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Yako y los gatos![]() Llevo ya bastantes tardes saliendo a andar con mi perro Yako. Tantos meses sin apenas moverme de casa debido a la enfermedad de mi marido, casi han conseguido que olvidara cómo se camina, y mi columna vertebral, sobre todo la zona lumbar, está hecha una verdadera pena. A veces tengo dudas sobre mi posible recuperación. Quizás me quedaré así mientras viva. Vamos por el camino ancho, tantas veces recorrido a lo largo de los años. Una vez que hemos cruzado la carretera, verdaderamente peligrosa por el enorme tráfico, suelo soltarle la cadena y él corre feliz por delante de mí, revolcándose sobre la verde hierba de los ribazos. Al principio íbamos por la ruta familiar a puro de tanto recorrerla. Dejábamos a un lado el camino principal y continuábamos nuestro agradable paseo por senderos estrechos, que lindan con algunos campos de viñas desnudas y con otros de color pardo, recién labrados. Silenciosos los dos. Pensativa la dueña, olisqueándolo todo, yendo y viniendo el animal. Una tarde, el viento me impidió oír los balidos de las ovejas que me avisan siempre de la cercana presencia del rebaño. Sólo escuché las voces broncas de un hombre, y entonces empecé a correr. Sin que lo hubiese advertido, mi perro había subido ribazo arriba. Cuando llegué, éste era el panorama: las ovejas, asustadas, se habían ido corriendo y estaban agrupadas en el lugar más alejado de la finca. Desde allí, miraban asustadas lo que sucedía en la parte opuesta del lugar. Y allí estaba Yako moviéndose entre los perros, olisqueándolos con curiosidad, mientras éstos se encontraban en una difícil disyuntiva. Defender valientemente al rebaño como era su obligación, o salir pitando de allí para alejarse de aquel congénere que al lado de ellos parecía un gigante. Y el pastor gritando para poner orden en aquella desbandada. Até al perro, me disculpé por lo ocurrido y nos fuimos de allí. Ya no hemos vuelto por aquel lugar. Ahora torcemos a la izquierda del camino para seguir por otro transversal que salva el paso de las vías del tren por medio de un paso elevado recientemente construido. En los días que llevamos andando por el nuevo recorrido, hemos visto varios gatos, enormes, con pinta de estar bien alimentados. No sé si se tratará de animales asilvestrados o pertenecerán a alguna de las granjas cercanas. El primer tropiezo de Yako con uno de ellos terminó con el animal trepando rápidamente a lo alto de un árbol corpulento. Una vez libre del peligro, miraba tranquilamente a mi perro que daba vueltas alrededor. "No me cogerás" - parecía decir. Desde aquel día, cuando pasamos por allí, mira siempre, esperando tropezarse con él. Esta tarde íbamos tranquilamente, el perro atado con su correa y, al llegar a lo alto del paso elevado, justo cuando iba a empezar el muro de protección, Yako ha retrocedido un poco, mientras olisqueaba y miraba hacia el borde de la cuneta con gran atención. Me he vuelto para mirar. No veía nada, pero él no bajaba la guardia, hasta que he visto una bola redondeada, que muy bien podía confundirse con una piedra. Pero, no. ¡Era un gato! El mismo u otro, eso no lo sé, pero sí que era un hermoso animal. ¿Quién me habrá mandado a mí hacer la mención de agacharme y coger una pequeña piedra para espantarlo? El gato ha salido disparado, y tras él Yako que me ha dado un enorme tirón y se ha soltado de mi mano llevando arrastras su correa. Los dos han descendido como flechas por la pendiente rampa de losas y cemento que baja hasta el borde de las vías. Mi corazón ha empezado a latir como alocado. ¡Dios mío! ¡Que no pase ningún tren! He gritado como una loca pronunciando su nombre invadida por sentimientos contrarios. Había a la vez en mi voz rabia y amor. Al fin, ha aparecido. Había perdido a su presa, como le pasaba en verano cada vez que descubría algún corzo, cuando caminábamos por la pista forestal que serpentea monte arriba hacia la Tonda. No podía subir. Sus patas se resbalaban una y otra vez sobre las pulidas piedras de la pendiente. ¡Arriba Yako! ¡Sube! Lo ha intentado después por el estrecho canalillo que sirve como desagüe del paso elevado durante los días de lluvia. ¡Y tampoco! Al fin ha buscado la parte cubierta de hierbas y matorral y ha logrado llegar a mi lado. Me miraba. Sabía que había hecho algo malo. Yo he cogido rápidamente la correa y me he desahogado con él diciéndole mil insultos ¡Mal perro! ¿No te da vergüenza? ¡Hacerme a mí esto! ¡No te sacaré más! Hemos hecho el camino de ida en silencio y yo casi medio en volandas, casi arrastrada por él. Luego a la vuelta, ya más tranquilos, al levantar la vista hacia la distancia, he visto algunos almendros que empiezan a florecer. La savia se agita ya en el corazón de las plantas y el campo barrunta la llegada de la primavera. Dos aviones van dejando en el cielo su estela dorada por el sol del atardecer. Durante unos segundos parece que van a chocar en el aire, pero se trata tan solo de una ilusión óptica. Al momento las estelas se cruzan y los dos pájaros de acero siguen su ruta por el camino invisible allá en lo alto. 12/02/2008 22:10 Comentarios » Ir a formulario |
El alma al aire¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.
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