Enganchada por la pasión en la final de tenis

No soy persona especialmente interesada por los acontecimientos deportivos. Ocurre a veces que mientras mi familia está reunida para comer, si están retransmitiendo a esa hora alguna carrera de Fórmula Uno, sentada de espaldas al televisor, casi tengo que hacerme invisible en una esquina de la mesa para no entorpecer la visión de mi yerno y de mis hijos, fieles seguidores de Fernando Alonso.
Ayer por la tarde sin embargo me ocurrió algo inesperado. El grupo familiar había aumentado hasta diez personas. Al terminar de comer, las mujeres nos levantamos de la mesa para encargarnos de las tareas domésticas y los hombres ocuparon los sofás, dispuestos a no perderse ni un detalle de la final del famoso torneo de tenis Roland Garros en el que participaba el español Rafael Nadal.
Los comienzos del partido resultaron duros para nuestro representante. El suizo Federer, primer jugador en el ranking mundial de tenis, parecía además contar con el apoyo de la mayor parte de los espectadores, a juzgar por los constantes gritos de ánimo y aplausos que le dedicaban. Cuando todo en la cocina quedó limpio y ordenado, me uní al grupo familiar. Y… al poco rato… ¡Me sorprendí jaleando a nuestro tenista! ¡Gozando con sus triunfos y sufriendo con sus reveses! A veces la balanza parecía nivelarse, para a continuación inclinarse hacia uno u otro jugador. ¡Qué zozobra! Cuando Nadal se tumbó de espaldas sobre la tierra rojiza para celebrar su victoria, un grito unánime de alegría y de orgullo se escapó de nuestras gargantas. Era como si cada uno de nosotros hubiésemos ganado con él.
Alzarse con el triunfo dos años consecutivos en el Roland Garros es considerado una proeza.
¡Enhorabuena, campeón! ¡Eres un monstruo!
Comentarios » Ir a formulario








