Sangre, sudor y lágrimas

Es un decir. No hay sangre, ni lágrimas. Pero sí sudor. ¡Mucho!
La vida en el pueblo transcurre plácidamente. Estoy sola. Tengo poco trabajo así que dispongo de mucho tiempo libre para hacer todo aquello que me gusta y cultivar el silencio y la soledad que tanto bien me hacen. Otra vez me he enganchado a los sudokus. Los hago en casa, sentada en un banco a la entrada de la ermita de San Miguel, a la entrada del pinar, echada en la tumbona bajo la sombra de un manzano del huerto…
Cada noche, cuando me conecto a internet, miro si he recibido algún mensaje de mis amigos, compruebo el número de visitantes de mi página, doy un repaso a las noticias del día y entro en Google o en Yahoo para copiar los sudokus que ofrecen en su sección de juegos on line. En Yahoo hay cuatro, con distintos grados de dificultad. El "fácil", que lo hago en un plis plas, el "medio", que es aceptablemente sencillo de resolver, el "difícil" que, ¡mamá mía! alguno de ellos casi agota mi paciencia, y el "infernal", que como su nombre indica, sólo a puro de fuerza de voluntad y de tesón puedo hincarle el diente. Cuando parece que tengo el triunfo en la punta de mis dedos, recibo la primera señal de alarma. Hay algo que no cuadra, algún número está repetido en la misma fila…
Aprieto los labios con determinación, y con un poco de rabia borro todos los números. A la derecha del cuadro coloco una pequeña raya vertical para contabilizar el número de intentos y me digo a mí misma que voy a poder más que el maldito sudoku. El lapicero va disminuyendo visiblemente y la goma ha perdido su forma original y se ha convertido en una pequeña rueda que se desliza por el suelo al menor descuido.
Pueden ser cuatro, cinco, seis o más intentos, pero al final consigo el resultado correcto. Y entonces siento una enorme satisfacción, como si hubiese ganado una difícil batalla.
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