Desde mi ventana

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Estoy junto a la ventana de mi dormitorio. Hoy nos ha salido un día especialmente frío, de invierno, como debe ser. Exceptuando aquellos días de niebla continua, en los que los árboles y las hierbas del campo aparecían completamente blancos por la escarcha, lo que hemos tenido hasta ahora ha sido más bien un sucedáneo del invierno. Y eso, tampoco es bueno.

- ¡Tiene que hacer frío para que se mueran los bichos del campo! – dice la gente de edad.

Y tienen razón. El invierno es la estación que purifica la naturaleza. Morir para vivir de nuevo cuando llegue la primavera. Es el eterno ciclo de la vida.

Bien caliente, con las piernas pegadas al radiador, puedo escuchar al viento que mueve los rosales y las ramas del árbol desnudo, repleto de racimos de incontables bolitas colgantes. Y el sonar de la caperuza que protege la chimenea de la calefacción. Mi perro va y viene de un lado a otro del corral, ladra, coge la pelota entre sus dientes y me mira, esperando a que yo abra la ventana y le dedique sus momentos diarios de juego.

- ¡Hoy no, Yako! ¡Hoy no!

El día está despejado. Pueden verse a lo lejos las aspas de las torres eólicas girando, girando, como molinillos de viento en manos infantiles. A lo lejos, el Moncayo y las Peñas de Herrera muestran sus hermosas vestiduras blancas brillando al sol. El temporal pasó de largo, dejándonos fuera de su radio de acción. Casi nunca nieva aquí. Y el año que lo hace, un día o dos a lo sumo, las caras de los niños se iluminan y lo celebran como una fiesta, y yo rememoro aquellas grandes nevadas de mi pueblo, y los felices recuerdos  que la nieve me  trae de mi infancia.

27/01/2007 15:12

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