Remirando mis viejas fotos

Algunas veces, sin un motivo aparente, saco la caja en la que guardo las fotos acumuladas a lo largo de los años y me entretengo contemplando esos instantes del pasado capturados en pequeños y amarillentos trozos de papel. Durante mucho tiempo mantuve la intención de colocarlas en los correspondientes álbumes, pero por uno u otra razón, sobre todo por la gran cantidad de las mismas, mi propósito no llegó nunca a convertirse en realidad.
Tengo en mis manos una de ellas, hecha por una compañera con mi primera cámara, de la que yo me sentía tan orgullosa. Es de tamaño mediano, en blanco y negro como todas las de aquella época.
Estoy con un numeroso grupo de alumnos, junto a una vieja tapia de adobe próxima a la escuela, un antiguo y deteriorado caserón que antes había sido convento. Mis chicos se encaran con la cámara con diferentes poses y talantes: sentados, arrodillados, en cuclillas, de pie, entre sonrisas, curiosidad, guiños y gestos diversos provocados por la claridad del sol y por la sorpresa ante el disparo.
Apenas puedo recordar media docena de nombres de estos niños de cinco años: Rosana, Mª Victoria, Cristina, Mariano… Y Pedro Luis, un niño menudo y moreno, de ojos muy negros, que se encuentra justo delante de mí, con mis manos apoyadas sobre sus hombros. Volví a verlo veintiocho años después en la boda de mi hija, porque, casualidades de la vida, ella se casó con un primo suyo. Yo no lo recordaba, y él a mí tampoco, por supuesto. Esta foto es casi la única prueba tangible de nuestra lejana relación de maestra y alumno durante un curso escolar.
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Autor: roxana mar del plata
Fecha: 25/03/2009 01:32.








