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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.

Confesiones de una mujer tímida

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Todas las tardes, después de comer, mi marido permanece conmigo mientras yo me dedico a fregar la vajilla, a limpiar la encimera y el fregadero, y a todas las demás tareas cotidianas que cualquier ama de casa realiza a diario en su cocina. Cuando llega el momento de barrer, él se traslada con mi ayuda hasta su sillón del cuarto de estar. Le gusta ver el informativo de sobremesa y después de conocer el pronóstico del tiempo, que estos días lo mantiene preso sin salir de casa, mira el documental de la segunda cadena de Televisión Española. Yo acostumbro a entrar y salir varias veces, y no es raro que me quede unos momentos contemplando las imágenes de los animales, principales protagonistas de estos programas. Ayer me quedé embelesada contemplando una especie de ratón ártico, de pelaje tan blanco como el paisaje en el que habita. Cuando llega la primavera y el suelo se torna verde y ocre, cambia también el color del pequeño animal, dotado por la Naturaleza de ese mecanismo de defensa.

Supongo que a estas alturas los que me estéis leyendo, a la vista del título de este post, estaréis pensando: ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Para los que no conozcan esta expresión, quiere decir que parece que no tenga nada que ver una cosa con la otra. Un momento de paciencia. Todo se andará.

Veréis. Yo tengo grabada en la conciencia la dolorosa sensación de haber sufrido mucho por culpa de la timidez. Fui una niña vergonzosa durante la infancia, pero el problema se agravó al llegar a la adolescencia, cuando el organismo sufre un terrible cataclismo por culpa de las hormonas que se desmandan sin remedio. Cualquier circunstancia que para otra persona hubiese resultado de lo más normal, a mí me producía un terrible enrojecimiento del rostro, acompañado de un sudor que helaba mis manos. La gente desconocida, cualquier pregunta, una situación nueva, cualquier intento ajeno de penetrar en mi intimidad, la relación con el sexo opuesto… ¡Todo! Todo podía desencadenar tan desagradable situación. Y cuando solo se trata de un hecho puntual, la cosa no tiene importancia, pero si el problema se repite una y otra vez, pronto aparece un complejo difícil de quitar. Llegó un momento en el que antes de que se presentara una situación problemática, yo ya la había adivinado, y la tan temida reacción hacía acto de presencia, llenándome de rabia y de dolor.

Pero la timidez no se conformó con hacerme sufrir en los años de adolescencia. ¡No! Me acompañó durante mucho tiempo en la edad adulta. No le faltó un tris para que la situación degenerara en una depresión, ya que hubo una temporada en la que llegué a necesitar ayuda médica.

Y en aquellos momentos dolorosos que no puedes compartir con nadie, porque es difícil que puedan entender lo que tú guardas en tu interior y tu carácter no es muy dado a abrir el corazón a los demás, imaginas y deseas las cosas más disparatadas. Yo deseé ser un camaleón con su mágico poder de mimetismo, y envidiaba a las muchachas de raza negra de mi edad, porque el color de su piel las libraba de aquel tormento que me había tocado vivir. Por fin llegó un día glorioso en el que descubrí, ya no sé cómo, que unos ejercicios respiratorios podían ayudarte a controlar la situación. Y funcionó. Y el saber que tenía un punto en el que agarrarme me devolvió la confianza en mí misma. Después, la edad, que cura muchas cosas, hizo el resto. La visión del pequeño y blanco ratón ártico me hizo recordar todas esas cosas vividas hace años. Y ha hecho que vaciara mi corazón, y os contara cosas que he guardado en él celosamente durante mucho tiempo.

¡Ojalá, si conocéis a alguna persona tímida, esta experiencia que os he contado os sirva para comprenderla, para tratarla con delicadeza y para ofrecerle vuestra amistad y vuestra ayuda!

03/05/2007 22:31 elalmaalaire Enlace permanente. Retazos No hay comentarios. Comentar.

Un pantalón para figurar en el libro Guinnes de los Records

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Voy a comenzar contando algo que me ocurrió más de una vez mientras estuve en activo como profesora. Mis alumnos llegaban a mi clase con cinco y seis años de edad.

-Seño - me decía una alumna en voz baja, mientras se acercaba a mí. Juanjo ha dicho un pecao.

-¿Qué ha dicho? – le preguntaba yo.

Ella acercaba su boca a mi oído y me susurraba el pecao.

- Anda Rebeca, llama a Juanjo - le contestaba yo.

Entonces él se acercaba mostrando en su cara un poco de inquietud.

-Me ha dicho Rebeca que has dicho un pecado. Dime Juanjo, ¿qué has dicho?

-¡Que yo no Seño, que yo no he dicho ningún pecao. Sólo he dicho mecagüendiez.

-No es un pecado Rebeca- le decía yo- es solo una palabra fea.

Pues en estos momentos, me meto en la piel de los dueños de la tintorería de una familia surcoreana en Washintong, y digo:

-¡Mecagüen el pantalón! ¡Mecagüen el juez dueño del pantalón! ¡Mecagüen toda su familia y hasta en sus muertos que no tienen ninguna culpa!

Sucedió no hace demasiado tiempo. Resulta que un tal Roy L Pearson llevó su pantalón a la tintorería de los Chung en el primer día de su trabajo como juez administrativo. El caso es que cuando fue a recogerlo, el pantalón no aparecía. El jurista exigió primero 1.150 dólares, pero después, la cantidad iba aumentando, aumentando…

Los Chung le ofrecieron primero 3.000 dólares, más tarde 4.600 dólares, y finalmente 12.000 dólares. Pero… ¡Qué va! ¡¡Eso solo era para él un aperitivo!

