Los misteriosos mecanismos de la memoria

Todavía me parece estar escuchando a mi suegra decir como otras muchas personas mayores: "Me acuerdo de lo que hice hace 50 años y no me acuerdo casi de lo que hice ayer". Y así, dentro de lo reservada que era con sus vivencias más íntimas, nos contaba cosas de su niñez y de su juventud. De cómo había visto morir a su madre durante la gran mortandad producida por la llamada gripe española, cuando ella sólo tenía 8 años; de la muerte de un hermano al que quería mucho en plena juventud, como consecuencia de una pulmonía; de los "chandríos" que hacían ella y sus amigas para divertirse: desde apedrear la puerta de la casa de un maestro joven del pueblo, hasta rebozar con harina y huevo una fuente de excrementos de caballería -pido perdón- para llevarlos a una merienda de jóvenes… Siempre se reservó, como solemos hacerlo casi todos, lo relativo a su vida amorosa. Alguna vez se le escapaba alguna cosa sobre sus pretendientes, y dejaba en el aire algunas palabras que permitían adivinar que guardaba algún secreto. Sólo una tarde, ya al final de su vida, cuando los pequeño infartos cerebrales habían trastornado la relojería de su mente nos confesó, entre sonrisas pícaras, el nombre del que había sido el amor de su vida. Un amor que había quedado frustrado porque el pretendiente era un primo carnal y el padre de ella no aprobó el noviazgo. Se le encendían los ojos mientras repetía las coplas que él había desgranado para ella al pie de su ventana. Esta mañana, mientras espero que uno de mis hijos venga a recogerme para viajar a Zaragoza con el fin de celebrar el Día del Pilar con una comida familiar en casa de mi hermana, se agolpan en mi memoria los recuerdos de otros muchos Pilares celebrados en casa de mis padres, de nuestra presencia en algún punto de la Calle Alfonso o del Paseo de la Independencia para contemplar el cortejo de la Ofrenda de Flores a la Virgen, con el vivo colorido de los trajes y las flores, y con el alegre sonido de los instrumentos de cuerda y de las castañuelas dando vida a la bravura de la jota. Y he recordado el momento en que mis hijos siendo niños fueron pasados, en brazos de un Infantico, por el manto de la Virgen. Y no sé bien por qué, he recordado de repente una copla completamente olvidada que hace muchos años oí cantar a mi madre. Ha sido como una señal de alerta de que yo también estoy entrando en ese "selecto" club de los mayores. Dice así: Es María la blanca paloma que al salir de Roma la vieron volar. En el centro de una hermosa nube vino a Zaragoza en carne mortal. Y Santiago como lo sabía, a orillas del Ebro la salió a esperar. Y al decir Dios te salve María, cayó de rodillas al pie del Pilar. Y por eso los aragoneses la llamamos Madre, Madre del Pilar. Es bonita esta ingenua coplilla que se convierte en una fervorosa oración al salir de los labios de los aragoneses.









