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01/05/2005

El síndrome de Diógenes

4237n010[1].jpegEn un par de ocasiones en el corto espacio de tiempo de dos semanas, me he tropezado en el periódico con artículos relacionados con el síndrome de Diógenes. ¿Diógenes? ¡Ah, sí!- me dije la primera vez. El tipo aquel que vivía en un barril. Era lo que recordaba de mis tiempos de estudiante. Hoy he sentido curiosidad y me he metido en internet para buscar información.
El tal Diógenes fue un sujeto que rompió todos los esquemas de su época. Nacido en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 antes de Cristo, escandalizó a sus paisanos con su manera de vivir. Dormía en la calle o bajo alguno de los pórticos. Mostraba un desprecio total por las normas sociales: comía carne cruda, hacía sus necesidades y practicaba el sexo en la vía pública, defendía el incesto y el canibalismo… Cuentan que en cierta ocasión, el mismísimo Alejandro Magno se le acercó y le preguntó: “¿Hay algo que pueda hacer por ti?” A lo cual Diógenes le contestó: “Sí. Córrete que me tapas el sol”
¡Todo un fichaje el tal Diógenes!
En 1975, un trabajo científico basado en la observación de casos repetidos de personas de edad que vivían recluidas en su casa rehuyendo el contacto con otras personas, y con mínimas condiciones de higiene, fue bautizado con el nombre de Síndrome de Diógenes. Quienes lo sufren pueden llegar a acumular grandes cantidades de basura en sus domicilios y vivir voluntariamente en condiciones de pobreza extrema. Con frecuencia guardan importantes cantidades de dinero en casa o en el banco sin tener conciencia de que lo poseen, por el contrario se consideran pobres, lo que les induce a ahorrar sin descanso. Su manía de guardar artículos sin ninguna utilidad, incluidos productos alimenticios de fácil descomposición que producen malos olores, provoca las protestas de los que viven a su alrededor.
Aunque no fuera capaz de etiquetarlos con ese nombre, yo he conocido al menos tres casos de personas afectadas por ese mal. El primero fue el de una vecina de la casa a la que fuimos a vivir cuando por motivos del cambio de trabajo de mi padre dejamos el pueblo. Mi madre se quedó boquiabierta en cierta ocasión en que, por motivos que ahora no vienen al caso, entró en su piso. Un piso de los de antes, enorme, con las habitaciones repletas hasta el techo de todo lo que uno sea capaz de imaginar: cajas y cajas de cartón, latas vacías, plásticos, baldosas, cuerdas. La mujer no se sentía bien si cada vez que volvía de la calle no traía alguna cosa. Era una persona de mas edad que mis padres. Vivía sola, con la única compañía de un periquito al que amaestró para que aprendiese a hablar y para que le diese besitos en los labios. Todavía recuerdo algunas de las frases que pronunciaba el animal: ¡Carmen, Carmencita, te quiero, te quiero mucho!- repetía una y otra vez. O esta otra: ¡Cuidadín, cuidadín! ¡No me toques el rabín, porque soy un machotín! Yo, con mis doce o trece años, miraba al animal y a su dueña con asombro, como se mira lo que nos resulta extravagante. Cuando la mujer tuvo que cambiar de domicilio como consecuencia de la venta de la casa por parte de los dueños, resultó todo un espectáculo para el vecindario de la calle contemplar el continuo subir y bajar de los operarios de la empresa de mudanzas, que no terminaban nunca de desalojar la vivienda.
Y más recientemente, nos tocó vivirlo más de cerca en las personas de dos parientes de mi marido a las que todos considerábamos pobres de solemnidad. A las que en muchas ocasiones se les regalaban diversos productos, tales como alimentos, jabón, o el dinero para comprar los billetes de vuelta del autobús tras su visita, porque daban lástima, y que al abandonar este mundo nos dieron una gran sorpresa.
Y ya, para acabar este larguísimo post, confieso que hay un punto en el que envidio a aquel gran demonio de Diógenes. Envidio su libertad. Su capacidad de desplazarse sin cargas ni ataduras. La mayoría de nosotros, con el paso de los años, vamos acumulando cosas que consideramos valiosas y de las que nos cuesta mucho desprendernos. Hago desde hoy el firme propósito de ir aligerando mi equipaje, conservando únicamente aquellas pocas que realmente tienen valor. Si, bien mirado, al final, en nuestro último viaje, no se nos permitirá llevar maletas. Únicamente podremos portar en nuestras manos todo el amor que supimos dar.
01/05/2005 20:14 Enlace permanente. Tema: Retazos Hay 1 comentario.

