El viejo Frank Sinatra

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Esta tarde de domingo, lluviosa y desapacible, la he pasado en casa, casi podría decir que en completa soledad. Pero no es del todo cierto. Mis hijos han estado a comer. Es una gran alegría poder estar reunidos casi todos los domingos. Eso era algo que también encantaba a mi marido. ¡Todos juntos! No había para él nada mejor. Aunque cuando iba acercándose al final, tuviésemos que abrir la ventana porque le faltaba el aire para poder respirar.

¡Cuántos recuerdos! "Llevaos siempre bien" fue uno de los últimos consejos que dio a sus hijos, con apenas un hilo de voz, mientras nuestras lágrimas corrían rostro abajo sin hacer ruido.

Y aquí estoy. Mi hija me ha llamado sobre las siete para interesarse por mí y mi hijo mayor ha llegado de Madrid después de pasar un corto fin de semana con un compañero de la universidad. Venía cansado del viaje. Durante un buen rato nos hemos masajeado mutuamente la espalda, cosa que solemos hacer a menudo y que siempre nos sabe a poco. Sobre las ocho se ha ido porque llevaba turno de noche en su trabajo. Yo me he trasladado a la pequeña habitación en la que tengo el ordenador. Otros días me dedico a repasar el inglés que estudié en mis años jóvenes (y que tengo ya en los pies) con la esperanza de poder llegar a entender una conversación. ¡Y qué de prisa hablan los condenados! ¡No tienen ninguna consideración con los principiantes! Las tres cuartas partes del tiempo que dedico a la audición, me quedo in albis. Pero, la verdad es que me gustaría conseguirlo. Estoy leyendo ahora un libro que me regaló un homeópata. "El Secreto" es su título. En él se dice que basta con desear con determinación una cosa y tener el convencimiento de que lo vas a conseguir, para que dicha cosa se cumpla. ¡Dentro de unos meses estoy segura de que podré entender las conversaciones de cualquier emisora de habla inglesa que encuentre en el ordenador! ¡Ahí queda eso!

¿Y qué tendrá que ver todo esto con el bueno de Sínatra?, estareis preguntándoos.

Hará cosa de dos meses, con el ejemplar del Heraldo de Aragón nos dieron dos DVD en domingos sucesivos, supongo que como promoción. Uno de ellos incluía la película "EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO", en la que trabaja este actor.

Recuerdo que en mis tiempos jóvenes me hacía tilín. ¡Con aquellos ojos azules! ¡Y con aquella voz! ¡LA VOZ! Puede que no estuviera muy cachas, pero así y todo…

Así que en esta tarde noche me he decidido a verla. Me ha gustado. El actor hacía el papel de un drogadicto recién salido de la cárcel tras un proceso de rehabilitación. ¡Qué difícil se le hacía salir adelante! En su propia casa, en su mismo barrio, en el bar de siempre, estaban las personas, que junto a su propia debilidad, habían sido las responsables de su caída. Y allí estaban de nuevo, como los buitres esperando la carroña.

Y he pensado en todos aquellos que están atrapados en el oscuro mundo de la droga. De toda esa gente que se siente insegura, insatisfecha, deseosa de olvidarse de las dificultades de la vida y ansiosa de experimentar cosas nuevas… En los canallas que se enriquecen a su costa. En tantos jóvenes que se han dejado atrapar por ella, con la falsa ilusión de encontrar paraísos artificiales que pronto se convierten en un laberinto de difícil salida. ¿Salida? Unos malviven, robando, o prostituyéndose, para hacerse con la dosis sin la que no pueden vivir, aunque vayan quedándose por el camino poco a poco como guiñapos. Los hay que sufren ataques de tal magnitud que, sujetos con una camisa de fuerza, tienen que ser conducidos en ambulancia hasta un psiquiátrico, de donde saldrán para volver a entrar no mucho tiempo después. Otros entregarán su último aliento en los hospitales, contagiados de sida. O tal vez morirán de repente, envenenados por una dosis adulterada o demasiado pura.

¡Maldita! ¡Maldita droga!

31/03/2008 01:08

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