dije- yo pensaba que eso de hibernar era cosa de osos.
Mi cara debía de ser todo un poema. Tras varios intentos fallidos de ponerlo en marcha llegué a la conclusión de que los virus eran los culpables del desaguisado. ¡Malditos bichejos…! Y, como quiera que el ordenador familiar también se encontraba ciego y mudo por parecidas razones, desde aquel día he estado alejada del mundo de internet, a la espera de la instalación de la línea de ADSL, con el antivirus incorporado que permitiera sacar nuestros ordenadores de la enfermería.
He de confesar que he padecido el mono. Pero de una forma tolerable, todo hay que decirlo. Entretanto he podido dedicar mi tiempo libre a escribir, a leer, a la filatelia, al sudoku… ¡Y el tiempo pasa que vuela! Necesitaría que los días se estirasen. ¡Por Dios, que me resultan cortos!
¿Sabéis cómo salió mi ordenador de su hibernación? ¡No tenía virus! Casi por casualidad descubrí que la causa de la misma había sido la falta de carga de su batería. ¡Ja, ja, ja! Las cosas que nos ocurren a los principiantes.
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Sobre el maltrato femenino

Se llama Mónica y es rumana. Como otros muchos miles de compatriotas ella y su marido vinieron a España hace unos años con la ilusión de forjarse una vida mejor. Los comienzos fueron duros. Distinto idioma, distintas costumbres, trabajos mal remunerados, dificultad para encontrar una vivienda digna y, sobre todo, el dolor de haber tenido que dejar en su país a su hijo, al cuidado de los abuelos. Algún tiempo más tarde les nació otro hijo. Poco a poco las cosas fueron mejorando y al fin consiguieron la reagrupación, familiar y un buen grado de integración en el pueblo.
Hoy Mónica está destrozada. El pasado fin de semana, casi por casualidad, leyendo las noticias de su país a través de la página web de un periódico rumano, se toparon con la noticia de que sus padres y una hermana habían resultado heridos por arma de fuego. Todavía no sabe a ciencia cierta el estado de gravedad de sus familiares, pero se teme que la realidad supere lo que alguien le ha contado a través del teléfono. Su hermana había iniciado los trámites para su separación, y el marido, un antiguo militar, amparándose en la fuerza que conceden las pistolas, ha querido evitarlo. Casi ha convertido a su exmujer en un colador y no ha tenido ningún reparo en disparar contra los que se pusieron por el medio para evitarlo.
Hasta aquí lo ocurrido en este caso concreto. Pero esto no sólo ocurre en Rumania. También en España el maltrato a la mujer se ha convertido en un problema grave. Raro es el día en el que no nos llegan noticias de mujeres agredidas, con resultados de importantes lesiones, e incluso de muerte. ¿Qué explicación se puede dar a este fenómeno?
Son demasiados los hombres que confunden el amor con el derecho de propiedad y el sometimiento. Y eso poco tiene que ver con el amor. ¡Ojalá que el amor durase para siempre! Pero muchas veces no es así. Si llega el momento en que el amor se acaba, el hombre no puede utilizar la fuerza para retener a su pareja.
Quizás este fenómeno sea en el fondo un problema de educación que arrastramos desde hace muchos años. Deberíamos preocuparnos seriamente de que los niños, desde bien pequeños, aprendieran que hombres y mujeres somos iguales y que el amor es un don que se da y se recibe desde la libertad y el respeto hacia el otro. ¡Jamás desde la imposición y la violencia! Expresiones como: "Tú harás lo que yo te diga" "Haré contigo lo que quiera" "Serás mía o de nadie" y otras parecidas, deberían desaparecer para siempre de la faz de la Tierra.
¡Feliz aniversario, amor!

El 16 de diciembre es una fecha muy especial para nosotros. Tal día como hoy, hace treinta y siete años, ante los invitados a nuestra boda proclamamos nuestro compromiso de vivir unidos: "…en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, todos los días de nuestra vida".
En estos tiempos que nos ha tocado vivir, en los que las relaciones personales son a menudo de usar y tirar como los clines, la permanencia de la relación en pareja durante todos esos años ya es por sí misma un acontecimiento para celebrar.
¡Hay mucho que celebrar, sí! Nuestro amor, nuestros hijos, la vida. Esa vida que va quedándose a jirones por el camino como guedejas de lana entre los matorrales. El año pasado en esta misma fecha manifestaba mis miedos de no poder celebrarlo más. ¡Y aquí estamos! Hemos sobrevivido a una angina de pecho. La silla de ruedas ha venido a formar parte de nuestra vida diaria. Tú, amor, tan valiente para afrontar la enfermedad, vas convirtiéndote día a día en un niño confiado e indefenso que depende cada vez más de nuestro cuidado y afecto.
Poco pensábamos aquel día 16 de diciembre ya lejano en las cosas malas que nos tendría reservadas la vida. Sólo había amor e ilusión. Pero la vida es así. Ahora lo sabemos. ¡Feliz aniversario, amor!
El mundo del dolor

