¡Qué suerte ha tenido Jaquerito!

Jaquerito. Así se llama el toro que este año iba a morir alanceado en el festejo que se conoce como El Toro de la Vega, durante las fiestas que se celebran en honor de la Virgen de la Peña, patrona de Tordesillas, un pueblo de la provincia de Valladolid.
Y digo que ha tenido suerte, porque Jaquerito no daba la talla según los organizadores de este controvertido evento, por lo que fue cambiado por otro animal de mejor estampa de nombre Enrejado. El pobre Enrejado, el escogido para correr desde las afueras del pueblo, precedido y seguido por una multitud enardecida (se calcula que unas 35.000 personas participaron en el espectáculo) llegó al lugar elegido, en el que caballistas y gente de a pie, armados con lanzas, se ensañaron con el pobre animal hasta producirle la muerte. Con el rabo del animal, prendido en la lanza como símbolo de su victoria, el matador, conocido como el Cañero, volvió a Tordesillas escoltado por decenas de monturas al son de la dulzaina y el tamboril. El festejo tuvo lugar sin incidentes, a pesar de que el día anterior unos 600 ecologistas defensores de los animales se concentraron en la plaza del pueblo para exigir el fin del sangriento espectáculo. Esta protesta fue contestada por un número similar de personas defensoras del festejo por considerar que es una tradición del pueblo que cuenta con unos cinco siglos de antigüedad.
Hasta hace pocos años, también en un pueblo de la provincia de Zamora llamado Manganeses de la Polvorosa, era costumbre de que los quintos lanzaran una cabra viva desde el campanario de la iglesia del pueblo. Las continuas protestas consiguieron terminar con esta cruel tradición.
Y es que… no todas las tradiciones son buenas. Y si no, que se lo preguntasen a las recién casadas que tenían que soportar el derecho de pernada: para su desgracia debían pasar la noche de su boda con el Señor del lugar para que disfrutara de su virginidad. Me ha espantado el leer que en ciertos lugares todavía al día de hoy, el hacendado disfruta de las hijas de sus criados, niñas de doce o trece años recién hechas mujeres.
No hace mucho escribía sobre mis recuerdos infantiles de las fiestas de mi pueblo en honor de San Ramón. Alguna familia ofrecía al Santo un gallo para agradecerle o pedirle un favor. Después de pasear atado a la peana, cabeza abajo, por las calles del pueblo durante la procesión, por la tarde metían al animal en un agujero hecho en la tierra. Envuelto, excepto el cuello y la cabeza, los mozos pagaban una cantidad de dinero por arrojarle piedras. Aquel que conseguía matarlo se hacía dueño del pobre gallo. Todavía me parece ver los movimientos del pobre bicho tratando de esquivar las piedras. Mi pueblo se quedó desierto hace años, así que la tradición se perdió sin más. Pero si no hubiese ocurrido así y esa horrible tradición se mantuviera, yo sería la primera en encabezar la protesta para terminar con ella.
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Autor: elide
Fecha: 15/09/2007 00:47.








