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¡Diablo de chaval!

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Esta mañana he leído una noticia que ha conseguido hacerme sonreír. Se trataba de la travesura de un niño mexicano de 10 años de edad, de la ciudad de Monterrey, que al parecer no tenía ninguna gana de volver a la escuela tras las vacaciones. Así que no se le ocurrió nada mejor que untarse primero la mano derecha con una especie de pegamento consistente e instantáneo y colocarla después bien agarrada a la cabecera metálica de su cama.

Tras los esfuerzos de su madre y de sus vecinos, que no dieron el menor resultado, ésta tuvo que llamar a algunos miembros de Protección Civil, que utilizando un disolvente especial lograron despegar al chico, tras  pasar más de dos horas sujeto a la cama.

¡Y se acabó! ¡Al día siguiente al cole, muchacho! Aunque está claro que no te producía ninguna ilusión.

Al leer esto no he podido por menos de recordar a un antiguo alumno mío llamado Álvaro. Álvaro era el menor de cuatro hermanos, bastante más mayores que él. Era el niño mimado de la casa. Cuando llegaba el momento de entrar en clase, se agarraba al vestido de su madre y no había forma humana de separarlo de ella. La pobre mujer procuraba quedarse al final de la fila para no dar el espectáculo delante de las otras madres. Yo salía a recogerlo y entre las dos intentábamos convencerlo de lo bien que se lo iba a pasar en clase con sus amigos. ¡Todo era inútil! Al final, la madre, entre la desesperación y el enojo, lograba zafarse de él, y yo me lo metía en el aula, medio arrastras y entre sollozos, con algunas risas de burla de sus compañeros. Aquel chico casi logró acomplejarme. ¿Qué haré mal, me preguntaba a menudo? ¿Me tendrá miedo? Pasado el tiempo, mi complejo desapareció al comprobar que al cambiar de clase, el problema se repetía con su nueva profesora.

Y retrocediendo en el tiempo, todavía puedo recordar mi nostalgia de las largas y alegres vacaciones de verano recién terminadas, y la inexorable vuelta a la escuela para comenzar un nuevo curso. ¿Quién quería volver?

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