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Hemos estado incomunicados

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Anoche, tras el paseo diario de la tarde, llamé a mi hija por teléfono. Llamo, espero que suene el timbre dos veces y cuelgo. Esa es la señal. Y la manera de ahorrarme unos eurillos porque ella tiene banda ancha, incluidas las llamadas nacionales gratis. Pero el teléfono estaba mudo. ¡Vaya, ya tengo avería! - pensé. Entonces cogí el móvil y… ¡oh sorpresa! tampoco funcionaba. Sin servicio, se leía en la pantalla. Como no estoy muy puesta en el funcionamiento de estos modernos aparatitos, pensé que le habría dado involuntariamente a alguna tecla. Me fui a la cama imaginando que mi hija estaría sospechando de mi poca pericia y dando casi por hecho que su madre habría metido la pata.

Esta mañana la situación no había cambiado, así que he subido hasta el Ayuntamiento para hablar desde la cabina instalada en la entrada. Una y otra vez el aparato me devolvía las monedas. Por fin he acudido a casa de unos primos y allí he averiguado que el pueblo entero estaba incomunicado. Hasta hemos pensado si los amigos de lo ajeno habrían arrancado los cables para afanar el cobre, como ha pasado en distintos lugares de la zona.

Estamos tan acostumbrados a que con solo apretar unas teclas tenemos al otro lado a la persona con la que queremos comunicarnos, que ese auricular silencioso nos resulta extrañamente incómodo. Hace que nos sintamos desprotegidos. Casi nos parece imposible pensar que en tiempo de nuestros abuelos ésta era la situación normal. En los pueblos pequeños como éste, por poner tan solo unos ejemplos, no se podía avisar al médico si no era desplazándose en una caballería, ni podía comunicarse la enfermedad o la muerte de un pariente a los familiares que vivían lejos hasta que no les llegase una carta. Ni por supuesto yo, sobre todo este año que estoy sola,  podría estar colgada del teléfono cuatro o cinco veces al día, escuchando a mi hija que se interesa por el cascado estado de salud de su progenitora, o me pone al día de las pequeñas o grandes novedades que acaecen en nuestro lugar de residencia.

Es cierto que no solemos caer en la cuenta de lo importantes que son estos adelantos para nuestra vida diaria hasta que no nos vemos privados de ellos.

Hoy las ondas han vuelto a circular por nuestros teléfonos con normalidad y yo podré pegar en mi página estas reflexiones.

¡Gracias a Graham Bell, o al italiano Antonio Meucci que se quejaba de que el primero le había robado su idea! Mejor, ¡gracias a los dos por este maravilloso invento!

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gravatar.comAutor: ana maria

es bonito

Fecha: 08/02/2009 03:06.


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