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Cuando ya había dado la partida por perdida...

Ayer, casi por casualidad, durante una visita en casa de unos primos, descubrí que uno de sus hijos había logrado la conexión con internet. ¿Qué es lo que he hecho mal? - me pregunté. Al llegar a casa me puse en contacto con Telefónica y …¡haleop!, esta vez lo conseguí. Es verdad que acostumbrada a la banda ancha es como si un jinete que monta un brioso corcel se viese de repente cabalgando sobre una pobre tortuga. Pero… menos da una piedra, como dice el refrán.
Así que aquí estoy de nuevo después de mi favorable cura de silencio. De repente el mundo ha vuelto a hacerse más amplio en este pequeño y hermoso rincón.
¡No se oye un alma!

Esto días se celebra aquí la Semana Cultural. Unos días programados con distintas actividades para todos, chicos y grandes, que acuden al pueblo al reclamo de estas jornadas que comenzaron su andadura hace ya 27 años, y que hacen que este pequeño rincón se llene de vida durante unos días.
El dolor por la pérdida de mi marido, su recuerdo constante, hace que este año vea desde fuera cómo transcurre el evento. Cada tarde, en compañía de mi fiel Yako, busco el silencio y la frescura del pinar. Después me traslado hasta la ermita, y allí, leyendo un libro, resolviendo crucigramas o sudokus, o entretenida con el perro que reclama a menudo mi atención, espero el anochecer.
Hasta allí sube el bullicio del pueblo: los llantos y los gritos de los niños, las voces roncas de los hombres, las otras, más agudas de las mujeres; el estallido de los petardos, que tanto asusta a Yako, los sones del paloteao del pueblo en sus sesiones de ensayo para su actuación en las fiestas del Santo Patrono, el Arcángel San Miguel.
También por las noches, ya entrada la madrugada, llegan hasta mi cama los ruidos de las carreras, las voces y las risas de los chavales jóvenes subiendo y bajando por las calles.
Pero ahora, bien entrada la mañana, el pueblo está silencioso. Sólo se escucha el canto de los pájaros, el motor de algún coche que entra o sale del pueblo, el sonido que el viento arranca de las pequeñas tiras de plástico colocadas en los antepechos de los balcones de mi casa para tratar de evitar los excrementos de las inquietas golondrinas. ¡Con los que yo las quiero, pero a fe que son marranas…!
Me encanta el silencio. Aunque conozco a personas que no pueden soportarlo, como si se tratase de una gran losa que pesara sobre su espíritu dejándolas irritadas, desorientadas y confusas. Casi siento lástima por ellas. Claro que es muy posible que el sentimiento sea recíproco.
Por suerte, aunque pertenecemos a una sola especie, todos somos diferentes, únicos. Me siento orgullosa por ello. Y deseo ardientemente que ninguno de los múltiples ensayos científicos, algunos de ellos preocupantes, que se realizan en los laboratorios termine con esta valiosa singularidad del ser humano.
Charla sobre primeros auxilios

Yo sé que alguno de los que leéis mi página conocéis lo ocurrido en este pueblo durante el verano de hace dos años. Aquel día en el que dos niños de cuatro y cinco años de edad, a punto de irse del pueblo, mientras sus padres preparaban el equipaje se escondieron bajo un pequeño y deteriorado puente, y que cuando el padre de uno de ellos y tío del otro bajó hasta el barranco en su busca, al pisar el puente contempló horrorizado cómo el suelo se desplomaba sobre los pequeños. Uno fue rescatado pronto, el otro, con todo el cuerpo atrapado, perdió el conocimiento debajo de la pesada losa y sólo cuando estuvimos reunidos unos cuantos adultos pudimos levantarla y extraer al niño que parecía muerto. Estábamos horrorizados, y de la mayoría de las gargantas se escapaba casi al unísono una invocación al Santo Patrono del pueblo. ¡Ay, San Miguel! ¡Ay, San Miguel!
Había por allí otro niño pequeño, hermano de uno de los accidentados, que se había librado de milagro, que entre el barullo y la angustia contemplaba lo que estaba sucediendo sin que a nadie se le ocurriese en aquellos momentos llevárselo de allí.
Los niños tuvieron que estar en el hospital bastante tiempo, sobre todo uno de ellos, enyesado e inmovilizado desde la cintura hasta los pies. Gracias a Dios hemos podido volver a verlos correteando e imaginando nuevas travesuras por las calles del pueblo.
Uno de los actos programados para la recién terminada Semana Cultural fue una charla sobre Primeros Auxilios. Me han contado que Martín, el niño que a sus tres años fue testigo de lo ocurrido, estaba sentado en la primera fila. Cuando el conferenciante preguntó a los presentes si sabían qué había que hacer cuando había un accidente, Martín levantó la mano. Supongo que al hombre le haría gracia la actitud del pequeño y se dirigió a él para que éste le contestase.
-¡Yo lo sé! Hay que llamar a San Miguel -respondió Martín.
Lógico ¿No es verdad?
Hoy, al enterarme, no he podido por menos que sonreír y he querido compartirlo con vosotros.
¡¡¡Niños!!!
Sin ánimo de ofender

