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Santa Rita, Rita, Rita...

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Recuerdo que siendo yo niña, y estoy segura de que sigue sucediendo con los niños de hoy, era muy normal entre los hermanos y amigos regalarnos pequeños tesoros, como cromos, canicas, tabas, caramelos… Pasaba también a menudo que al enfadarnos reclamásemos esos regalos que hacía nada habíamos ofrecido de todo corazón como prueba de amor y de amistad. Cuando esto ocurría, reaccionábamos con toda rapidez canturreándole a nuestro dador este dicho: "Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da, no se quita". Y así dejábamos bien claro nuestro derecho de propiedad sobre el bien recientemente adquirido.

Eso mismo tendrá que decirle ahora una mujer a su marido, Richard Batista, un cirujano de Long Island que en el año 2001, tras dos intentos anteriores que resultaron fallidos, donó un riñón a su esposa  cuando la vida de ella dependía de este trasplante.

Pero… Como es bien sabido, la mayoría de las cosas relacionadas con los seres humanos tienen fecha de caducidad, y ocurrió que a esta pareja se le acabó el amor. El año 2005 la esposa planteó el divorcio. Él la acusa de haberlo engañado con un fisioterapeuta y de no permitirle ver desde hace ocho meses a las tres hijas nacidas de esta relación.

-"No hay un dolor más profundo que ser traicionado por la persona a quien has dedicado tu vida"- se lamenta. Y como no puede recuperar el riñón, lo que resultaría muy difícil, aparte de darle mala imagen, pide en su demanda de divorcio que su hasta ahora esposa le pague 1,5 millones de dólares.

Apena comprobar que algo tan hermoso como esa acción de ofrecer gratuitamente una parte de ti mismo para hacer posible la vida de la persona que amas pueda terminar en un asunto puramente comercial. Menos mal que se trata de una excepción. O eso espero.

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