Sin ánimo de ofender

El día ha salido lluvioso. Si no aclara, son escasas las perspectivas de paseo, con la excepción de una salida corta para calmar las ansias de Yako. Si por él fuera no entraría en casa en todo el día. ¡Todo le parece poco!
Acabo de desayunar. Utilizo una bandeja metálica antigua de esas que están decoradas con motivos florales, bodegones… Hasta el día de hoy no había prestado atención al dibujo de la bandeja. Era eso sólo, una bandeja. Pero hoy, no sé por qué, quizás por el hecho de que tengo por delante mucho tiempo libre, la he mirado con detenimiento. ¡Y casi se me atraganta el desayuno!
Representa una naturaleza muerta, ¡pero bien muerta! Sobre lo que parece el tablero de una mesa, apoyados sobre una tela blanca, yacen rígidas unas cuantas aves de distintos tamaños. Puedo reconocer un faisán, una paloma, un par de perdices, y el resto, hasta nueve, son pájaros menudos que encontraron la muerte a manos de un despiadado cazador. Una jarra de barro, ajos, tomillo, laurel, cartuchos de distintos colores, la hebilla de la canana y la escopeta doblada completan el cuadro.
Detesto la caza. La considero un deporte cruel. Sé que nuestros ancestros fueron cazadores, pero su motivo era puramente de supervivencia, no de placer.
Casi me ha sentado mal el desayuno. Me he levantado para rebuscar en el viejo trinchante de la abuela. Ahora desayunaré con otra más agradable. Ésta tiene un bol repleto de guisantes, una hermosa cebolla y una zanahoria. Y en primer plano puede verse una fuente con una rica menestra a punto de ir a la mesa.
Esconderé la otra en el fondo del mueble para no volver a verla más, aunque me quedo con las ganas de tirarla a la basura.
Me pregunto qué mecanismos se mueven en nuestro interior capaces de convertir una cosa que has mirado con indiferencia durante años en algo insoportable.
Oigo que me llaman desde la calle y me asomo al balcón. Es una prima que se interesa por mi salud. Mientras hablamos, llama nuestra atención una cría de golondrina que revolotea torpemente intentando remontar el vuelo. Produce ternura. Mi prima intenta cogerla para lanzarla a lo alto y el animal aletea asustado. Da pena pensar en su probable final, tal vez entre las garras de un gato o quizás se la encuentre un niño…
¿Conocéis esta vieja maldición? ¡Ojalá te vuelvas pájaro y en las manos de un niño te veas!
La verdad es que es duro, pero verdadero, aun suponiendo que el niño no actue por maldad.








