Mamá no puede hacer yoga

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He recibido un correo de una amiga. Traía un archivo. ¡Pero qué archivo! Ojalá pudiera compartirlo con vosotros. Al verlo, hace que te reconcilies con el mundo de internet, que como todo invento humano encierra una parte positiva y otra negativa, depende del uso que hagamos de él. Puede arrastrarnos hasta la parte más oscura del ser humano, facilita que una persona sin escrúpulos pueda delinquir, puede convertirnos en ludópatas en nuestra misma casa, provocarnos una adicción que haga que nos encerremos en nosotros mismos y nos convirtamos en unas personas individualistas, antisociales e insolidarias…

¡Ah! Cualquiera podría pensar al leer estas líneas que me he convertido en un ser negativo con ribetes apocalípticos. Y no es así. Internet tiene un montón de cosas buenas. Siempre recordaré la alegría que sentí la primera vez que fui capaz de meterme por mí misma en este mundo, que se me antojaba difícil y misterioso. Este mundo que nos permite conocer a personas de cualquier rincón del mundo, visitar museos, leer libros, escuchar música, escribir… y poder ver archivos como "Mamá no puede hacer yoga"

¡Qué cosa más dulce! Quizás alguno de los que leéis estas líneas ya hayais podido disfrutar de él. Para los que no lo hayan visto, trataré de explicarlo, aunque sea torpemente. No sé quien dijo: " Vale más una imagen que cien palabras" y en este caso al menos, resultará cierto.

Veréis. Comienza a sonar la música. La acción transcurre en una habitación de la casa, quizás en el cuarto de estar. Una mujer joven estira los brazos y se lanza al suelo para ponerse en la posición del pino. Después, apoya la cabeza en el suelo y va abriendo lentamente las piernas, mientras mueve graciosamente los pies. Un bebé se acerca gateando por el pasillo. Entra en la habitación y durante unos momentos observa a su mamá. A mamá se le va bajando la camiseta y va quedando a la vista, primero su cintura, luego parte del pecho… El bebé gatea hasta acercarse a ella y con una de sus manitas comienza a explorar la parte descubierta. Por fin aparece un seno. Lo toca, lo manosea, agarra el pezón, intenta llevárselo a la boca. ¡Intento fallido! Sigue observando. ¿Tal vez se haya dado por vencido? ¡Qué va! Hay que probar de nuevo. Juguetea de nuevo con el seno, lo menea, lo agarra, trata de inmovilizar ese pezón en movimiento… Ha llegado el momento decisivo. Se pone a rebuscar como cualquier cachorrillo, hasta que lo tiene en su poder. Entonces, acerca su carita al pecho de mamá, se acomoda un poco y allí se queda feliz, saboreando el tibio y preciado líquido…

Y yo me quedé contemplándolo arrobada, y con unas ganas enormes de comerme a besos a aquel bebé desconocido.

27/02/2008 01:27

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