¡Quién fuera el Doctor Dolittle!

Anoche ví un trozo de la película " El Doctor Dolittle", ese médico que tenía el extraño don de entender el lenguaje de los animales. No pude seguirla hasta el final porque últimamente la televisión en horario nocturno se convierte para mí en un excelente somnífero. Este tema me ha hecho reflexionar hoy sobre mi relación con los animales domésticos a través de lols años. Siempre hubo un gato en mi casa durante mi infancia. Era un bicho listo que aprendió a levantarse sobre sus patas traseras cada vez que le ofrecíamos algo de comer diciéndole al mismo tiempo: "¡Gánatelo!": Nos costó llorar el día que hubo que sacrificarlo porque se dedicaba a visitar los corrales ajenos y a comerse los huevos que acababan de poner las gallinas. Tuvimos también unas cabras, a las que pusimos nombre y nos adjudicamos una para cada hermano. La mía se llamaba Estrella por la mancha blanca que llevaba en su frente. Y no puedo explicar bien la alegría que nos embargaba cuando el cabrero llegaba del monte con un cabritillo recién nacido de alguna de nuestras cabras. Era como un juguete para nosotros. Sin apenas pestañear, lo observábamos ponerse en pie tambaleándose sobre sus torpes patas. También el momento de amamantar nos dejaba sin aliento, viendo al pequeño animal afianzarse en el suelo con las patas extendidas y hurgar en las ubres maternas a la búsqueda del blanco y templado líquido. Y cuando los cabritos crecían y llegaba el momento de su venta, no había consuelo para nosotros. Lo mismo ocurría con los blancos y rizosos corderillos que algunas veces eran criados por algunas de nuestras cabras, tan mansos que correteaban siguiendo nuestros pasos y comían la hierba de nuestra mano. Y qué decir de la gallina clueca que escondía bajo sus alas aquellos preciosos pollitos que nosotros, con la boca muy abierta, habíamos visto picotear el huevo y salir del cascarón. También hubo cada año un cerdo que engordar, para sacrificarlo por San Antón y convertirlo en ricas morcillas, y en los chorizos y jamones que tanto nos gustaban. Y conejos astutos, con sus orejas bien tiesas, que nos miraban moviendo incansablemente sus hocicos, listos para escapar ante nuestros más ligeros movimientos de aproximación.
Cuando marchamos a vivir a la ciudad, el trato con los animales se hizo más escaso. Sólo me acuerdo de un periquito cautivo en su jaula que volaba aturdido por toda la casa si alguna vez lograba escapar.
Ya había nacido nuestra hija mayor cuando mi hermano nos trajo desde Francia a Tania, una hermosa perra de raza pastor alemán. De gran tamaño y hermoso pelaje, era cariñosa e inteligente y le encantaba nadar. De vez en cuando sentía ansias de libertad y se nos escapaba, aprovechando cualquier circunstancia favorable y haciendo oídos sordos a nuestras llamadas. Fue una buena compañera en mis paseos por el campo. Y luego llegó Katia, un animal noble que consiguió aminorar la tristeza que nos produjo la muerte de nuestra querida Tania.
Y hubo también una gata gris a la que llamábamos Mini, que pasaba su vida en el corral y en la cochera, porque teníamos por norma no tener ningún animal en la parte habitable de la casa. Era mansa y cariñosa. ¿Quién inventó esa expresión que dice: "Se llevan como el perro y el gato" para dar a entender que dos personas no se entienden? Cuando Katia estaba echada en el corral, Mini se acurrucaba en su tripa, bien calentita entre las patas traseras y delanteras. Más de una vez se colaba en casa a través de la estrecha rendija de la ventana que da a la terraza, cuando no estaba bien bajada. Le encantaba acurrucarse y ronronear plácidamente en mi regazo cuando en las noches calurosas yo salía al exterior y me sentaba en la hamaca a la espera del sueño, y me clavaba sus uñas, tan afiladas, de manera involuntaria creo. Tuvo un triste final. Una tarde, cuando ya estaba anocheciendo, sonó el timbre de mi puerta. Abrí, y al tiempo que hablaba con los visitantes, vi un gato que empezó a cruzar la calle en el justo momento en el que se acercaba un coche a considerable velocidad. El animal comenzó a dar saltos en círculo, una y otra vez, hasta que quedó inmóvil sobre el pavimento. ¡Pobre Mini!
Y cuando yo ya no quería más animales, porque sabía muy bien que su pérdida me producía dolor, un día, sin esperarlo, apareció Yako. Mi hijo vio su oferta en el periódico y lo trajo a casa por sorpresa. Todavía recuerdo cómo protesté al verlo. Ahora no sabría estar sin él. Mi fiel amigo. A veces se me queda mirando fijamente y yo querría tener el don del Doctor Dolittle para saber lo que quiere decirme. Pero no hace falta. Lo sé muy bien. Me dice que me quiere. También él me entiende cuando lo miro. ¡Eres maravilloso Yako! ¡No hay otro perro en el mundo como tú!
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Autor: Corazón...
Pues sí, de verdad que lo que has contado es muy cierto. Los animalitos llegan a formar parte de nuestra familia. Yo sé que ellos nos quieren como nosotros a ellos :)
A mi me gustan mucho los perros, sin lugar a duda creo que es el amigo más fiel del hombre. Cuándo llegó de trabajar solo los dos cachorros se ponen felices, (bueno creo que son los únicos que realmente demuestran su cariño) la familia se pone contenta pero lo expresa muy a su manera :)
Que bellos recuerdos guardas, me has contagiado de felicidad mientras leía :)
Un beso y abrazos desde México.
@->->--
;o)
Fecha: 14/10/2006 07:03.








