Tengo arrugas

Llevo unos cuantos días, más de los que yo quisiera, con la salud no demasiado voyante. Así que hago una vida sedentaria. No estoy en condiciones de pasear, tengo arrinconado el ordenador y la labor de costura abandonada. Estoy sentada, bien calentita, en el sofá, con el televisor encendido más tiempo que de costumbre. Veo la película de la tarde y la serie de mi amigo Adrián Monk en la cadena vasca ETB 2, y por supuesto practico el zapping como lo hace un gran número de espectadores. No me gusta demasiado la publicidad y me siento orgullosa de no dejarme influir demasiado por ella. Durante estos días he visto varias veces un anuncio relacionado con el tratamiento antiarrugas. Una señora de muy buen ver va caminando por la calle en un día de lluvia y se refugia muy sonriente bajo el paraguas de varios viandantes, mientras se la oye decir de cara a la cámara: "¡Ahora sí! Me atrevo con cualquier mirada. Con menos arrugas me atrevo más" Y este anuncio, visto una vez tras otra, es muy probable que pueda producir algún complejo en algunas mujeres de edad madura que se sienten mal ante el hecho de que en sus caras vayan apareciendo las señales del paso del tiempo. No quiero pensar que sea precisamente ese el efecto buscado para que las mujeres sientan la necesidad de probar el tratamiento milagroso. ¿O sí? No seré yo una de ellas. Ya cumplí hace tiempo los sesenta, y tengo arrugas ¡cómo no! Pero también tengo la suerte de sentirme cómoda dentro de mi piel. He asumido con normalidad que hay un tiempo para mostrar una piel tersa, la piel de la juventud, y otro tiempo para la madurez, con arrugas incluidas. Mujeres del mundo, ¡que no os coman el coco! Nuestro valor como personas poco tiene que ver con unas cuantas arrugas más o menos.
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