Cuando un amigo se va...

En uno de los viajes que hicieron mis hijos a Zaragoza para ver a su mamá convaleciente (ellos me echaban en falta, y yo…¿qué diré?. Como los niños en el juego: "Pues yo más"), me comunicaron la noticia de la muerte de Luis, tras una larga enfermedad. Como creyente que soy, pienso que al igual que sucedió con mi marido, al llegar a los brazos amorosos del Buen Dios recibiría un estrecho abrazo, purificado como estaba ya completamente de cualquier cosa negativa que hubiese podido haber hecho a lo largo de su vida. Siempre recordaré su risa. Era tan contagiosa, que ni tan siquiera habría pasado un minuto cuando todos estábamos riéndonos con él. Y tampoco olvidaré su fidelidad para acudir, casi hasta el final, a la primera misa de la mañana de los domingos, con aquel pequeño aparato portátil de oxígeno que aliviaba, aunque fuese sólo un poco, su grave dificultad para respirar. Yo que he pasado ya por ese mismo trance, Luis, sé muy bien cómo tu mujer notará esa gran ausencia. Lo grande que será en muchas ocasiones su soledad, que alguien intentará aliviar piadosamente, pero que en realidad nadie podrá pasar por ella. ¡Que descanses, amigo! Y gracias por esa entrega de tu cuerpo a la Ciencia. Quizás sirva para que otros no tengan que pasar por todo aquello por lo que tú pasaste.
Comentarios » Ir a formulario








