El abad Virila y el monje de Heisterbach

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Hace mucho tiempo leí una leyenda sobre un monje que vivía en un monasterio y que andaba muy preocupado con el tema del más allá.

Se llamaba Virila y nació en las inmediaciones del monasterio de Leyre (Navarra), del que llegó a ser abad. Mantenía el buen monje tremendas dudas sobre cómo sería el gozo de la eternidad. Un hermoso día de primavera se internó en un bosque cercano al monasterio. En la espesura del bosque apareció un ruiseñor, que con sus trinos distrajo la atención del monje de la lectura del libro sobre el que meditaba. Siguió adelante escuchando la hermosa melodía hasta que llegó al borde de una fuente. Allí se sentó embelesado hasta quedarse adormecido.

Cuando despertó de su embeleso, la naturaleza había cobrado nueva vida. No encontraba el camino de vuelta al monasterio. Al fin llegó hasta él, y todo le parecía extraño. Ahora era más grande, con una iglesia mayor y  tenía nuevas dependencias que nunca había visto antes. Cuando llegó a la portería, nadie lo reconoció, ni tampoco él conoció a ninguno de los que se suponía eran sus compañeros. Al fin, completamente aturdido, Virila contó lo que le había pasado, y los monjes, buscando en el archivo del monasterio, encontraron un escrito sobre un abad llamado Virila perdido en el bosque hacía trescientos años.

Se armó entonces una gran revolución en el monasterio por el milagro acaecido, y en pleno Te Deum de acción de gracias, se abrió de repente la bóveda de la iglesia y se oyó la voz de Dios que decía: " Virila, tú has estado durante trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te ha parecido un instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos…".

Mirando aquí y allá he descubierto que esta misma leyenda se atribuye a un monje de Heisterbach, que pertenecía a un monasterio alemán, con la diferencia de que en esta segunda versión habían transcurrido mil años en lugar de trescientos, en lo que a él le había parecido una hora.

Esto viene a cuento por lo siguiente. Ayer por la mañana bajé a Zaragoza por motivos médicos. Cuando acabé, no serían todavía las once de la mañana, me sentí animada a hacer andando el recorrido hacia la casa de mi hermana. Si encuentro una iglesia a mi paso, me gusta entrar. Pero ha de ser en una iglesia silenciosa y casi vacía. Pronto la encontré, sin tener que desviarme de mi camino. Nunca había estado en ella antes, aunque sí había visto su fachada en incontables ocasiones. Era la iglesia de Santiago el Mayor. Tiene una enorme nave central, con el techo cubierto por hermosas yeserías de estrellas, lazos y dibujos geométricos

Me quedé en los últimos bancos. El retablo aparecía lejano y no llegaba a distinguir los detalles. Apenas había dos o tres personas y el órgano estaba sonando. Siempre me ha gustado la música de órgano. Quizás porque en el colegio religioso de Valladolid en el que hice mi carrera, la Madre Juana, de la que se decía que de puro inteligente se había pasado de rosca y durante algún tiempo había estado recluida en algún espacio cerrado del convento, se sentaba ante el órgano de la iglesia y llenaba todos los espacios de la misma con hermosas melodías, a veces dulces, y otras vibrantes, arrancadas al instrumento con la poderosa energía de sus manos.

Así que el órgano sonaba, sonaba… como si fueran las manos de un ángel las que se deslizasen sobre sus teclas. Yo rezaba con los ojos cerrados, mientras la música ensanchaba mi espíritu y tiraba de él como invitándome a viajar a hermosos lugares desconocidos y remotos. No tenía ninguna prisa por salir de allí.

No transcurrieron trescientos años, pero casi hubiese podido realizarse el milagro.

Serían las doce cuando un sacerdote de edad avanzada apareció en el altar. Era el día del cumpleaños de mi madre, así que avancé hasta los primeros bancos para compartir la Eucaristía con un grupo reducido de fieles. Al terminar la misa, cuando el cura salió de la sacristía se sentó en el banco, justo delante del mío. Todavía me duraba el subidón de la música, así que me aproximé a él y le comenté que me había gustado la iglesia y, sobre todo, que casi había llegado al séptimo cielo escuchando la música del órgano. Se sonrió al mirarme y me dijo, casi como si fuera una disculpa: "Es un CD."

Debiera haberle preguntado por el intérprete. Pero sé muy bien que en mi casa no hubiese sonado lo mismo. Tenía que escucharse allí, con la perfecta acústica de aquella inmensa nave, para que se produjera el hechizo.

 

03/04/2008 01:16

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