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Nostalgia

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Esta mañana, nada más levantarme, he acudido al balcón para comprobar el aspecto que presentaba la mañana. ¡Por fin el viento está en calma! Las ligeras tiras de plástico que he colocado a lo largo del antepecho de hierro forjado para evitar que las golondrinas se posen sobre él. (¡Son unas cochinas! No muestran ningún miramiento a la hora de arrojar sus excrementos.) Esas tiras, digo, apenas se mueven ¡Por fin vamos a poder disfrutar del primer día de verano!

He permanecido un largo rato contemplando el paisaje: los huertos, la mayor parte ya sin cultivar, con sus paredes invadidas `por la yedra verde, poderosa y salvaje. Más lejos se adivina la ermita de San Miguel escondida tras la cortina verde de los árboles. Y detrás, el monte que empieza a empinarse revestido de oscuras carrascas, para acabar en la redondez amarillenta de la cima de La Tonda, cubierta de hierbas agostadas.

Cierro los ojos y puedo verme ascendiendo trabajosamente por la ladera en compañía de mi perro; con frecuentes paradas para recuperar el aliento y aliviar los pobres riñones que se quejan lastimosamente.

Un día, hace ya tiempo, pensé que sería la enfermedad o el desgaste producido por los años lo que me impediría disfrutar de la altura y solazarme con los amplios horizontes, pero ha sido la enfermedad de mi marido la que ha cortado mis alas. Algo inexplicable, superior a sí mismo, le impide permanecer solo

- Este año no te irás a andar por la mañana, ¿verdad? - me preguntó. Y yo pude notar en su pregunta un punto de inquietud.

Esta mañana, sentada frente al balcón, con La Tonda ante mis ojos, he revivido las sensaciones experimentadas en mis numerosas subidas. Me he visto sentada sobre la gran losa desde la que se divisa el pueblo blanco, abajo en la lejanía. Hasta me ha parecido sentir la brisa templada sobre mi rostro, y el perfume arrancado a las hierbas silvestres por Yako mientras se revuelca gozosamente por el suelo.

 

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