
El frío afecta mucho a la salud, tan delicada, de mi marido. La mala circulación de sus piernas hace que éstas permanezcan frías como el hielo durante todo el tiempo. Sólo los masajes y la manta eléctrica consiguen poner en ellas un poco de calor. Debido a esto, cualquier viaje al pueblo de sus padres queda descartado debido a su clima frío, a excepción de los meses de verano. En esa estación, que por cierto pronostican tórrida para este año, la situación privilegiada del pueblo, rondando los 900 metros de altitud, hace que los calores sean fáciles de soportar, mientras que por aquí abajo se achicharran los pájaros.
Desde que bajamos en septiembre del año pasado, solo he subido una vez, durante unas horas, para recordar a nuestros muertos en la festividad de Todos los Santos.
Desde aquí, tras las continuadas lluvias me era fácil imaginar el paisaje. El domingo pasado, uno de mis hijos, que subió a pasar el día con sus amigos me explicó lo que vio. Todo está verde y florido. Grandes manchas del amarillo de la flor de aliaga, pequeñas y olorosas flores blancas y rosadas de las matas de tomillo, los frutales en plena floración… Subieron a las Peñas de Herrera, tan familiares y queridas para mí. Yako subió con ellos.
Estas tardes, cuando salimos hasta " la Moncloa" - como la llaman jocosamente los contertulios habituales – un lugar a las afueras del pueblo, no lejos del Instituto de Secundaria, con un extenso terreno en el que hace años estaban ubicadas las eras, mientras Yako me trae incansable un palo para que vuelva a arrojárselo lejos, yo lo agarro por la cadena del cuello, le miro a los ojos y le digo al oído, muy bajo para que nadie se entere: Así que subiste a las Peñas ¿eh? ¡Que suerte tuviste! ¡Te tengo envidia, Yako!
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