Con la ley en la mano el juez les pide 1.500 dólares por cada día que no ha podido disfrutar de su prenda, multiplicando esa cifra por tres, porque ha demandado al padre, a la madre y al hijo como dueños de la tintorería. Además, reclama medio millón de dólares por "sufrimiento mental, molestias e incomodo" originado por no poder lucir su prenda favorita. Como no tiene coche propio, el juez pide el coste del alquiler de un coche todos los fines de semana durante diez años para llevar su ropa a otra tintorería mas alejada de su casa. En total les exige ¡67 millones de dólares!

De nada sirvió que los Chung aseguraran que habían encontrado la prenda días después de su extravío. El tal Person, emparentado directamente con la especie de las aves de rapiña, no la reconoció como suya.

Los Chung, se plantean volver a Seul para huir de una sentencia tan sumamente desproporcionada.

Después de esto, mi consejo para las personas que quiero está bien claro: ¡Por Dios Santo no se te ocurra abrir una tintorería, y menos en Washintong!

(Esta noticia ha sido publicada en 20minutos.es)

06/05/2007 18:07 elalmaalaire Enlace permanente. Retazos No hay comentarios. Comentar.

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El frío afecta mucho a la salud, tan delicada, de mi marido. La mala circulación de sus piernas hace que éstas permanezcan frías como el hielo durante todo el tiempo. Sólo los masajes y la manta eléctrica consiguen poner en ellas un poco de calor. Debido a esto, cualquier viaje al pueblo de sus padres queda descartado debido a su clima frío, a excepción de los meses de verano. En esa estación, que por cierto pronostican tórrida para este año, la situación privilegiada del pueblo, rondando los 900 metros de altitud, hace que los calores sean fáciles de soportar, mientras que por aquí abajo se achicharran los pájaros.

Desde que bajamos en septiembre del año pasado, solo he subido una vez, durante unas horas, para recordar a nuestros muertos en la festividad de Todos los Santos.

Desde aquí, tras las continuadas lluvias me era fácil imaginar el paisaje. El domingo pasado, uno de mis hijos, que subió a pasar el día con sus amigos me explicó lo que vio. Todo está verde y florido. Grandes manchas del amarillo de la flor de aliaga, pequeñas y olorosas flores blancas y rosadas de las matas de tomillo, los frutales en plena floración… Subieron a las Peñas de Herrera, tan familiares y queridas para mí. Yako subió con ellos.

Estas tardes, cuando salimos hasta " la Moncloa" - como la llaman jocosamente los contertulios habituales – un lugar a las afueras del pueblo, no lejos del Instituto de Secundaria, con un extenso terreno en el que hace años estaban ubicadas las eras, mientras Yako me trae incansable un palo para que vuelva a arrojárselo lejos, yo lo agarro por la cadena del cuello, le miro a los ojos y le digo al oído, muy bajo para que nadie se entere: Así que subiste a las Peñas ¿eh? ¡Que suerte tuviste! ¡Te tengo envidia, Yako!

23/05/2007 20:43 elalmaalaire Enlace permanente. Retazos No hay comentarios. Comentar.

Los hombres también lloran

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No me gustaría que nadie me acusase de plagio por poner este título a mi artículo de hoy, porque me suena que esta frase la he escuchado en alguna parte, no sabría decir si se trataba de una novela rosa o de un serial televisivo. Pero como tiene relación con mi tema, me he permitido usarlo.

De todos es sabido que desde la niñez a los varones se les anima a ser valientes. Si se caen, si algún compañero les pega, si no se les concede algún capricho, con frecuencia se les suelta aquello de "no tienes que llorar, que eres un hombre" o "los hombres no lloran." Y así, poco a poco, éstos van acostumbrándose a esconder sus emociones, de forma que cuando llegan a la juventud o a la vida adulta pocas veces se les puede ver llorar, aunque por dentro se les esté partiendo el alma.

Yo tengo un hermano que fue sumamente travieso durante su infancia. No era raro verlo llegar a casa sangrando con una buena brecha. Mi hermana y yo al verlo, nos poníamos a llorar, y él se enfadaba con nosotras de tal manera que a punto estaba de soltarnos una buena torta, y no precisamente dulce. La vida le ha guardado más de una mala jugada. Mientras estuvo interno en un colegio, tuvo el tifus, se cayó de un cerezo un día de San Juan en el que los frailes los llevaron de excursión y estuvo a punto de morirse debido a la rotura del cráneo. Hace cinco años, debido a una imprudencia, por meterse debajo del coche para mirar por qué no se ponía en marcha sin asegurar bien el gato, quedó atrapado debajo. Fue un accidente terrible que le produjo un coma profundo durante mes y medio, tuvo que estar en un centro de rehabilitación durante un año y volvió a casa con graves secuelas. Pasados unos meses tuvo que someterse a una grave operación para reforzarle la aorta con una malla. También salió adelante.

-Tienes más vidas que los gatos -le decíamos.

Ahora, hará unos diez días, tuvo que ingresar al sentir un fuerte dolor en la parte izquierda del pecho. Se trataba de un trombo. Tuvieron que introducirle un catéter ¿se llama así? por la muñeca derecha hasta llegar al lugar obstruido cerca del corazón.

Ayer pude hablar con él.

- ¡Qué dolor! Lloré más que durante toda mi vida junta mientras me lo hicieron – me confesó.

-¡Ánimo, ya ha pasado! Ahora a recuperarte. Te mando un beso fuerte, ojalá pudiera ir a dártelo a Toulouse.

Pero cuídate -  digo para mí misma- te vas acercando demasiado al siete, cifra que se asocia con el número de vidas de los gatos.

27/05/2007 22:40 elalmaalaire Enlace permanente. Retazos No hay comentarios. Comentar.


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