Infiltrado en territorio enemigo

Estábamos mi marido y yo viendo la tele en el cuarto de estar. La noche era calurosa, y las puertas y ventanas permanecían abiertas de par en par a la busca y captura de cualquier corriente de aire fresco que pudiera llegar del exterior. De pronto, un ratoncillo cruzó ante nuestros ojos como una exhalación hasta esconderse debajo de un sofá.
- ¡Un ratón! – dije sobresaltada.
Y es que esos pequeños roedores, cuando se instalan en el interior de una vivienda, producen intranquilidad. Nadie ignora los destrozos que pueden ocasionar con sus pequeños y afilados dientes.
Era una cría de ratón. Iba y venía correteando. Lo observaba todo con sus ojillos diminutos, bien tiesas sus orejas y la cola estirada. Cogí una escoba para acabar con el intruso. ¡Pobre de mí! Él tenía demasiados escondites y yo los reflejos muy lentos. Así que nos fuimos a la cama dejando dentro a nuestro inesperado huésped.
Durante todo el día siguiente mantuve abierta la puerta de acceso a la terraza, en una muda invitación que él no quiso o no supo aceptar. Y en prevención a su posible negativa, coloqué distintas porciones de veneno en los lugares estratégicos de la habitación. ¡Ah! Pero no tardé mucho en descubrir que el animal se había trasladado a la cocina. Buscó refugio detrás de los armarios de la cocina colándose por la parte inferior del refrigerador. Allí se sentía seguro, y yo, desarmada frente a él.
Pasó otra noche. Y supe que en el silencio y la oscuridad, había llegado hasta el jamón colocado sobre la encimera.
- ¡Hum! ¡Qué rico botín! – debió de decir para sí.
El veneno permanecía intacto, así que hubo que pensar en métodos más expeditivos. Compramos una pequeña ratonera y colocamos unos pedacitos de tocino y de queso en sus agujeros. Antes de acostarnos, pusimos a buen recaudo cualquier cosa comestible que pudiera quedar a su alcance, y…¡a esperar!
¡Esta mañana el pequeño ratero había caído en la trampa!
Casi he sentido pena por él. No era más que un alocado adolescente que había abandonado la seguridad de la casa paterna en busca de inesperadas aventuras, sin considerar los desconocidos peligros que le acechaban en un mundo hostil.
¡Infeliz ratón que ni siquiera pudiste arrancar el primer mordisco al exquisito queso que te llevó a la muerte!
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Autor: Corazón...
Ya, es que cuando estos roedores nos invaden es tremendamente espantoso, a mi me dan terror (miedo es poco) y sobre todo si logro saber que uno anda dentro del hogar imagino que por la noche se sube a mi cama...anda por mi rostro uisss...que miedo mejor ya no sigo, que sueño pesadilla :-))
Toria, muchas gracias por tus visitas, sé que no tienes mucho tiempo para hacerlo, así que agradezco infinitamente el tiempo que me regalas y dejas tu huella... Siempre es grato encontrarte por mi blog. Deseo que estés bien :)
Besos linda.
;o)
Fecha: 20/06/2006 23:38.