08/05/2005

¡Alerta roja, medicinas que matan!

89051_CONTENT_medicamentos[1].jpegAcabo de leer un artículo de una revista, que ha conseguido ponerme los pelos de punta. Bajo el título de Fármacos bajo sospecha, se lanzan al aire desde él estos interrogantes: ¿Podemos confiar en las medicinas de última generación? ¿Cómo afecta a nuestra salud la carrera por la novedad y los beneficios de la industria farmacéutica? –Y añade - El caso Vioxx“ha puesto al descubierto demasiados interrogantes hasta ahora silenciados. Son muchos los intereses en juego. Pero también los muertos.
Por lo que he podido entender, se trata de un antiinflamatorio que ha sido retirado del mercado tras demostrarse que su administración a los pacientes duplica en éstos el riesgo de ictus e infarto. Según el responsable de Farmacología Clínica del hospital Vall deHebrón de Barcelona, el Vioxx ha producido más víctimas que el tsunami: sólo en Estados Unidos, se calcula que ha causado entre 80.000 y 140.000 infartos de miocardio. En este mes de mayo Merkla compañía que lo comercializó, se enfrenta a 1.357 demandas, en el que se considera va a ser el juicio del siglo contra una compañía farmacéutica. Y éste, es sólo un ejemplo. Se habla de otros cuantos medicamentos: antiinflamatorios, contra el colesterol, para perder peso, antidepresivos, de tratamiento sustitutivo hormonal, para la hipertensión…que han sido retirados o que se encuentran bajo sospecha.
Creo que todas las personas consideramos la salud como un bien primordial ¿No debería haber un organismo que velase por ella? Sí, ya sé que lo hay. Se trata de la Agencia Europea del Medicamento, pero a la vista de lo que aquí se dice, no sé si puede merecer mucha confianza. Antonio López Andrés, especialista del Servicio de Prestaciones Farmacéuticas del Servicio Navarro de Salud dice: “La investigación y la información farmacológicas están en manos de los laboratorios farmacéuticos debido al patrocinio de los ensayos por parte de la industria, que está infiltrada en todas las organizaciones médicas…” Por otra parte, Marcia Angell, médica y antigua directora ejecutiva del New Journal of Medicine, en su libro “La verdad sobre la industria farmacéutica”, dice que ésta se ha alejado mucho, en las dos últimas décadas, de su noble objetivo original, esto es, el descubrimiento de nuevos fármacos útiles, para transformarse en una máquina de marketing dedicada a vender fármacos de dudosa eficacia.
¡Cuánta sabiduría tenían aquellos viejecitos a los que yo he oído decir: Hija mía, no me he tomado ni una pastilla en mi vida!
A la vista de todo lo anterior una se pregunta si los enfermos no seremos más que pobres cobayas para esas grandes multinacionales a las que parece interesarles más el beneficio rápido que la vida humana. Ya lo decía mi padre: El poder y el dinero no han oído hablar de la palabra conciencia.

16/05/2005

Velando las armas

tirantquixot03[1].jpegTrayendo a cuento a Don Quijote, una vez más en este cuarto centenario de la publicación del libro, quiero recordar uno de sus primeros episodios, concretamente aquel en el que encontramos al hidalgo Alonso Quijano velando sus armas en el patio de la venta para poder ser nombrado caballero. ¿Qué pensamientos no pasarían por su mente en el transcurso de aquella larga noche?
Salvando todas las distancias, también yo estoy velando mis armas esta noche. Hace muchos años, en este dieciséis que empieza ya a latir, durante las fiestas de San Isidro Labrador, mi madre me dio a luz. Muchos años, sí. Sesenta años. El hecho de estrenar decenio, cuando sabes que ya apuraste más de la mitad, se presta a muy sesudas reflexiones. Y ahora que la filosofía se encuentra en horas bajas - en estos días precisamente se están haciendo públicas las protestas de muchos intelectuales porque esta disciplina está siendo relegada de los planes de estudios – ahora, digo, yo he sentido la necesidad de filosofar desde mi experiencia, sobre el pasado, el presente y el futuro de la vida. He pensado tantas cosas, tantas…, que si las pusiera por escrito correría el riesgo de espantar a mis lectores. No pienso hacerlo. Simplemente apuntaré algunas de ellas: En primer lugar, constatar la levedad de la vida y del tiempo. Como dijo Jorge Manrique en sus coplas: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida…” Se pasa tan deprisa…
Y ante mí pasan como brillantes fogonazos mis juegos de niña, mis ilusiones de juventud, mi familia, mis amigos, mi trabajo, la alegría y el dolor, lo que se fue quedando en la cuneta al paso de los años, los sueños incumplidos, los proyectos inacabados, toda la gente que se fue… Y está el hoy, con la jubilación al alcance de la mano. Y el mañana, con tantos interrogantes abiertos, con la enfermedad y la muerte planeando como buitres carroñeros sobre nuestras cabezas …
Pero una cosa sé con certeza. Que estoy dispuesta a saborear a fondo la copa de la vida, en el convencimiento de que el toque amargo es lo que hace posible saborear todo lo dulce y hermoso de la existencia.

