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Días de cierzo El cierzo cabalga como potro desbocado estos días por las calles y plazas de nuestro pueblo. Desde el interior de mi casa, protegida y caliente, lo oigo rugir amenazador como si quisiera echar abajo las paredes. Suena en el tejado, azotando los cables que protegen la antena, intentando arrancar la caperuza metálica que cubre la chimenea de la calefacción, sopla a través del orificio de salida de la campana de la cocina.De cuando en cuando abandono la tarea que tengo entre manos y me acerco a mirar por la ventana. Desde el cuarto de estar puede verse el hermoso jardín de la casa vecina. Los árboles son vapuleados sin piedad por la fuerza del viento huracanado. Un sauce llorón amarillea, y sus hojas, arrebatadas violentamente de las ramas, voltean alocadas hasta acabar abandonadas en cualquier lugar del césped. La hiedra, que convertía hasta hace escasos días una de las paredes en una hermosa cortina color vino, se ha quedado desnuda y muestra ahora sus oscuros muñones secos. Voy ahora a la pequeña habitación, abierta al sol de la tarde. En ella tengo instalado mi querido ordenador, la tabla de planchar y la mesa alargada que durante mucho tiempo ha hecho las veces de camilla para que mi marido pudiese recibir los masajes para aliviar un poco su enfermedad. Desde allí pueden verse las nubes deslizándose alocadamente por el cielo. En el tendedero instalado en una terraza cercana la ropa sufre las embestidas del vendaval. Y varias veces a lo largo del día he entrado en nuestra habitación. La añoro. Cuando bajamos del pueblo nos cambiamos a la habitación de mi hijo pequeño, vacía desde que se fue de casa para formar su propio hogar. De esa forma hemos podido instalarle una cama eléctrica que le proporcione más comodidad. He visto a través de la ventana el fornido árbol del corral del que cuelgan cientos de pequeñas bolas verdes en continuo movimiento. Las hojas yacen arremolinadas en un rincón. Y en una de las ramas, ¡sorpresa! He descubierto una tórtola acurrucada en un nido. El espeso follaje del árbol durante el verano había logrado mantenerlo oculto. Ha logrado despertar mi curiosidad. Quisiera disponer de tiempo para sentarme junto a la ventana y observarla largamente. ¿Por qué permanece allí tan quieta durante todo el día? Cualquiera al verla pensaría que pudiera estar incubando sus huevos. ¿Será así? Me he hecho el propósito de vigilarla con frecuencia a la espera de futuros acontecimientos. No parece haber escogido un lugar suficientemente resguardado. Este maldito cierzo puede convertirse en un monstruo sin piedad. Y ahora mis pensamientos se remontan a los lejanos día de mi infancia. Me parece estar en la cocina con mis padres y mis hermanos. Es de noche. Estamos sentados junto al hogar. El viento ruge en la boca de la chimenea. Las llamas serpentean hacia lo alto. Un repentino golpe de viento penetra y las aplasta contra los troncos. Una bocanada de humo se extiende por la cocina provocándonos la tos y un molesto picor en los ojos. El mismo viento que impedía escuchar el sonido del cuerno cuando el pastor de la vicera avisaba a los vecinos de que había llegado la hora de sacar a las cabras para llevarlas al monte. Todavía recuerdo el día que acompañé a mi madre a llevar a nuestras cabras por el camino de la umbría del Costanazo para tratar de alcanzar al grueso del rebaño. El cierzo empujaba mi pequeño cuerpo haciéndome retroceder y se me metía en la boca entrecortando mi respiración. No pude continuar la marcha por mucho tiempo y tuve que quedarme agazapada tras una roca esperando hasta que mi madre volviera. 26/11/2007 23:39 Comentarios » Ir a formulario |
El alma al aire¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.
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