Cuidadores, héroes anónimos

La tarea de cuidador de enfermos es algo muy especial. Con motivo de la próxima puesta en marcha de la Ley de Dependencia, somos muchas las personas que estamos a la expectativa, deseando conocer qué nos ofrece la citada Ley.
Leyendo hoy un artículo sobre la misma, he pinchado en una página web dedicado al tema de los cuidadores, ¿o tal vez debería decir de las cuidadoras?, porque somos las mujeres las que constituimos el tanto por ciento más elevado: esposas, hijas…
Sólo el que haya experimentado en persona esta misión, o los que se encuentren cerca de un enfermo dependiente pueden caer bien en la cuenta de lo que esto implica. No sólo hay que entregarle al enfermo toda tu fuerza física, sino también, y es todavía más importante, todo tu amor. Dejar aparcados muchos de tus deseos y de tus aficiones, porque según va aumentando su grado de dependencia, te absorbe de tal manera que cada vez dispones de menos tiempo para ti misma.
No siempre es fácil salir airosa. Muchas veces, coincidiendo con un bajón físico, la depresión que está siempre al acecho, se cuela dentro de ti y amenaza con minar todas tus energías para conducirte a un pozo oscuro del que parece imposible salir. No es raro que los cuidadores necesitemos ayuda psicológica o psiquiátrica. Pero… ¡es de risa! ( es solo una manera de hablar) Hasta para ir al médico es difícil disponer de tiempo. En mi caso, mis hijos trabajan, y yo no saco tiempo para desplazarme los sesenta kilómetros que me separan de la ciudad y del profesional que me atiende. Porque mi marido me necesita a esa hora. ¡Bueno, a esa hora y a todas las demás! Tener ELA y conocer sus irremediables consecuencias le ha producido una especie de pánico que le impide permanecer sólo, ni siquiera un momento. Hace un año, una vez acostado, yo me quedaba un rato dedicada a mis aficiones, entre ellas a teclear en el ordenador y a meterme en mis páginas favoritas de internet. Ahora, la mascarilla que lleva por la noche para facilitarle la respiración le produce una especie de claustrofobia, así que debemos acostarnos a la vez, y a la mañana, si me relajo un poco y se me pegan las sábanas, me llama para que le quite el aparato y lo incorpore en la cama, a la espera de que pueda levantarlo cuanto antes mejor. Así estamos todo el día, juntos, como el cántaro y el asa, a excepción de algún rato que sale en su silla para juntarse cerca de casa con varios conocidos un poco menos estropeados que él, y distraerse con los chascarrillos que cuenta alguno de ellos especialmente gracioso.
Quiero enviar unas palabras de ánimo a todas aquellas personas responsables del cuidado diario de un enfermo dependiente. Estoy segura de que habrá una buena cantidad de ellas que estarán en una situación más difícil que la mía porque muchas son de edad avanzada, con las dificultades que ello implica respecto a su propia salud. Los animo a que expresen sus sentimientos, sus miedos, sus frustraciones y, si les es posible, que sigan esta máxima oriental que leí hace tiempo en algún sitio: "La ausencia de deseos es la mejor vía para la felicidad"
Yo lo intento.
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