La primavera ha venido...

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Eso es lo que nos dicen los entendidos, pero, la verdad, nadie lo diría. Después de unos días hermosos en los que hemos disfrutado de un clima increíble, con los cielos despejados luciendo un azul intenso, con un sol cálido y engañoso que nos hacía soñar que casi estábamos en las puertas del verano, con los árboles repletos de hermosas flores sobre las que se cernía un futuro incierto,  ya que como dice el refrán que leí recientemente en la sección "El buen jardinero" del Heraldo de Aragón: "Flores de febrero, nunca llegan al frutero", o algo parecido. Y tiene toda la razón.

De repente se ha movido un ventarrón que casi hace retemblar hasta los cimientos. Y hace frío. Hace un frío que pela. (Han anunciado nieve a 700 metros en la parte norte de España.) Y hay lluvia y granizo por el sur. He visto en la televisión imágenes que mostraban los rostros llorosos de algunos cofrades porque no podían sacar a la calle sus Vírgenes y sus Cristos. Y también a empleados municipales de Málaga recogiendo a paladas el granizo. Mientras estoy escribiendo estas líneas, ya pasadas las doce de la noche, también aquí en el pueblo  la gente más valiente habrá ido hasta la ermita a recoger al Cristo de la Cama para traerlo a la parroquia, acompañado de las oraciones del Viacrucis y de los sonidos vibrantes de las trompetas y tambores de la cofradía del Ecce Homo.

Es éste un fenómeno que me desconcierta. Cuando tenemos a un buen número de políticos e intelectuales empeñados en arrinconar, y si pudieran, en hacer desaparecer, todo lo relacionado con la Religión, al llegar estas fechas media España se echa a la calle, llenando de color y de sonido nuestros pueblos y ciudades. Cientos de personas portan con amor y devoción sobre sus hombros, las numerosas tallas de Vírgenes y de Cristos repartidos por toda la geografía nacional. ¿Folklore? ¿Simple espectáculo? Es difícil penetrar en el corazón humano para poder descifrar lo que anida en su interior. Sin ir más lejos, yo conozco a bastantes convecinos que no pisan la iglesia, pero cuando la enfermedad o la desgracia llama a su puerta, casi sin ellos quererlo, unas palabras se escapan de su boca: ¡Ay, Santo Cristo de la Columna! Palabras que son a la vez petición de ayuda y oración.

No sé quién dijo que el hombre tiene sed de Dios. Yo también lo creo. Hasta los que se empeñan en hacerlo desaparecer de nuestro mundo. Quizás sean ellos sin saberlo los más sedientos de todos.

21/03/2008 01:52

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