Un verano muy especial

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El verano va desgranando lentamente sus días como las cuentas de un rosario. El hoy sigue al ayer, ambos parecidos. Dos enfermos en casa no permiten muchas improvisaciones, ni se puede soñar con aventuras extraordinarias. Padre e hijo con sus achaques han transformado nuestra casa en un hospital de campaña.

Las tareas cotidianas de higiene, las curas y los masajes a los enfermos, amén de todas aquellas que conlleva la vida familiar: la cocina, el lavado, la plancha y las limpiezas varias… ocupan nuestro tiempo.

¿Cómo podría yo sola con todo? ¡Ah! Pero mi hermana está ahí todo el día, incansable. Es una bendición que yo agradezco a Dios muchas, muchas veces.

Nuestro día comienza a las siete y media de la mañana. Y es entonces, mientras los hombres duermen, cuando, acompañadas de mi perro Yako, hacemos nuestro recorrido habitual. Subimos por un sendero empinado, con una breve parada en la ermita de San Miguel para implorar el favor del santo para los dos enfermos que llevan su nombre. Luego seguimos durante un buen rato caminando por la pista forestal que bordea el monte hasta enlazar con la estrecha y sinuosa carretera que conduce hasta el pueblo. Yako corretea feliz delante de nosotras transportando en su boca una pesada piedra, sin hacer el menor caso de mis repetidas protestas. Este año resulta difícil descubrir a los corzos. Es posible que las frecuentes lluvias que han hecho brotar la hierba tierna en las laderas les hayan permitido alimentarse sin tener que acercarse a las zonas habitadas. También la presencia del perro los obliga a huir a la carrera.

Cada día hacemos varias paradas junto a las zarzamoras del borde del camino que ya empiezan a ofrecer sus frutos jugosos. Yako espera impaciente junto a los arbustos a que cojamos un puñadito de moras. Vamos lanzándolas hacia lo alto. Él salta y las atrapa una a una con sus mandíbulas poderosas.

Algunas veces, ya en el camino de vuelta, contemplo con nostalgia las alturas que circundan el pueblo. Si cierro los ojos puedo escuchar el susurro de la brisa meciendo suavemente la hierba de la cima, aspirar los perfumes de las plantas aromáticas, adivinar los contornos del lejano horizonte ocultos tras el liviano telón de la neblina. Entonces, los abro y miro hacia el pequeño pueblo. Allí me esperan las personas que quiero. Ellas me necesitan. No hay en el mundo cosa alguna que me importe tanto como mi familia. Nada que merezca más mi amor y mis desvelos.

14/08/2006 17:31 Autor: elalmaalaire. Enlace permanente. Tema: Retazos.

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