Confesiones de una mujer tímida

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Todas las tardes, después de comer, mi marido permanece conmigo mientras yo me dedico a fregar la vajilla, a limpiar la encimera y el fregadero, y a todas las demás tareas cotidianas que cualquier ama de casa realiza a diario en su cocina. Cuando llega el momento de barrer, él se traslada con mi ayuda hasta su sillón del cuarto de estar. Le gusta ver el informativo de sobremesa y después de conocer el pronóstico del tiempo, que estos días lo mantiene preso sin salir de casa, mira el documental de la segunda cadena de Televisión Española. Yo acostumbro a entrar y salir varias veces, y no es raro que me quede unos momentos contemplando las imágenes de los animales, principales protagonistas de estos programas. Ayer me quedé embelesada contemplando una especie de ratón ártico, de pelaje tan blanco como el paisaje en el que habita. Cuando llega la primavera y el suelo se torna verde y ocre, cambia también el color del pequeño animal, dotado por la Naturaleza de ese mecanismo de defensa.

Supongo que a estas alturas los que me estéis leyendo, a la vista del título de este post, estaréis pensando: ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Para los que no conozcan esta expresión, quiere decir que parece que no tenga nada que ver una cosa con la otra. Un momento de paciencia. Todo se andará.

Veréis. Yo tengo grabada en la conciencia la dolorosa sensación de haber sufrido mucho por culpa de la timidez. Fui una niña vergonzosa durante la infancia, pero el problema se agravó al llegar a la adolescencia, cuando el organismo sufre un terrible cataclismo por culpa de las hormonas que se desmandan sin remedio. Cualquier circunstancia que para otra persona hubiese resultado de lo más normal, a mí me producía un terrible enrojecimiento del rostro, acompañado de un sudor que helaba mis manos. La gente desconocida, cualquier pregunta, una situación nueva, cualquier intento ajeno de penetrar en mi intimidad, la relación con el sexo opuesto… ¡Todo! Todo podía desencadenar tan desagradable situación. Y cuando solo se trata de un hecho puntual, la cosa no tiene importancia, pero si el problema se repite una y otra vez, pronto aparece un complejo difícil de quitar. Llegó un momento en el que antes de que se presentara una situación problemática, yo ya la había adivinado, y la tan temida reacción hacía acto de presencia, llenándome de rabia y de dolor.

Pero la timidez no se conformó con hacerme sufrir en los años de adolescencia. ¡No! Me acompañó durante mucho tiempo en la edad adulta. No le faltó un tris para que la situación degenerara en una depresión, ya que hubo una temporada en la que llegué a necesitar ayuda médica.

Y en aquellos momentos dolorosos que no puedes compartir con nadie, porque es difícil que puedan entender lo que tú guardas en tu interior y tu carácter no es muy dado a abrir el corazón a los demás, imaginas y deseas las cosas más disparatadas. Yo deseé ser un camaleón con su mágico poder de mimetismo, y envidiaba a las muchachas de raza negra de mi edad, porque el color de su piel las libraba de aquel tormento que me había tocado vivir. Por fin llegó un día glorioso en el que descubrí, ya no sé cómo, que unos ejercicios respiratorios podían ayudarte a controlar la situación. Y funcionó. Y el saber que tenía un punto en el que agarrarme me devolvió la confianza en mí misma. Después, la edad, que cura muchas cosas, hizo el resto. La visión del pequeño y blanco ratón ártico me hizo recordar todas esas cosas vividas hace años. Y ha hecho que vaciara mi corazón, y os contara cosas que he guardado en él celosamente durante mucho tiempo.

¡Ojalá, si conocéis a alguna persona tímida, esta experiencia que os he contado os sirva para comprenderla, para tratarla con delicadeza y para ofrecerle vuestra amistad y vuestra ayuda!

03/05/2007 22:31

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