Las hazañas de Mameluco

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Hace dos o tres días, aprovechando que hacía una hermosa tarde, soleada y quieta, mi hija y yo salimos a andar con Yako. Fuimos por la ruta acostumbrada: Esperamos un rato para cruzar la carretera, con un tráfico de camiones casi continuo acompañados de un rugido infernal, y después anduvimos por el camino ancho. Yako, sujeto con su cadena, olisqueando de aquí para allá, que casi se te lleva en volandas con su fuerza. Luego, torcimos hacia la izquierda para ascender por el paso elevado sobre las vías del tren. Ya de bajada, llega el momento de soltarlo. ¡Cómo disfruta! Coge entre sus poderosos dientes una piedra bien gorda y la transporta durante casi todo el recorrido, como si de una gominola se tratara. Ya puedes reñirle para que la suelte porque puede dañarse los dientes. Él remolonea como si no te oyera, la suelta, y al poco rato ya ha encontrado otra parecida. Al final ya no le dices nada por aburrimiento. Aprovecha las acequias de riego para pegarse un chapuzón al mismo tiempo que da unos ruidosos lengüetazos mientras bebe.

A la vuelta fuimos a ver a Luis, un amigo que se encuentra enfermo. Vive en una casa a las afueras del pueblo, muy próxima a la carretera, tanto que dentro de dos años se la expropiarán para convertir este tramo de carretera en una autovía. No se queja, pero tiene que sentir por dentro muchas cosas, no sólo por su enfermedad, sino porque esa casa obra de sus manos terminará pronto barrida por una enorme pala. Tiene muchas cosas antiguas colocadas con mucho gusto dentro y fuera de la casa. Dos tinajas antiguas con las bases pegadas al suelo con cemento, a ambos lados de la puerta que da acceso a la casa, sirven para dejar dentro el calzado y las ropas que usa en el huerto. Poco a poco, él hizo la hermosa verja de la puerta de entrada, puso las losas del sendero del jardín y colocó con gusto conjuntos de piedras con los huecos rellenos de tierra que alimenta las variadas y hermosas plantas. Atamos a Yako en la verja y Luis lo obsevó.

- Éste es más guapo que Mameluco, dijo.

- ¿Mameluco?, preguntamos entre risas.

Esta palabra siempre ha tenido para mí un significado despectivo, algo así como zafio, bruto, tonto. Quizás guarde también antiguas reminiscencias de odio o rencor hacia aquellos soldados turcos conocidos con este nombre que lucharon en España durante la Guerra de la Independencia en el bando de los franceses.

Así se llama su perro. El animal acababa de hacerles una faena. Se habían olvidado de cerrar la puerta del corral y el tal Mameluco (¿qué se puede esperar de un perro que se llama así?) había matado varios pollos tomateros, que Luis y su mujer habían criado a la antigua usanza. Colocaron los huevos en un cesto con paja y la gallina clueca hizo el resto, hasta que salieron, pequeños y preciosos, supongo, como los recuerdo yo de mis años de niña.

Aún les vino con uno de los pollos en la boca a enseñárselo, como si pensase que había hecho una gracia. Unos meses antes, cuando tenían otro perro pequeño que acabó atropellado por un camión, éste, del que no nos dijo su nombre, cogía todo lo que encontraba a su alcance, ya fuesen zapatos, zapatillas, toallas… y se lo llevaba a Mameluco, que lo hacía todo trizas en un plis plas. ¡Vaya con Mameluco!

Lo que siento curiosidad, y no caí en preguntárselo, es conocer el por qué de ese nombre. Si es que el animal era ya bruto desde que era cachorro y por eso le pusieron el nombrecito de marras, o es que el perro intuyó algo, se sintió ofendido, y quiso hacer honor al mismo.

 

P.D. Al buscar una imagen para ilustrar este post, he visto que también se conocen con el nombre de mameluco diversas prendas de vestir, de bebé y de adulto. ¡Siempre se aprende algo nuevo!

06/04/2008 23:59

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