El día ha salido lluvioso. Si no aclara, son escasas las perspectivas de paseo, con la excepción de una salida corta para calmar las ansias de Yako. Si por él fuera no entraría en casa en todo el día. ¡Todo le parece poco!
Acabo de desayunar. Utilizo una bandeja metálica antigua de esas que están decoradas con motivos florales, bodegones… Hasta el día de hoy no había prestado atención al dibujo de la bandeja. Era eso sólo, una bandeja. Pero hoy, no sé por qué, quizás por el hecho de que tengo por delante mucho tiempo libre, la he mirado con detenimiento. ¡Y casi se me atraganta el desayuno!
Representa una naturaleza muerta, ¡pero bien muerta! Sobre lo que parece el tablero de una mesa, apoyados sobre una tela blanca, yacen rígidas unas cuantas aves de distintos tamaños. Puedo reconocer un faisán, una paloma, un par de perdices, y el resto, hasta nueve, son pájaros menudos que encontraron la muerte a manos de un despiadado cazador. Una jarra de barro, ajos, tomillo, laurel, cartuchos de distintos colores, la hebilla de la canana y la escopeta doblada completan el cuadro.
Detesto la caza. La considero un deporte cruel. Sé que nuestros ancestros fueron cazadores, pero su motivo era puramente de supervivencia, no de placer.
Casi me ha sentado mal el desayuno. Me he levantado para rebuscar en el viejo trinchante de la abuela. Ahora desayunaré con otra más agradable. Ésta tiene un bol repleto de guisantes, una hermosa cebolla y una zanahoria. Y en primer plano puede verse una fuente con una rica menestra a punto de ir a la mesa.
Esconderé la otra en el fondo del mueble para no volver a verla más, aunque me quedo con las ganas de tirarla a la basura.
Me pregunto qué mecanismos se mueven en nuestro interior capaces de convertir una cosa que has mirado con indiferencia durante años en algo insoportable.
Oigo que me llaman desde la calle y me asomo al balcón. Es una prima que se interesa por mi salud. Mientras hablamos, llama nuestra atención una cría de golondrina que revolotea torpemente intentando remontar el vuelo. Produce ternura. Mi prima intenta cogerla para lanzarla a lo alto y el animal aletea asustado. Da pena pensar en su probable final, tal vez entre las garras de un gato o quizás se la encuentre un niño…
¿Conocéis esta vieja maldición? ¡Ojalá te vuelvas pájaro y en las manos de un niño te veas!
La verdad es que es duro, pero verdadero, aun suponiendo que el niño no actue por maldad.
Hemos estado incomunicados