21/05/2005

La bondad del corazón

photo_ruisenor_lrg[1].jpeg¿Habéis visto alguna vez un ruiseñor? Nada en su aspecto físico llama la atención. La naturaleza no lo dotó de un colorido brillante ni del aspecto majestuoso de otras aves. Sólo parece un pájaro más. Menudo, de color pardo, tímido y melancólico, procura pasar desapercibido en lo más oculto de la maleza. Pero en la primavera, cuando la sangre le bulle en el interior y el instinto le urge a perpetuar la especie, este pequeño pájaro convierte las noches de mayo en una borrachera de dulces arpegios.
En cierta ocasión hace ya bastantes años, mientras velábamos la agonía de mi suegro en su lecho familiar, con los balcones abiertos a la noche, en esas largas horas de vigilia, la huerta cercana se convirtió en un inmenso órgano. Incontables gargantas lanzando al aire sus hermosos trinos hasta el amanecer. No he podido olvidarlo. Año tras año, al llegar estas fechas me vuelve el recuerdo y la nostalgia.
También hay personas parecidas al ruiseñor. Personas sencillas y afables, personas que no intentan llamar la atención. Pero si un día tienes la suerte de pasar a su lado pronto descubrirás que brota de su corazón una hermosa melodía.

26/05/2005

Amarga miel

favo[1].jpegEsta reflexión ha nacido de la lectura de una reciente noticia del periódico. Un apicultor tuvo que ser ingresado en el hospital en estado grave a causa de las numerosas picaduras producidas por un enjambre de enfurecidas abejas. No se facilitan más noticias sobre el suceso. No podemos saber si el accidente se produjo como consecuencia de una imprudencia al manipular la colmena, lo cual parece raro en un apicultor experimentado, o simplemente ocurrió que a los animales se les despertó el instinto asesino a la hora de defender el fruto de su trabajo. No ha sido la única vez. Se han dado más casos, incluso con resultados mortales.
El mundo de las abejas no me es del todo extraño. Mi padre, un hombre nacido en los principios del siglo veinte, como otros muchos de su generación, apenas tuvo tiempo de ir a la escuela. Hijo de madre viuda, a sus ocho años tuvo que dejar los libros para ponerse a trabajar de zagalillo a las órdenes de un pastor adulto, y no tardó mucho en tener que hacerse único responsable del rebaño. (Me pregunto cómo cualquiera de nuestros niños de ahora, tan protegidos, tan mimados, o incluso yo misma, hubiésemos podido afrontar tal situación) Bien, a lo que iba. Pese a esas circunstancias, mi padre fue una persona con gran inquietud por aprender. Le gustaba mucho leer y, no pocas veces, destinaba pequeñas cantidades de sus no muy abultados ingresos a la compra de los libros que despertaban su interés. No sé como comenzaría en él la afición por las abejas. Sí que recuerdo que ya siendo yo niña teníamos cuatro o cinco colmenas que él administraba, y además, ayudaba a los sucesivos maestros que venían al pueblo en el cuidado de las colmenas del coto escolar. En varias ocasiones siendo ya mayor, tratando de vencer mi temor hacia estos animales, estuve presente en las tareas de la cata de miel.
Provisto de un grueso mono, guantes, botas y calcetines y una careta enrejillada para permitir la visión, con todas las posibles aberturas cerradas a cal y canto para evitar que las abejas pudiesen colarse en el interior, portando un fuelle humeante, mi padre se acercaba a las colmenas. El humo, con su efecto paralizante sobre las abejas, le permitía abrirlas y extraer los panales repletos de miel, para transportarlos seguidamente en una carretilla hasta la cercana caseta. Allí esperaba yo, observando cómo con una especie de largo cuchillo que aguardaba metido en agua hirviendo, cortaba la capa de cera que protegía la miel depositada en las celdillas de los panales, y a continuación introducía éstos en el extractor, una especie de bidón con unos soportes. Y como consecuencia de la centrifugación a la que eran sometidos, fluía de ellos con facilidad la tibia miel. Todavía conservo en mis labios y en la barbilla aquella sensación dulce y pegajosa del dorado líquido aportado por mis dedos churretosos. Al finalizar todas estas operaciones mi padre había recibido su buena ración de picotazos, cosa que aceptaba siempre con estoicismo, asegurando incluso que, según los entendidos, dichas picaduras resultaban beneficiosas para los dolores reumáticos. Sólo en dos o tres ocasiones nos propinó otros tantos sustos porque el veneno inoculado por las abejas le produjo desvanecimientos. Por suerte sólo se trató de algo pasajero.
No he podido familiarizarme con ellas. Les tengo demasiado miedo. Y la primera tentación que siento al oírlas cerca es ponerme a manotear para apartarlas de mi lado, algo a todas luces contraproducente, pues no se consigue otra cosa que enfurecerlas. En mis frecuentes caminatas por el monte, cuando las hierbas se encuentran en plena floración, suena en el aire un inmenso zumbido que inmediatamente me hace poner en guardia, y pronto descubro, no muy alejada del camino, la larga hilera de colmenas, como si de un interminable tren de mercancías se tratara. PELICRO AVEJAS, avisa el cartel. En mis labios aflora una sonrisa. Lanzo una llamada de atención a mi perro y nos alejamos los dos, camino abajo a paso ligero. Con las abejas, pocas bromas, porque la dulce miel puede tornarse amarga.
26/05/2005 20:25 Enlace permanente. Tema: Retazos Hay 3 comentarios.

