Termitas, la destrucción silenciosa.

Hasta hace poco, al leer o escuchar la palabra termita, mis neuronas hacían inmediatamente su labor de asociación y me veía sentada en la butaca de un cine contemplando al pedazo de actor Charlton Heston en la película "Cuando ruge la marabunta" En ella miles y miles de feroces hormigas arrasaban todo lo que encontraban a su paso. Sí. Yo pensaba que las termitas estaban lejos, tan lejos que era difícil pensar que algún día pudiesen llegar hasta aquí. Pero me equivocaba. Este verano al subir al pueblo para pasar las vacaciones descubrí que las termitas estaban en mi propia casa. Es verdad que no tenían el aspecto de aquellos terribles animales de férreas mandíbulas que parecían a punto de saltar de la pantalla hasta el mismo asiento en el que yo me encogía sobrecogida por su tremenda labor de destrucción. Éstas, parecían simplemente hormigas, unas hormigas normales, diligentes y pacíficas, que por una desconocida razón salían de entre las pequeñas ranuras entre la pared y los marcos de la puerta de entrada y de la de un cuarto de baño situado a la izquierda del patio. Muchas de ellas eran bastante grandes e iban provistas de un par de hermosas alas. Comencé a atacarlas con un bote de insecticida. Morían por docenas, por cientos, y cuando ya creía que había terminado con ellas, aparecía un nuevo batallón, y otro, y otro más. Parecía un inmenso ejército. Ahora sé que toda esa colonia de individuos de aspecto inofensivo abandonaba mi casa en busca de otro sitio para aposentarse y atacar de nuevo. La puerta muestra un considerable boquete en su marco, y el bajo, que antiguamente hacía las veces de cuadra de caballerías, tiene varias vigas devoradas, aunque su aspecto externo pareciera normal. Sólo cuando un albañil fue golpeándolas con el mango de una escoba descubrimos que su interior estaba hueco y que una de ellas se desprendía del techo hasta el punto de que hubo que apuntalar para evitar un posible derrumbe. Y no es sólo mi casa. Hay otras cuantas aquejadas por el mismo mal en la misma calle. Ahora se ha descubierto que el problema comenzó hace varios años en la parte alta del pueblo. Tal vez al principio hubiese sido más fácil de solucionar. Pero no sirve de nada lamentarse… ¡Qué lejos estaban de imaginar mis suegros y mi marido que en su casa pudiera ocurrir semejante catástrofe! Porque lo es. Hay que buscarle solución cuanto antes, y no de forma individual, si no queremos que este pueblo tan querido por todos acabe convertido en un montón de ruinas.
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