Andar es un gran placer

Al acudir a la primera consulta tras la intervención, el médico me dijo que podía hacer una vida normal, eso sí, sin esfuerzos. -¿Puedo andar, doctor? - le pregunté, con la expresión ansiosa de un animal enjaulado. -Sí, puede ya andar usted tranquilamente. ¡Tranquilamente…! Ese fue el detalle que se me olvidó. Me lancé a la calle como aquel pirata que emprende el viaje a la busca y captura de un preciado tesoro. Pensé que el mundo entero me pertenecía. Y…anduve, anduve, anduve… Me recorrí toda la ribera derecha del Ebro, nuestro río que abraza un largo trecho de la ciudad. Llegué hasta lugares en los que nunca había estado en mis años de juventud. Ante mí desfilaron, con su tráfico bullicioso, los puentes de la Almozara, el de Santiago, el de Piedra, el de Hierro- que ahora llaman el del Pilar- el de las Fuentes, y otro peatonal que me permitió pasar a la ribera izquierda para repetir el recorrido en sentido contrario. Mi cámara echaba humo. No me considero una fotógrafa profesional, pero humildemente debo reconocer que a veces saco partido de lo que veo. ¡Ojalá pudieseis ver todas las fotos que casi llenaron todo el espacio disponible de mi máquina! Conoceríais un poquito más Zaragoza, y estoy segura de que llegaríais a quererla. Es una ciudad que quizás ya va haciéndose demasiado grande, pero puede decirse en términos generales que sigue siendo habitable. Todavía no se nos ha convertido en un monstruo. En unos jardincillos cercanos a la ribera, en la zona del Actur, descubrí el primer árbol florecido de la actual temporada, tan especial para mí. Quise inmortalizar para mi álbum fotográfico su sencilla belleza, con la lejana silueta de la Basílica del Pilar al fondo. Veremos lo que he logrado dentro del pequeño tamaño permitido por las normas del blog. ¡Ay! Pero muchas veces las alegrías se pagan, como dice el refrán. (Se continuará)
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