Palabras con aroma y con sabor

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Hay palabras que, como los buenos vinos, tienen aroma y sabor. La palabra Pilar es una de ellas. Huele a virgen menuda, velando sobre los miles de aragoneses que la aclaman como hijos. Sabe a besos fervorosos sobre el pedazo de mármol de la parte posterior de la columna que sustenta la pequeña imagen de la Patrona. Huele a cirios encendidos y a flores perfumadas, a fe y a plegarias. A niños bendecidos tocando el manto desde las pequeñas escaleras del camarín. A  voces cristalinas de los infanticos entonando sus cantos desde el coro de la Basílica. A torres esbeltas que dan su bienvenida desde la distancia a los visitantes que se acercan a la ciudad. A tañidos de campanas y cantos del ángelus al filo del mediodia. A aleteos de palomas asustadas y a niños persiguiéndolas por la espaciosa plaza.

Sabe también a cantos y a bailes. A  jotas bravas que se escapan de gargantas preñadas de emociones. A maravillosas explosiones de todos los colores del arco iris rasgando la oscuridad de la noche.

Y a un desfile interminable de gentes que acuden de todos los rincones de nuestra geografía portando en sus manos las flores con las que se tejerá el hermoso manto para la Señora y se adornará un inmenso altar en el lugar preparado de antemano en un espacio de la plaza. A las airosas faldas y floridos mantones de las mujeres o los ceñidos calzones y vistosos cachirulos de los hombres.

A la tradicional visita a la Mejillonera, en los aledaños del paseo de la Independencia, o aquellas otras más lejanas en el tiempo al viejo Belanche, en el comienzo de la calle Don Jaime. Y huele a desfile de gigantes y cabezudos, y a comidas familiares en la casa de mis padres.

Pero la palabra Pilar evoca también otras muchas cosas… A Alberto, el joven que perdió su vida en un accidente de coche, volviendo a casa de madrugada por estas fechas. Y a una tía de mi marido, una mujer cariñosa y sonriente que agradecía nuestras visitas con aquellas enormes galletas Napolitanas que mis hijos hoy todavía recuerdan. A Pilar Ramos, una religiosa ya fallecida, que fue mi profesora de Literatura, que me ayudó a descubrir el placer de leer y me animó a darles forma escrita a mis sentimientos. Y también a otra Pilar, esposa de un primo de mi suegra que vive en nuestro mismo pueblo. Una mujer cariñosa, trabajadora, divertida, dadivosa… a la que el alzheimer, día tras día, fue desdibujando sus recuerdos, hasta convertirla en una pobre mujer para la que sus seres queridos se han convertido en extraños, y que finalmente ha olvidado el mecanismo de la palabra.

Estas, y muchas otras cosas más que se quedan en el tintero son los aromas y sabores de este día 12 de Octubre, festividad de nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.

12/10/2007 19:23

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