Los hombres también lloran

No me gustaría que nadie me acusase de plagio por poner este título a mi artículo de hoy, porque me suena que esta frase la he escuchado en alguna parte, no sabría decir si se trataba de una novela rosa o de un serial televisivo. Pero como tiene relación con mi tema, me he permitido usarlo.
De todos es sabido que desde la niñez a los varones se les anima a ser valientes. Si se caen, si algún compañero les pega, si no se les concede algún capricho, con frecuencia se les suelta aquello de "no tienes que llorar, que eres un hombre" o "los hombres no lloran." Y así, poco a poco, éstos van acostumbrándose a esconder sus emociones, de forma que cuando llegan a la juventud o a la vida adulta pocas veces se les puede ver llorar, aunque por dentro se les esté partiendo el alma.
Yo tengo un hermano que fue sumamente travieso durante su infancia. No era raro verlo llegar a casa sangrando con una buena brecha. Mi hermana y yo al verlo, nos poníamos a llorar, y él se enfadaba con nosotras de tal manera que a punto estaba de soltarnos una buena torta, y no precisamente dulce. La vida le ha guardado más de una mala jugada. Mientras estuvo interno en un colegio, tuvo el tifus, se cayó de un cerezo un día de San Juan en el que los frailes los llevaron de excursión y estuvo a punto de morirse debido a la rotura del cráneo. Hace cinco años, debido a una imprudencia, por meterse debajo del coche para mirar por qué no se ponía en marcha sin asegurar bien el gato, quedó atrapado debajo. Fue un accidente terrible que le produjo un coma profundo durante mes y medio, tuvo que estar en un centro de rehabilitación durante un año y volvió a casa con graves secuelas. Pasados unos meses tuvo que someterse a una grave operación para reforzarle la aorta con una malla. También salió adelante.
-Tienes más vidas que los gatos -le decíamos.
Ahora, hará unos diez días, tuvo que ingresar al sentir un fuerte dolor en la parte izquierda del pecho. Se trataba de un trombo. Tuvieron que introducirle un catéter ¿se llama así? por la muñeca derecha hasta llegar al lugar obstruido cerca del corazón.
Ayer pude hablar con él.
- ¡Qué dolor! Lloré más que durante toda mi vida junta mientras me lo hicieron – me confesó.
-¡Ánimo, ya ha pasado! Ahora a recuperarte. Te mando un beso fuerte, ojalá pudiera ir a dártelo a Toulouse.
Pero cuídate - digo para mí misma- te vas acercando demasiado al siete, cifra que se asocia con el número de vidas de los gatos.










