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Un día distinto![]() Todavía sigo de médicos. Parece el cuento de nunca acabar. "Esto es que me estoy haciendo vieja", les digo a mis hijos. Salimos de casa alrededor de las nueve de la mañana. Mi hija refunfuñaba porque no me había encontrado preparada cuando tocó al timbre. Yo estaba un poco mosqueada. ¿Cómo puede ser que haya hecho tarde si puse el despertador a una hora lo suficientemente temprana como para que me diese tiempo de hacer todo lo que se suponía que tenía que hacer sin tener que correr? (He descubierto la causa de mi retraso) La pila del despertador estaba a punto de gastarse, y el reloj llevaba un retraso de un cuarto de hora que me pasó totalmente desapercibido. ¡Con lo que me gusta ser puntual! En fin, así son las cosas. Bajamos por la autopista para recuperar el tiempo perdido. Después de aparcar, mi hija se fue a sus ocupaciones a paso ligero y yo, bajé caminando por la Avenida César Augusto, sin prisa, como no lo hacía en mucho, mucho tiempo. Me crucé hacia la Plaza del Carbón y desde allí seguí por la calle Teniente Coronel Valenzuela. Hasta me tomaba tiempo para mirar las placas de las calles. Observaba el ir y venir de la gente, los locales comerciales, el imponente edificio que ocupa el final de la calle, con su fachada principal y su entrada por la calle del Coso. Incontables veces a lo largo de los años he pasado por allí, pero había olvidado a que organismo pertenecía el palacete. Es la sede del Banco de Santander. Tenía que ser algo así, me dije… Crucé el Coso y seguí por la calle Alfonso, convertida desde hace unos años en vía peatonal. Había tranquilidad a esas horas de la mañana. No tardas mucho tiempo en descubrir que la ciudad se ha vuelto multiracial: Gente del este de Europa, latinos, de raza negra… Al llegar a la Plaza del Pilar encontré un grupo de turistas asiáticos, muchos de ellos con la cámara fotográfica en la mano. Están reparando la fachada. En esta enorme Basílica siempre hay algo que reparar. "Esto es más largo que la obra del Pilar"- se suele decir para quejarse de la larga duración de una obra. Entré en el templo. Recordé a mi madre que siempre se dirigía a la primera capilla de la derecha donde se venera un Cristo crucificado que lleva en la cabeza pelo natural. Me acerqué hacia los bancos frente al altar de la Pilarica. ¡Cuánto tiempo sin verla! La miré, con su manto color malva y su corona brillante. Recordé cuando puse a mis hijos recién nacidos en manos de los infanticos para que los pasaran por el manto de la Virgen, deseando tenerlos de nuevo en mis brazos, por miedo a que los monaguillos sufrieran un tropezón en las estrechas escaleras que suben hasta el Camarín. Y recé. Le recé por mi marido, presente a todas horas en mis pensamientos, y por cada uno de mis hijos… Entonces apareció un sacerdote para celebrar la Eucaristía y me fui. Necesito silencio para rezar. Besé la columna por la parte posterior del altar. Esa columna de la que dicen que los labios de miles y miles de personas han ido desgastando hasta formar un hueco en el mármol. Cuántas esperanzas, cuántos sufrimientos, cuántas alegrías descansarán allí junto a los incontables besos depositados en ella a lo largo de los años! Salí. Las palomas caminaban nerviosas en busca de las migas de pan o los granos de maíz, y alzaban el vuelo, espantadas por la proximidad de un niño que corría tras ellas. Llegué hasta la cascada artificial, situada en la esquina izquierda de la enorme Plaza. Me dirigí al Paseo de Echegaray, junto a la ribera del Ebro. La sequía ha convertido al orgulloso río en un afluente, con grandes trozos del cauce al descubierto. Sólo hay en ellos arena, algunos hierbajos, y restos de madera arrastrados por el agua que se han quedado varados como viejas barcas. Caminé hacia la casa de mi hermana, cruzando la Plaza de Europa mirando a lo lejos los esqueletos de las obras de la Expo. Me gustó el paseo. No hace mucho, con motivo de la próxima celebración del 2º Centenario de los Sitios de la ciudad de Zaragoza por las tropas francesas, durante la guerra de la Independencia, me animé a leer, de la obra de Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, la parte correspondiente a los Sitios de Zaragoza, que ya había leído hacía tiempo y que tenía olvidada en su mayor parte. Yo viví durante bastantes años en la calle Heroísmo, que supongo lleva ese nombre en recuerdo de aquellos valientes que dieron su vida por defender la ciudad, calle por calle, casa por casa. Me impresionó la lectura. Y los nombres de calles como San Agustín, Palomar, Manuela Sancho, las Eras, Barrio Verde, Tenerías… que más de una vez se nombran en la obra, eran para mí harto familiares. Así que un día, no sé cuando, visitaré la Zaragoza de mi juventud. Me pararé ante la casa en la que viví durante más de doce años, aunque ya no quede nada de ella, y recorreré despacio toda esa zona que hace doscientos años defendieron aquellos valientes. Y me pregunto: ¿Seríamos nosotros ahora capaces de hacer otro tanto? Me temo que no. 23/02/2008 01:02 Comentarios » Ir a formulario |
El alma al aire¡Bienvenid@! Me siento muy feliz de que estés en mi blog.
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