El secreto de la dicha

Son las doce y media de la mañana. Éste es uno de mis escasos momentos de soledad. Mi marido ha salido un rato hacia la entrada del pueblo como hace cada día, siempre que el tiempo lo permite en este extraño verano con escasos días de calor. Manejando su silla y acompañado de nuestro perro, apostado a un lado de la carretera, entre el sol y la sombra de los árboles que bordean la cuneta, permanecerá allí hasta que se aproxime la hora de la comida. Los cuidados que precisa debido a su enfermedad ocupan casi todo mi tiempo.
¡Es duro ser cuidadora! Pero el amor te da fuerzas. Hasta el extremo de que tú misma nunca hubieras imaginado ser capaz de hacer lo que haces.
Una vez más he puesto en marcha el radio cassete y han comenzado a sonar las melodías del CD que me regaló mi buena amiga Rosa. Es una preciosa música que invita a la relajación y a la contemplación. Al escucharla, el alma se esponja y te ves transportada misteriosamente a lugares lejanos de la Tierra. Tal vez sea a la cima de una montaña, o al amanecer en la orilla del mar. Te parece oír el sonoro canto del agua deslizándose por el pequeño arroyo, y el trino de los pájaros, el rumor de las hojas de los árboles cuyas ramas se mecen al compás de la brisa, la dorada inmensidad del desierto, las lejanas luminarias fugaces cruzando el cielo en la oscuridad de la noche de agosto…¡Tantas, tantas cosas hermosas!
En palabras de Thomas Chalmers, escritor y teólogo escocés, la dicha consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y la esperanza.
No me falta ninguna de esas cosas. Tal vez por eso en estos momentos me siento dichosa.
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Autor: Joen
Fecha: 14/08/2007 21:54.










