No logro sentir piedad

Se llamaba Slobodan Milosevic, y alguien lo apodó como El carnicero de los Balcanes. Apareció muerto ayer, en la cama de su celda del centro de detención de la ONU en Scheveningen, en La Haya, probablemente por problemas cardíacos. Llevaba ingresado en aquel lugar desde hace unos cinco años para ser juzgado por crímenes de guerra, genocidio y crímenes contra la Humanidad. El exdictador, un día tuvo un sueño. Soñó con una gran patria serbia, y para conseguirla no tuvo inconveniente en masacrar a miles de seres humanos, personas de otras etnias y religiones, a los que él consideraba inferiores y que por tanto no encajaban en su gran proyecto. Su familia hace responsable de su muerte a los jueces del tribunal por no haberle permitido desplazarse a Rusia para recibir tratamiento médico. No dejan de resultar chocantes esas exigencias en una persona que no demostró el menor signo de piedad con sus víctimas.
Su muerte no ha permitido llevar a buen término el juicio humano por sus incontables crímenes. Como creyente, no me cabe la menor duda de que a estas alturas ya habrá sido sometido al juicio justo de Dios.