31/05/2005

¡Pobre y querida Tierra!

contaminatm[1].jpegLas vacaciones escolares están ya a la vuelta de la esquina. Se huelen en el ambiente. Se dejan ver en las escasa páginas que restan para acabar los textos de las distintas asignaturas, y en esa progresiva desgana para el trabajo que invade a los alumnos, sobre todo a la vuelta del recreo, cuando sudorosos por el ejercicio físico, permanecen quietos y acalorados en sus pupitres, con los ojos un poco perdidos rememorando las últimas jugadas del partido interrumpido por el sonido de la sirena llamando a las filas. Y se nota en esa jornada única que acabamos de estrenar, tan del gusto de los profesores. De vuelta a casa, tras la comida, cuando mi gente desfila camino de la tertulia y el café, sin nadie a quien pueda molestar, subo el tono de mi aparato para escuchar a placer el programa “Clásicos populares” de Radio Nacional. Y entonces todavía se hace más patente la proximidad de las vacaciones, ya que por la hora de emisión del programa, coincidente con mi horario de trabajo, no puedo escucharlo durante el curso escolar.
Me encanta este programa. Gozo con su música, tan acertadamente escogida por sus presentadores que consigue enganchar a los oyentes. Disfruto con las anécdotas divertidas o curiosas sobre los compositores. Me encanta escuchar la risa contagiosa de Araceli. Y las ocurrencias de Fernando Argenta, con su estilo tan especial, me hacen reír. Se me hace corto, la verdad. En el programa de hoy, como consecuencia de algún comentario que surgió ayer, por lo que he podido entender, ha salido el tema de la contaminación ambiental. Y han hablado de un reciente documental emitido esta misma semana en Televisión Española, en el que se ha lanzado una vez más la voz de alarma sobre el suicidio colectivo hacia el que camina la humanidad, y nos han recordado cómo hacemos oídos sordos a las reiteradas llamadas de los expertos para evitar la catástrofe. Nos están diciendo que al paso que vamos, en el plazo de unos treinta años, nos habremos cargado el planeta, de tal manera que no habrá una posible vuelta atrás.
Y yo, que tan apasionadamente amo la naturaleza y disfruto gota a gota los goces que me brinda, no puedo por menos que lanzar hoy al aire mi lamento. ¡Oigan! ¡Ustedes, los políticos! ¡Ustedes que a diario dan la sensación de ser los dueños y señores de la Tierra! ¿No piensan hacer nada para evitarlo? O únicamente se conformarán con lamentarse cuando el fatal desastre no tenga remedio… ¿Qué es lo que les impide actuar? ¿Es sólo la inconsciencia? ¿O serán tal vez esos enormes intereses económicos de las multinacionales del mundo los que paralizan su actuación?
31/05/2005 19:56 Enlace permanente. Tema: Retazos Hay 2 comentarios.




El alma al aire

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