El lujo de sentirse mimada

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En un corto espacio de tiempo he tenido que desplazarme dos veces a Zaragoza por motivos médicos. Casi había olvidado lo que es viajar sin cargar con la preocupación de que has de hacer todo deprisa porque hay alguien que te necesita y que está esperando impaciente tu vuelta.

En mi primer viaje, en el que fui a dar con mis huesos en la Clínica, pasado el susto y conseguida el alta, mi hija me llevó a casa de mi hermana. Allí me quedé hasta el martes por la tarde, momento en el que volvió a recogerme. Puede decirse que estuve como una reina. Relajada y tranquila, a pesar de sentir todavía los síntomas, amortiguados por el calmante, del maldito pinchazo que en el momento del mayor apuro me hizo preguntarme a mi misma si me habría llegado la hora de emprender el viaje al encuentro de mi marido.

Me levantaba tarde, y después del aseo y del desayuno, mi única obligación era sentarme en el sillón que ocupaba mi madre cuando vivía y dedicarme a leer el periódico, a hacer crucigramas y algún sudoku que a punto estuvo de ponerme la cabeza como un bombo. Alrededor de las dos, nos sentábamos a comer los apetitosos platos elaborados por mi hermana que es una estupenda cocinera. Yo contestaba varias veces a las mismas preguntas que me hacía mi cuñado que anda con fallos de memoria y está un poco justo de oído. Escuchábamos el informativo, nos reíamos al oír todas las promesas de los respectivos representantes de los partidos políticos en plena campaña electoral, se nos ponían los pelos de punta con las noticias casi diarias sobre mujeres muertas a causa de la violencia de género, accidentes, atentados, robos… En fin, que casi se nos atragantaba la comida. Por algo en mi casa no ponemos la tele a la hora de comer. Después por la tarde, la misma tranquilidad, como mucho cambiando el periódico por algún libro. Y las horas deslizándose lentamente. Pensando, recordando, escuchando los sonidos de la calle que atravesaban el cristal de la ventana situada a mis espaldas.

La pospuesta visita a la ginecóloga, tras escuchar mis problemas sufridos durante una larga temporada, trajo como resultado la decisión de someterme a una biopsia, para descartar cualquier motivo importante. Otra vez tuve que volver a la Clínica. En esta ocasión sólo por el tiempo necesario para extraerme las muestras y darme unos puntos de sutura. Y después … la historia se repitió. Del viernes al martes por la tarde estuve con mi hermana y mi cuñado en su casa. Otra vez cuidada como una reina por esa hermana tan especial que Dios me dio sin merecérmela, como un hermoso regalo.

Todavía me parece estar oyendo la voz de mi marido durante su enfermedad preguntándome varias veces: ¿Cómo vamos a pagarle a tu hermana todo lo que está haciendo por nosotros?

- Con mucho amor - le contesté.

Eso es lo que se merece. ¡Mucho, mucho amor!

25/01/2008 01:35

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