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¿Ya ha prescrito el plazo? ¿Sí? ¡Entonces yo confieso!

Digo esto porque últimamente no hay que andarse con chiquitas o a lo peor un juez un tanto puntilloso te manda a chirona.
Ayer por la tarde, mi hija y yo nos reímos de buena gana comentando una noticia publicada recientemente. Un juez ha condenado a un padre a tres meses de cárcel y quince de alejamiento por pegar con una zapatilla a su hija de dieciséis años, la cual le había contestado de forma irrespetuosa cuando éste le reprochó su mal comportamiento con el hermano menor. Como consecuencia de los golpes le causó un eritema en el brazo y un hematoma en el muslo izquierdo que sanaron en el plazo de cinco días sin necesidad de tratamiento médico La denuncia se tramitó a través de una profesora de la adolescente.
No era el hecho en sí lo que nos hacía reír. En ningún modo defiendo nada que huela a malos tratos, pero a mi hija y a mí nos hizo recordar cuando, alguna que otra vez siendo mis hijos pequeños, quién sabe por qué se ponían a discutir y terminaban llegando a las manos. Eso era algo que yo no podía soportar, verlos pegarse. Parecían pulpos con los brazos y los pies entrelazados de modo que no había forma de meterles mano para separarlos. Entonces llegaba el momento en que yo me quitaba la zapatilla, una zapatilla de cáñamo, (tenía ya la experiencia de que usar la mano resultaba más doloroso para mí que para ellos) y les pegaba con ella en el trasero. Mis hijos abandonaban la pelea en el acto y se escabullían rápidamente de mi lado. Pronto el asunto quedaba olvidado por ambas partes.
- No nos quedó ningún trauma por ello, mamá -me comenta mi hija.
Sería seguramente porque ellos sabían muy bien que su madre los quería mucho.
Alguien sigue mis pasos

Me lo confesó ayer por la mañana con la sinceridad de un niño. Venía yo de comprar el pan y de buscar unos medicamentos de la farmacia.
- Cuando te marchas siento tus pasos por la escalera, luego te oigo abrir la puerta, la cierras, y yo, desde mi cama, sigo tu caminar por las calles, pensando por dónde irás, imaginando que debes de estar ya de vuelta, deseándolo… hasta que oigo la puerta de nuevo. ¡Por fin está aquí! – me digo. ¡Ya no estoy solo!
Él, que fue siempre tan fuerte, "tan duro"… se ha convertido en una criatura frágil, dependiente del amor y del cuidado de los demás. Soy su principal cuidadora. Esa es mi principal tarea. Y la hago con todo el esmero y con todo mi amor. ¡Nunca durante nuestros muchos años de matrimonio lo sentí tan cerca! ¡Nunca me demostró tanta ternura y tanto agradecimiento!
Con cualquier excusa suelo apoyar mi mano sobre su cuerpo en una muda caricia. No quiero desaprovechar ni un minuto, porque sé muy bien que llegará un día en el que al alargar mi mano en busca de la suya, solo encontraré el vacío.
No somos ángeles

En distintas ocasiones hemos escuchado la noticia de que algunos sacerdotes habían sido denunciados por abusos sexuales a menores. También más de una vez, la policía ha descubierto una red de pornografía infantil y entre los detenidos había médicos, profesores, sacerdotes… gente que en forma alguna se nos hubiese ocurrido que pudiera estar metida en tales asuntos turbios. Cuando los implicados son sacerdotes, se convierten en motivo de escándalo, hasta el punto de que algunas personas pierden la fe. Estos días pasados, nos enteramos de que varios policías habían sido pillados con las manos en la masa en una operación contra la droga. Los guardianes de la ley se estaban llenando los bolsillos en vez de perseguir a los culpables. Y creo que ha sido hoy cuando han dicho que en Málaga, diecinueve personas, entre ellas varios notarios y abogados, han sido detenidos bajo la acusación de blanqueo de dinero.
Voy a contar ahora un sucedido o chiste que leí hace unos días. Espero que como me pasó a mí, os arranque una sonrisa.
PREGUNTAS DELICADAS
En una ocasión, en una pequeña ciudad de Estados Unidos, el fiscal llamó a una señora al estrado para tomarle declaración. La testigo era una dama de aspecto bonachón y ya de edad.
- Sra. Jones, ¿sabe usted quién soy yo?
- Por supuesto, señor Williams. Le conozco desde niño y francamente me ha decepcionado. Usted es mentiroso, engaña a su esposa y extorsiona a la gente.
El fiscal quedó aterrado, pero continuó, temblando:
- Sra. Jones, ¿conoce al abogado defensor?
- Claro que conozco al señor Bradley, ¡y muy bien!. Es un perezoso, un beato hipócrita sin amigos, infiel a su esposa y tiene un serio problema de alcoholismo.
El abogado defensor no sabía dónde meterse. Entonces, el juez pidió a ambos que se acercaran al estrado.
-¡Si alguno de ustedes comete la idiotez de preguntarle a esa señora si me conoce a mí - les dijo- los mando a los dos a la cárcel por desacato!
Como un chiquillo con zapatos nuevos

Dando mi repaso matutino a las últimas noticias en 20minutos.es me he encontrado con este titular: "Hawking ya sabe lo que es la ingravidez."
Yo sabía desde hace unas semanas que el astrofísico inglés, que padece ELA, la misma enfermedad que sufre mi marido, y que lleva cuarenta años en silla de ruedas, deseaba fervientemente realizar un viaje hasta los límites de la atmósfera. "Flotar libremente en la gravedad cero será maravilloso", dijo minutos antes de entrar en la nave.
"Fue increíble." "Hubiese querido seguir y seguir"- manifestó al acabar el viaje.
"Estuvo haciendo gimnasia en la ingravidez del espacio como si estuviera en los Juegos Olímpicos"- señaló un portavoz de la empresa Zero Gravity, que se dedica a esta clase de vuelos por un precio de 3.750 dólares por persona.
Puedo imaginarme su alegría, como un chiquillo con zapatos nuevos, al encontrarse durante un corto espacio de tiempo libre de sus limitaciones y de esa silla de ruedas, odiosa y al mismo tiempo imprescindible sin la que se vería obligado a permanecer de continuo en la cama.
La silla se ha convertido en nuestra casa en algo familiar, como la mesa, el lavabo o la televisión. A veces contemplo a mi marido en silencio y me pregunto qué pensamientos pasarán por su cabeza comprobando cómo a medida que avanza su enfermedad su universo queda más y más limitado.
Si cierro los ojos, no me es difícil imaginarme en un hermoso día de primavera, tumbada sobre la hierba tierna de un prado, viendo pasar las nubes blancas que se deslizan lentamente allá en lo alto. Yo quisiera ser una de esas nubes, o un águila majestuosa, o una suave pluma deslizándose al compás de la brisa… O volar sobre una alfombra, o convertirme en un Superman desplazándose a cámara lenta sobre lo tejados de las grandes ciudades…
Aunque no me lo diga, yo sé que mi marido desearía verse libre de esas muletas que todavía le permiten desplazarse unos metros con gran esfuerzo, y poder prescindir de la silla. Poder ver los árboles del huerto con las flores marchitas donde apunta apenas el futuro fruto, ir de aquí para allá, sin rumbo, por el mero gusto de andar…
Pero la vida es así. ¡Dura! ¿Quién dijo que era de color de rosa?