Podría decirse que el día de nuestro nacimiento alguien se encarga de agitar el banderín de salida, y cada uno de nosotros se pone en marcha para hacer el recorrido, largo o corto, del camino de nuestra vida, el que a cada cual nos ha reservado el destino. Y van pasando los años de la infancia, que se nos antojan tan largos. Luego enfilamos el tramo de la juventud donde todo son energía y expectativas, de forma que a punto estamos de comernos el mundo, o al menos eso nos parece. Llegan después los años de la madurez, en los que los días corren deprisa, deprisa… para llevarnos inexorablemente a la vejez - si llegamos, claro - con sus limitaciones y achaques.
Y mientras recorremos este camino, de cuando en cuando vamos topándonos con la enfermedad, ya sea propia o ajena. Y entonces descubres con asombro un mundo nuevo, el mundo del dolor. ¿Quién no se ha topado con él con motivo de la enfermedad de un ser querido o de algún familiar o durante una visita al hospital? La riqueza, el poder, la ambición, la fuerza, el orgullo… todas esas cosas que hacen que el hombre se muestre ante sus semejantes hinchado como un pavo real, se tornan nada cuando llega el momento del dolor. Entonces el ser humano es tan solo un niño indefenso, necesitado sobre todo de afecto y de cuidados.
Hoy he acompañado a mi marido al hospital para una de sus revisiones periódicas. Como siempre que voy allí algo se me remueve por dentro y vuelvo a casa en estado de reflexión, rumiando estos pensamientos que he plasmado sobre el papel, y algunos otros que se me han quedado en el tintero. Quiero terminar estas líneas con esta frase, tan verdadera. Sólo el amor que pongamos en nuestra vida hace que ésta merezca la pena vivirse.
El invierno

Ya hemos estrenado oficialmente el invierno. ¡Y de qué manera! Esta mañana me sentía especialmente perezosa; ahora ya sé la razón. De pie junto a la ventana del salón, con el radiador irradiando su agradable calor sobre mis piernas, contemplo sin prisa el paisaje familiar. Los tejados, los techos de los coches, el césped del jardín vecino, aparecen cubiertos por una copiosa escarcha, propiamente como si de una nevada se tratara.
No me gusta el invierno. Sí que guardo bonitos recuerdos sobre el mismo, principalmente de mis años de infancia. Las llamas, lamiendo con sus lenguas rojas los troncos del hogar, las reuniones familiares con motivo de la matanza del cerdo, la alegría producida por los humildes regalos en la noche de Reyes, el olor de las castañas asadas, las copiosas nevadas con sus incruentas batallas de proyectiles del blanco y frío material, mis desplazamientos a la escuela montada a corderetas sobre mis hermanos con mis pequeños pies convertidos en un inmenso sabañón, los carámbanos arrancados de los tejados y convertidos en transparentes polos… Y, ya más próximo, hace sólo unos pocos inviernos, el descubrir la maravilla de las cumbres nevadas del Pirineo en nuestros viajes a Toulouse para visitar a mi hermano tras su accidente. ¡Gran Dios! ¡Cómo vibraban las fibras del alma ante tanta belleza!
Pero con todo, creo que mi balance personal sobre esta estación es negativo. Eso de tener que llevar más capas que una cebolla, y andar todo el día encogida como un pollo mantudo, como solía decir mi madre… Yo ya estoy suspirando por la hermosa primavera. ¡Que llegará! ¡Claro que sí! Pasa tan deprisa el tiempo… Y un buen día, casi de improviso, la blanca y atrevida flor de los almendros nos anunciará su llegada. Será luego la brizna de hierba tierna en el camino, y el perfume del aire, y el calor de nuestro propio corazón…
No nos hemos vuelto ricos

¡Otro año que no nos hemos vuelto ricos! ¡Qué se le va a hacer! ¡Otro año será! ¡Salud que tengamos! Éstas y otras expresiones parecidas han sido dichas o escuchadas por el personal tras el sorteo de la lotería de Navidad.
Es verdad que los juegos de azar están a nuestro alcance todos los días de la semana: las quinielas, la bonoloto, la primitiva, el cupón de la Once, el combo, el sorteo de los euromillones, el bingo, los juegos de Casino… amén de aquellos otros que haya dejado de nombrar, que los habrá, seguro. Pero ninguno como la lotería de Navidad. Hay que reconocer que se trata de un acontecimiento social. Con una gran anticipación - tanto que yo ya compré mi primera participación este verano- toda clase de entidades y asociaciones de todo género: cofradías, comisiones de festejos, clubes deportivos, comercios de todos los ramos, pescaderías, panaderías, tiendas de ultramarinos, carnicerías, floristerías… ponen a la venta, o te lo ofrecen directamente, el número que va a sacarnos de las estrecheces económicas y va a introducirnos directamente en el selecto club de los potentados. Pero la suerte es esquiva y se deja querer. Este año he podido estar en casa mientras se transmitía el sorteo. Me gusta escuchar el sonido de las bolas entrechocándose dentro de los bombos y la cantinela de los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso: ¡Ciento cuarenta y tres mil veinteee! ¡Mil eurooos! Y así, uno tras otro hasta que acaban de cantar los números, que tienen la virtud de llenar de alegría a unos pocos y dan - qué remedio- la conformidad forzosa a todos los demás. Y al escucharlos, mis recuerdos me conducen a mi infancia, cuando al salir de la escuela mis hermanos y yo íbamos a buscar a mi madre a casa de la tia Julia, la vecina. Allí estaba con otras mujeres más, escuchando el sorteo en la vieja radio, con la esperanza de que la suerte nos dejara un pellizquito en la pequeña participación que había comprado al cartero del pueblo. ¡Ciento cuarenta y tres mil veinteee! ¡Diez mil pesetaaas! No sé, quizás sea una rareza, pero a mí me parece que la terminación con la palabra pesetaaas dotaba a la frase de más sonoridad. Aunque, por supuesto que si me hubiese tocado el premio, no les hubiese hecho ascos a los euros.
¡Feliz Navidad!

