Las muletas

Ayer domingo, como hacemos con frecuencia, nos reunimos para comer juntos, incluidos los hijos que han volado ya del nido, que vienen acompañados de sus respectivas parejas. No es algo demasiado usual que tres miembros de una misma familia se vean en la necesidad de tener que hacer uso de las muletas al mismo tiempo para desplazarse. Pero así fue. Mi marido, debido a su enfermedad, hace tiempo que las utiliza, con considerable esfuerzo y una gran fuerza de voluntad por su parte. El mayor de mis hijos porque todavía no se ha recuperado del accidente de moto que sufrió a principios del mes de julio. Y ahora, la que faltaba. Mi hija tuvo que someterse esta semana a una operación en un dedo del pie derecho, porque como consecuencia de un golpe que se propinó cuando era pequeña, ese dedo no ha hecho mas que causarle problemas a la hora de ponerse casi cualquier tipo de calzado.
Era digno de observar el modo en que iban aposentándose uno tras otro, con mucho cuidado, en torno a la mesa familiar.
Quizás por asociación de ideas, la visión de las muletas me recordó un poema con ese título del escritor Bertolt Brecht que yo había leído más de una vez.
Durante siete años no pude dar un paso.
Cuando fui al gran médico
me preguntó: -¿Por qué llevas muletas?
Yo le dije: - Porque estoy paralítico.
- No es extraño, me dijo. Prueba a caminar.
Son esos trastos
los que te impiden andar.
¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!
Riendo como un monstruo
me quitó mis hermosas muletas,
las rompió en mis espaldas...
Y, sin dejar de reír, las arrojó al fuego.
Me curó una carcajada.
Tan sólo a veces, cuando veo palos,
camino algo peor por unas horas.
Más de una vez he reflexionado sobre todas aquellas personas y cosas que constituyen mis imprescindibles muletas. Temo y deseo a la vez que el gran médico, rompa y arroje al fuego todo aquello que me impide caminar en libertad.










