El tiempo no se detiene

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Parece mentira, pero ya han transcurrido cuatro meses y medio desde la muerte de mi marido. ¡Cuántos recuerdos! En medio del dolor de su pérdida, tengo la suerte de poder repasar a diario todos los momentos buenos que vivimos en medio de la maldita enfermedad.

Paladeo lentamente, disfrutando de cada una de sus sílabas, todas sus palabras de amor: ¡Cuánto te quiero! ¿Qué iba a ser de mí sin ti? ¡No me dejes solo! ¡Estáte aquí conmigo! Todo aquello que desde su situación de severa dependencia me manifestaba cada día, con una sinceridad que te confortaba y te hacía llorar a un tiempo.

Cada noche al acostarme, y al levantarme por la mañana, lo miro y lo acaricio en la copia fotográfica del grupo "Los de la Moncloa", como se hacían llamar en plan gracioso los seis o siete hombres que se juntaban todas las mañanas y  las tardes que el tiempo lo permitía, a las afueras del pueblo, teniendo como lugar de reunión y de refugio la cochera de Pedro, otro enfermo con una reciente y grave operación de corazón. Un pequeño local donde él engañaba las horas haciendo con sus manos hábiles un gran número de bastones de bambú, que regalaba a sus conocidos y guardaba colgados. Eran tantos, que logró decorar con ellos la mitad de una de las paredes. Tenía sus numerosas herramientas, perfectamente colocadas, dando la imagen inequívoca de una persona amante del orden. Construyó una mesa de carpintero, luego un armario,  y estanterías... Hacía caracoleras, arreglaba las suelas de los zapatos de sus familiares y vecinos, enmarcaba fotografías y grabados. Una de éstas fue para Miguel. Doy las gracias a Pedro por ello. Es la última foto  que tengo de mi marido.  Sentado en la silla de ruedas con motor que tanto le ayudó a mantener una poco de autonomía.  Sus manos, antes grandes  y fuertes, están ahora muy delgadas, con los músculos devorados por la esclerosis, y en ellas se dibuja claramente el perfil de los huesos. Allí está, rodeado de sus camaradas de tertulia.

Cada vez que salgo a pasear con Yako por la calle cercana, él tira con fuerza en aquella dirección. Yo le quito la idea, porque acercarme al lugar me produce  una viva impresión. A la vuelta, si la cochera está abierta, me llego hasta allí. Pedro me mira, y se le nota un punto de emoción en la voz .

-¿Dónde están los de la Moncloa?- le pregunto.

-Vienen poco- contesta.

De alguna manera, Pedro y Miguel resultaban el nexo de unión del grupo, ya que al principio dos o tres no se hablaban entre ellos. Poco a poco fueron capaces de limar asperezas hasta conseguir una mejor convivencia.

 ¡Bienaventurados los que trabajan por la paz!

26/04/2008 23:08

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