¡Vaya tinglado que hemos montado los hombres con tu venida, Señor! Tú nos conoces bien. Sabes que casi todo lo que tocan nuestras manos, lo más hermoso y limpio, se estropea. ¡Hasta tu Navidad!
¡Navidad! Esa palabra que llega cada diciembre hasta nosotros envuelta en luces de colores y brillante espumillón, mariscos y champán, regalos caros y ropas elegantes. Esa palabra con la que golpean machaconamente nuestros oídos: ¡Coma, beba, compre, regale …goce Vd., porque es Navidad!
¡Navidad! La hermosa palabra que hemos vaciado de contenido para convertirla en un pobre sucedáneo, hasta casi llegar a olvidar lo esencial. Que nuestro Dios se hace Niño en la pobreza de un corral destartalado para gritar a cada hombre: ¡Alégrate, tú que te sientes necesitado, porque tu Dios te ama y desde hoy es posible la esperanza!
¡Feliz Navidad, amigos!
¡Bravo por Araceli y Fernando!

Todos los días de lunes a viernes, a las tres de la tarde, Radio Nacional de España transmite el programa Clásicos Populares, uno de mis preferidos.
Ayer, al comienzo del mismo, sus presentadores nos comunicaron que el programa se estaba transmitiendo a la vez por uno de los nuevos canales de televisión, en periodo de pruebas. Y a continuación dieron las instrucciones que había que seguir para poder sintonizarlo, bien a través del Canal Digital quien lo tuviera, o en la televisión normal. Había que darle a la tecla menú, escoger la opción de sincronización automática, etc, etc… y al final ir pasando hasta llegar al 49, en donde podríamos ver el programa en directo. Entretanto iban llamando por teléfono algunos oyentes. Una señora se hacía lenguas de lo guapa que estaba Araceli González-Campa, con su vestido verde, tan favorecedor. Otro comentaba el aspecto de Fernando Argenta, que aparecía distinto, con una sombra oscura en la cabeza (por culpa del maquillaje, según explicaba el interesado). El programa iba transcurriendo con su música deliciosa, como de costumbre; incluso escuchamos el apartado "Pro lluvias" durante el cual una cantante desafinaba con ganas interpretando un fragmento de ópera, con unos gorgoritos tales que una no podía por menos que soltar la carcajada. Y entonces, Araceli y Fernando ofrecieron a los televidentes la posibilidad de participar en los concursos habituales del programa, con la posibilidad de ganar ¡un magnífico televisor, primero, y un coche después!
-¡Caramba! ¡ Qué premios! Esto no tiene nada que ver con los premios normales del programa: unos discos, o un viaje para dos personas a Canarias o a San Sebastián para asistir al Festival de Música (que ya son buenos premios…)
Para entonces estaba yo ya con un puntito de excitación. No porque sintiese envidia o me sintiese discriminada, puesto que no participo en los concursos porque no soy una persona demasiado preparada en música clásica -aunque me encanta-, sino porque deseaba ver en directo a los presentadores, especialmente a Araceli, ya que a Fernando lo he visto a menudo en el programa El Conciertazo de la 2.
- No sé, no sé -me decía a mí misma - a ver si tanto premio y tanta publicidad van a servir para quitarle calidad al programa…
Entretanto, andaba muy atareada manipulando el mando de la televisión, intentando encontrar el susodicho canal, mientras mi marido, que estaba viendo el telediario, me miraba con cara de resignación.
¡Sólo logré que las cadenas desaparecieran de su lugar habitual! Pero no sólo me ocurrió a mí. Más de un oyente llamó, con signos de nerviosismo en la voz, contando sus vicisitudes para encontrar el dichoso canal. Y, entre tanto movimiento, en un plís plás se hicieron las cuatro.
Esta tarde, al llegar las tres, mientras empezaba el programa, he enfilado hacia el cuarto de estar para encender la tele, con el convencimiento de que hoy sí iba a ver el programa, (porque ya me encargué yo ayer de que mi hijo siguiera las instrucciones al pie de la letra para dejar todo a punto) cuando las primeras palabras de Araceli y Fernando, acompañadas de sus risas contagiosas, me han hecho caer en la cuenta de que habíamos sido víctimas de una inocentada. ¡Muy buena por cierto! ¡Ja,ja ja! Todavía me sigo riendo!








