Viendo pasar la vida

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He viajado a Zaragoza acompañada de mi hija para acudir a una de las ya casi incontables visitas médicas de esta temporada. Tenía la hora fijada para las ocho menos cuarto de la tarde, pero hemos llegado con bastante tiempo de adelanto porque ella tenía que realizar unas gestiones. Así que nos separamos, tras ponernos de acuerdo para juntarnos en un punto cercano al lugar en donde iba a estar ella.

Yo no tengo mucho que hacer y me entretengo observando una numerosa y original colección de leones de tamaño natural, decorados por distintos pintores. Están colocados en la parte exterior de los soportales del Corte Inglés del Paseo de la Independencia, con motivo del 25 aniversario de la apertura de estos almacenes en la ciudad. Entro en el local para hacer mi acostumbrado recorrido y deleitar mi vista por las secciones de libros y compro dos pequeños ejemplares. Después me dedico a caminar sin prisas paseo arriba hasta llegar al lugar convenido. Sentada en un banco vacío, dejo pasar el tiempo observando el ruidoso y variopinto ir y venir de peatones y vehículos. Tengo el sol de frente y sopla una suave brisa. ¿Qué más podría pedir?

Hay un tráfico intenso. Gentes esperando el autobús, parejas de enamorados que celebran su encuentro con un beso apasionado, grupos de jóvenes alegres, personas solas, con rostros pensativos, preocupados, tristes, indiferentes…cada cual absorbido por sus propios pensamientos. Me pongo a leer uno de los libros recién adquiridos: Historia de una maestra, de Josefina R. Aldecoa. Quizás lo haya comprado por afinidad profesional, aunque sé muy bien que no existen dos vidas iguales. Al rato, se sienta junto a mí una joven mamá. Lleva en el cochecito una pequeña niña con la carita redonda, el pelo muy rubio y unos ojos azules y vivarachos. Dejo de leer y la miro con detenimiento. Me gustan los bebés. Me producen ternura y me entran ganas de tomarlos en mis brazos. (Debe de ser mi condición de abuela algo frustrada por la espera.) La mamá comienza a darle la merienda. Parece una papilla de frutas que la niña va comiendo formalmente con su cuchara blanca. Todo va bien, hasta que de repente comienza a espurrear con sus morritos fruncidos y la papilla se va extendiendo a su alrededor en pequeñas bolitas. La mamá la llama al orden con cierta severidad, pero ella le ha cogido gusto al invento. No puedo evitar sonreír. El sol va escondiéndose tras de los altos tejados. La mamá se marcha con su niña diciéndome educadamente adiós. El tiempo ha pasado sin sentir. Tenemos lo justo para llegar a la cita médica. Acudo convencida de que, como ocurre con las películas proyectadas por capítulos, también aquí el médico me mostrará el famoso cartel diciendo: (CONTINUARÁ)

06/05/2006 18:39

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