Anoche, tras el paseo diario de la tarde, llamé a mi hija por teléfono. Llamo, espero que suene el timbre dos veces y cuelgo. Esa es la señal. Y la manera de ahorrarme unos eurillos porque ella tiene banda ancha, incluidas las llamadas nacionales gratis. Pero el teléfono estaba mudo. ¡Vaya, ya tengo avería! - pensé. Entonces cogí el móvil y… ¡oh sorpresa! tampoco funcionaba. Sin servicio, se leía en la pantalla. Como no estoy muy puesta en el funcionamiento de estos modernos aparatitos, pensé que le habría dado involuntariamente a alguna tecla. Me fui a la cama imaginando que mi hija estaría sospechando de mi poca pericia y dando casi por hecho que su madre habría metido la pata.
Esta mañana la situación no había cambiado, así que he subido hasta el Ayuntamiento para hablar desde la cabina instalada en la entrada. Una y otra vez el aparato me devolvía las monedas. Por fin he acudido a casa de unos primos y allí he averiguado que el pueblo entero estaba incomunicado. Hasta hemos pensado si los amigos de lo ajeno habrían arrancado los cables para afanar el cobre, como ha pasado en distintos lugares de la zona.
Estamos tan acostumbrados a que con solo apretar unas teclas tenemos al otro lado a la persona con la que queremos comunicarnos, que ese auricular silencioso nos resulta extrañamente incómodo. Hace que nos sintamos desprotegidos. Casi nos parece imposible pensar que en tiempo de nuestros abuelos ésta era la situación normal. En los pueblos pequeños como éste, por poner tan solo unos ejemplos, no se podía avisar al médico si no era desplazándose en una caballería, ni podía comunicarse la enfermedad o la muerte de un pariente a los familiares que vivían lejos hasta que no les llegase una carta. Ni por supuesto yo, sobre todo este año que estoy sola, podría estar colgada del teléfono cuatro o cinco veces al día, escuchando a mi hija que se interesa por el cascado estado de salud de su progenitora, o me pone al día de las pequeñas o grandes novedades que acaecen en nuestro lugar de residencia.
Es cierto que no solemos caer en la cuenta de lo importantes que son estos adelantos para nuestra vida diaria hasta que no nos vemos privados de ellos.
Hoy las ondas han vuelto a circular por nuestros teléfonos con normalidad y yo podré pegar en mi página estas reflexiones.
¡Gracias a Graham Bell, o al italiano Antonio Meucci que se quejaba de que el primero le había robado su idea! Mejor, ¡gracias a los dos por este maravilloso invento!
Sangre, sudor y lágrimas

Es un decir. No hay sangre, ni lágrimas. Pero sí sudor. ¡Mucho!
La vida en el pueblo transcurre plácidamente. Estoy sola. Tengo poco trabajo así que dispongo de mucho tiempo libre para hacer todo aquello que me gusta y cultivar el silencio y la soledad que tanto bien me hacen. Otra vez me he enganchado a los sudokus. Los hago en casa, sentada en un banco a la entrada de la ermita de San Miguel, a la entrada del pinar, echada en la tumbona bajo la sombra de un manzano del huerto…
Cada noche, cuando me conecto a internet, miro si he recibido algún mensaje de mis amigos, compruebo el número de visitantes de mi página, doy un repaso a las noticias del día y entro en Google o en Yahoo para copiar los sudokus que ofrecen en su sección de juegos on line. En Yahoo hay cuatro, con distintos grados de dificultad. El "fácil", que lo hago en un plis plas, el "medio", que es aceptablemente sencillo de resolver, el "difícil" que, ¡mamá mía! alguno de ellos casi agota mi paciencia, y el "infernal", que como su nombre indica, sólo a puro de fuerza de voluntad y de tesón puedo hincarle el diente. Cuando parece que tengo el triunfo en la punta de mis dedos, recibo la primera señal de alarma. Hay algo que no cuadra, algún número está repetido en la misma fila…
Aprieto los labios con determinación, y con un poco de rabia borro todos los números. A la derecha del cuadro coloco una pequeña raya vertical para contabilizar el número de intentos y me digo a mí misma que voy a poder más que el maldito sudoku. El lapicero va disminuyendo visiblemente y la goma ha perdido su forma original y se ha convertido en una pequeña rueda que se desliza por el suelo al menor descuido.
Pueden ser cuatro, cinco, seis o más intentos, pero al final consigo el resultado correcto. Y entonces siento una enorme satisfacción, como si hubiese ganado una difícil batalla.








